La Feria de nuestros padres

Juan de la Plata | Actualizado 13.05.2009 - 09:40
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Será porque uno era, todavía, niño, pero la feria de nuestros padres, mirando hacia atrás sin mucha  nostalgia, no tenía nada que ver con la feria de ahora, la de nuestros hijos, ya metidos en el siglo veintiuno. Aquella era una feria más tranquila, más familiar y más recogida en si misma; muy parecida a la de nuestros abuelos. Con más sabor a campo y a ganado, al que solíamos asomarnos por las mañanas, para asistir a las transacciones de los gitanos, acordándonos siempre de los versos de Pemán, en su “Feria de Abril en Jerez”, cuando decía aquello de “pinta un garabato la vara del Coli”, preguntando a renglón seguido: “¿Cuánto das por ella, Currillo Durán”. Y el otro contestaba: “De los setecientos, no bajo un real. / Es gacha y caía del menudillo. / ¿Tienes mala vista / La tengo cabá”…Y así iba la feria, de cangilón,  en cangilón, tal como la cantara el poeta, y con la que los jerezanos de mi juventud nos identificábamos plenamente.
El ritual era, cada año, el mismo. Por la mañana, dar un paseo por la parte donde estaba el ganado, donde encontrábamos junto a los grandes abrevaderos cientos de  caballos, mulos, borricos, cerdos, ovejas, cabras y bueyes. Luego, ya sobre el medio día, más o menos, había que tomarse la primera copa en casa de Currita la Mahora, degustando su célebre menudo con yerbagüena. Así, dicho en andaluz, como toda la vida se ha dicho aquí. Y, a renglón seguido, darse un garbeo por la zona de los puestos de serrín, con bisutería barata, buscando un regalo para la novia. Acercarnos a la caseta de “Los Karkomedos”, para saludar a Miguel Ruiz y a Carmen, su mujer. Aceptar la copa que nos ofrecían de buen grado y mejor humor y, luego, otro paseo por el real. Andando naturalmente, para poder contemplar y admirar los magníficos coches de caballos, enganchados en cuarta, a la larga o a la media potencia. Admirar el paso garboso, a caballo, de don Alvaro Domecq y Díez, el jerezano que mejor caía sobre una montura. Y embelesarnos con la gracia morena de amazonas bellísimas, como Charito Pérez-Luna y María Jesús del Pino Bohórquez; entusiasmándonos con el alegre cascabeleo y las madroñeras de los coches del Depósito de Sementales, y con los de doña Petra de la Riva, los cuales incluso entraban dentro del patio de su casa palacio, en la plaza Rafael Rivero, a la vuelta de la feria.
A la hora del almuerzo, nuestro paradero era siempre el mismo, la pequeña y bonita caseta de los empleados de González Byass, en forma de pagoda, pintada de rojo, situada en la esquina entre el paseo de las Palmeras y el Principal, donde corría el Tío Pepe, el Viña AB y el fino Gaditano, entre los mayores, y los niños bebían gaseosa, porque aún no había llegado a España la coca-cola. Y las madres sacaban, entonces, de sus grandes bolsos las fiambreras con los clásicos tortillones, el jamón, las gambas, el queso y toda clase de aperitivos, porque ni en esta ni en ninguna otra caseta te ponían de comer. Solo en las casetas de los dueños de las bodegas tenían cocina. Pero, claro, allí no podía entrar el público, porque estaban exclusivamente reservadas para tales señores y sus invitados.
Se acercaba la hora de los toros y mientras los aficionados se empezaban a marchar, camino de la plaza, para ver torear a Venturita, Cardeño, Manolete o Pepe Luis Vázquez, la chiquillería se iba alborozada a montarse en los cacharritos, en los coches tropezones, en la noria gigante, en el látigo, en el tranvía de la risa o en el balance; y los más chicos en los caballitos de la reina. Más tarde, con el encendido del alumbrado, que ya era algo digno de ver, nos íbamos a pasear por la llamada Calle del Infierno, entrando en las famosas vistas, donde se llevaba la palma el tren de las escobas, el hombre de la moto dando vueltas a toda velocidad, subiendo por las redondas paredes, la caseta de los espejos cóncavos y en el pequeño museo taurino, donde reproducían la muerte de famosos toreros como Granero y Joselito el Gallo. Un taquito de turrón, una rodaja de coco o calabaza dulce y de vuelta para casa, que los niños y muchachos de los años cuarenta no podían estar en la calle, más tarde de las diez, si no iban acompañados de sus padres..
A partir de esa hora y, sobre todo, después de los toros, es cuando los mayores iban, con sus parejas, a tomar una copa a la feria. Ellas, las que lo tenían, luciendo el clásico mantón de Manila. Y en la caseta de la Previsión Andaluza, así como en la antigua y coqueta caseta municipal, casi al filo de la media noche, el maestro Sebastián Núñez hacía doblete con su magnifico cuadro flamenco, en presencia de numerosos aficionados. Era, por otra parte, la hora de que la caseta del Casino echara sus cortinas, para el “baile por lo fino” de sus socios.
Esa era la feria de nuestros padres, por no decir la nuestra. La feria de nuestra juventud, la que vivimos los que andamos ya cerca de los setenta y los ochenta. Una feria, repito, más recoleta que la de ahora, más íntima y familiar. Menos escandalosa. Con sus puestos de turrón, como siempre; con la venta de lechugas, en la parte del ganado; con las últimas buñoleras gitanas que conocimos. Con aquellos moros, con el gorrito colorado, que vendían los primero pinchitos que se comieron en Jerez. Con el tío de los globos y la gitana que te decía la buena ventura. Una feria, tranquila, ya digo, y muy entrañable; donde casi todos nos conocíamos y donde unos y otros amigos, cuando se encontraban, se invitaban a una copa de “Mantecoso”, de fino “La Mina” o de “La Ina”, o Campero, en las casetas de “La Fiesta Nacional”, en la de “El Tendido”, en la que ponían mis amigos “Los Máscaras”, o en la de “Los Lagartos”, donde estaban los de la familia Daza, doradores ellos, por citar algunas que fueron geniales, divertidas e inolvidables, por muchos conceptos, además de la célebre de “Los Karcomedos”, donde un año me hicieron socio de honor, junto al torero-poeta Pepillo.
1 comentario
  • 1 M. S. H. 16.05.2009, 12:19

    Esa feria era mucho más bonita que la de ahora, e incluso unos años más adelante hasta que se llamó la Feria del Caballo, pero desde Pacheco pacá, se la han cargao, no tiene nada que ver con lo que era la Feria de Jerez, y a todo ésto añádele la droga. . . . . . !Qué suerte tuvimos los que nacimos antes!

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