La Feria de nuestros hijos y nietos

Es otra forma de observar y vivir la feria. Porque a lomos de un caballo se suele ver de otra maner

Juan de la Plata | Actualizado 14.05.2009 - 09:04
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Los que íbamos con nuestros padres y abuelos a la feria de los años cuarenta y cincuenta, ahora solemos llevar a nuestros hijos y nietos a la feria del segundo milenio. Una feria muy distinta a la de nuestros tiempos juveniles, que ha perdido todo su sabor y encanto de feria íntima, tranquila, más recogida y familiar de la que ahora podemos conocer.
    El gran error de nuestros políticos, en las últimas décadas, ha sido creer que la feria debía de ensancharse, agrandarse, hacerse mastodóntica; añadiéndole cada año más metros cuadrados de terreno. Incluso, llevándola más allá del antiguo trazado ferroviario. ¡Qué afán por querer quitarle a la feria su aire provinciano! Lo mismo que ocurre con la semana santa, que cada año queremos que se parezca más a la de Sevilla, con la feria ocurre lo mismo. No nos conformamos con que tenga su propia idiosincrasia desde que dejó de ser la feria de Abril, para convertirse en la Feria del Caballo, sino que sea, además, la más grande de todas; la que posea más atracciones u casetas; incluso un gran aparcamiento.
    Hay que deslumbrar. Tenemos que ser los mejores. Hay que hacer la feria más grande del mundo, la mejor, la más hermosa. Etc. etc.
    Y a esa feria, a la de estos años, a la de estos días de mayo – porque ya la feria hace tiempo que dejó ser la Feria de Abril que, con tanta gracia, cantara Pemán – es a donde llevamos a nuestros hijos y nietos. A los mayorcitos y a los más pequeños. Y se hace obligado montarles en toda suerte de cacharritos, que para eso tenemos la más polvorienta megalópolis de las norias y los tío-vivos, donde están todos los más modernos artilugios para la diversión que puedan soñarse. Hasta que se vacíen nuestros bolsillos y se imponga la vuelta a casa.
    Pero las criaturas se lo pasan de lo lindo, ajenos a las dificultades de los padres y abuelos por poder montarles en ésta o en aquella atracción que tanto les ilusiona; máxime en tiempos de crisis económica. Pero, ¡qué caramba!, la feria es la feria y se hizo para divertirnos. Así que hay que resignarse, porque nuestros niños se merecen que hagamos un sacrificio. ¡Todo sea por ello!
    Y a la hora de comer, a la caseta de nuestra hermandad o a la de nuestra peña, que allí nos pondrán una tortilla a precio de oro, o un guiso de carne, o de lo que sea, por un buen puñado de euros. ¡Con lo barato que salía, antiguamente, llevarse la comida de casa.! Pero, ahora no se puede hacer eso. Sería de gente cicatera. No está bien visto. Y, además, en muchas casetas, exhiben un letrerito que prohíbe llevar comida de fuera. Por lo que no hay más remedio que consumir lo que tengan, aunque te cueste cuatro veces más caro, que si lo llevaras de casa. Y del vino, no digamos. Las bodegas le ponen a los caseteros las medias botellas a precio de saldo, para promocionar sus marcas y, sin embargo, te las sirven al doble de lo que te cuesta en cualquier bar de la ciudad. ¡Pero estamos en feria, qué caramba, y un día es un día!
    Esta es la feria de nuestros hijos y nietos. La feria de ellos y para ellos. Porque a nosotros, a los que ya somos muy mayores, nos viene grande, demasiado grande y, además, nos cansa, nos aburre. A medio día, apenas damos dos vueltas por el real, y nos tomamos media botella con una ración de gambas o de lo que sea, ya queremos volvernos para casa. Si acaso, nos detendremos un rato en contemplar el paseo de amazonas, jinetes y coches enjaezados, que eso es siempre un envidiable espectáculo, todo un lujo totalmente gratis; sobre todo porque sabemos que no está a nuestro alcance, ni lo estará nunca, a menos que seamos ricos, riquísimos, y tengamos cuadras y cortijos. Sino, ¿de donde? Si al menos los troncos de Recría y Doma, los de la Yeguada y los de otras instituciones pasearan, de vez en cuando, a nietos y abuelos, como hace muchos años paseaban a los niños lisiados pobres del Sanatorio, y hasta recuerdo, años más atrás, que también a los ancianos del Asilo, sería un verdadero gustazo. A mi edad, debo confesar que tan sólo en dos o tres ocasiones he sido invitado a pasear en un coche enjaezado por el real de la feria. Y la verdad es que me lo pasé estupendamente.
    Una de mis hijas consiguió montar, un año, vestida de flamenca, a la grupa de un hermoso caballo, una vez en la que yo pude hablar con un amigo jinete. De ahí no pasó nuestra experiencia, en el paseo de caballistas del real de la feria. Y yo también me retraté en un gran caballo de aquellos de cartón, siendo niño. ¿Quién no hizo lo mismo, alguna vez?  Para mí, esa fue la única que monté en un “pura sangre”. Otros amigos míos tuvieron mucha más suerte, porque nacieron en familias ganaderas y, la verdad, no sé si habrán pensado, alguna vez, en los que vamos a la feria del caballo, sin tener caballo.
     ¡Que esa es otra forma de ver y de vivir la feria! Porque a lomos de un buen caballo la feria, la vida, se suelen ver de otra manera.
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