Jerez, tiempos pasadosHistorias, curiosidades, recuerdos y anécdotas

Hace 50 años y parece que fue ayer

La Cátedra de Flamencología cumple sus bodas de oro. Estos son algunos recuerdos de lo vivido en esa entidad fundada por cuatro amigos, poetas soñadores, en 1958 El gran cantaor Antonio Mairena, cantándole al hijo de Manuel Torre, en una fiesta celebrada en los años sesenta, en la sede de la Cátedra, ubicada entonces en el patio de la mezquita del Alcázar.

| Actualizado 22.01.2008 - 01:00
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RECORDABA yo la otra noche, en la Sala Compañía, oyendo a José Zarzana tocar el piano tan flamencamente, acompañando - o acompañado de - la caracolera voz de su padre, diciendo la zambra de forma tan exquisita, y con tan buen gusto de hombre que paladea el cante, que parece que fue ayer cuando nació la Cátedra de Flamencología y, sin embargo, ya han pasado nada menos que cincuenta años, "medio siglo con la cultura del flamenco", como dice el slogan que reza en el cartel tan bella y finamente diseñado por Conchita Franco Soto, resaltando la figura en bronce de una mujer gitana, su madre Concha, digna de haber vivido más años, para conocer este cincuentenario; lo mismo que conoció aquella incipiente Cátedra que naciera en la Mezquita del Real Alcázar jerezano, hace medio siglo; cuando aún solo era un proyecto de vida, un sueño de futuro, la autora del cartel.

Hace ya de esto cincuenta años, pero parece que fue ayer; porque a uno los recuerdos se le agolpan, en una noche como esta, en que el piano de Zarzana hace bailar los sentimientos y los corazones y es jaleado y aplaudido con las mismas palmas que le tocaban al Paula por bulerías, en la plaza de Jerez, en tardes de gloria. Qué piano y qué manos las de José Zarzana, y qué estremecida voz, tan gitana, la de su padre, diciendo el cante como únicamente saben decirlo los señores gitanos y los gitanos señores, como él, con su clase y su saber estar. Y yo me acordaba, entonces de mi viejo y entrañable amigo, Lorenzo Calderón, otro caracolero de pro, con quien tantas noches a gusto pasé, escuchándole en nuestra ya lejana juventud, y que no me quisiera morir sin volver a escucharle otra vez, siquiera fuera por un ratito, sentados ambos en el escalón de su casa de la calle Zarza.

Parece que fue ayer, es verdad; pero han transcurrido nada menos que cincuenta años, en los que han pasado muchas cosas y uno se ha ido haciendo más viejo, viendo cómo el cante se nos va otra vez irremediablemente a pique; sin que ahora aparezca otra nueva Cátedra, como aquella que se atrevió a sacarlo del fango y convertirlo en cultura y en arte del pueblo andaluz; salvándolo del naufragio plenamente. Han sido muchos años de esfuerzos, de lucha contra la incomprensión, contra las rencillas, las zancadillas y las envidias de unos y otros. Como cuando un político dijo en este mismo periódico que la Cátedra estaba llamada a desaparecer y ahora resulta que ha desaparecido el político y la Cátedra sigue en pie, esplendorosa en su cincuentenario, en sus bodas de oro con la cultura del pueblo andaluz que algunos no supieron entender nunca, ni defender, porque solo la utilizaron, para medrar y eternizarse en la poltrona.

Han pasado ya cincuenta años, quien lo diría, y la Cátedra de Flamencología que fundamos cuatro amigos, poetas soñadores de veintipocos años, entre septiembre y octubre de 1958, cumple ahora sus bodas de oro; su feliz maridaje con esa cosa tan etérea que Antonio Mairena llamó "la razón incorpórea" y el poeta Luis Rosales - a quien escuché una noche, en Málaga, cantarme en un coche de caballos el romance de "Los Mozos de Monleón" -, definió simplemente como "esa angustia llamada Andalucía", el día en que le nombramos miembro de honor de esa Cátedra popular, exaltada por poetas como el cordobés Ricardo Molina, el chiclanero Fernando Quiñones o el jerezano Julián Pemartín, en cuya palaciega casa de la plaza de San Juan comenzó a incubarse la idea del manifiesto fundacional flamencológico; y ahora, por manes del destino, tiene su sede la cincuentenaria institución académica del flamenco, por sabia decisión de la Consejería de Cultura, en sana convivencia con el Centro Andaluz de Flamenco, al que está adscrito por intereses culturales comunes y renovable convenio anual de colaboración y patrocinio.

Y surgen muchos evocadores recuerdos; desde aquel manifiesto fundacional, fechado el 24 de septiembre de 1958, mandado imprimir en la imprenta municipal por el alcalde más culto que ha tenido Jerez, el siempre bien recordado y querido don Tomás García Figueras, con quien el maestro Villatoro, de grata memoria, y yo, proyectamos la fundación y puesta en funcionamiento del primitivo conservatorio municipal de música y de arte flamenco que tuvo Jerez, con clases de cante, baile y guitarra; abriéndole, además, una academia de baile, en los altos de los antiguos Almacenes Los Madrileños, al gran coreógrafo y maestro de tantos bailaores, el inolvidable Cristóbal el Jerezano.

Una Cátedra cincuentenaria que montó inolvidables eventos, que creó la Fiesta de la Bulería, que trajo a cantar a la plaza de los Cordobeses, a los maestros Antonio Mairena, a Juan Talega, y a Terremoto; bailando un hijo de Manuel Torre, y alumbrando allí, esa noche, a una nueva bailaora jerezana, una niña llamada Anita Parrilla que, desgraciadamente, ya no está entre nosotros.

O aquella fiesta inolvidable en el precioso patio del palacio de Campo Real, a beneficio de la vieja maestra de baile, Mariquita Lucena., con Tia Anica la Piriñaca y Terremoto, como primeras figurasý O aquellos tres festivales de la Cátedra en teatros madrileños, en los que el Consejo Regulador obsequiara a cada espectador con media botella de vino de nuestra tierraý O los cursos celebrados en la Universidad Hispalense y los de verano de la misma universidad, en Cádizý Y tantas actividades que, ahora, se nos vienen al recuerdo, en una noche pregonera de las bodas de oro de la Cátedra de Flamencología, con celestial música gitana, desbordándose desde el teclado de un piano, tan magistralmente y con tanto arte pulsado por un joven artista, que es todo un lujo del que puede presumir Jerez, la ciudad del flamenco por antonomasia, que esa, esa sí que es la verdadera y eterna cátedra flamenca que ahora todos festejamos.
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