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'¿Ethiopian sherry?'
REPORTAJE Vino de jerez para Etiopía
'¿Ethiopian sherry?'
Una misionera consigue levantar una viña de jerez en el país más pobre de mundo · La sacrificada vida de María José Núñez, la enfermera que dejó un futuro seguro para entregarse a los necesitados
Juan P. Simó / JEREZ | Actualizado 14.03.2010 - 01:00Angar Guten, a unos cuatrocientos kilómetros de Addis Abeba, es sólo un punto en el mapa y en el Google de internet. Viajamos a Etiopía, el país donde el 80 por cien de su población vive con menos de dos euros diarios y sus gentes sobreviven como pueden. Allí, en Angar Guten, al oeste del país, sigue durante once años y sobrevive María José Núñez Varela, Pepi, una trebujenera que, como muchas de su ciudad, estudió Enfermería. Trebujena es un vivero de enfermeras: José Cabrera Cabrera fue presidente de la Escuela de Formación Profesional Cruz Roja en 1983, el 'motor' económico del pueblo. De 56 alumnas, todas de Trebujena, y que sólo tenían como salida el servicio doméstico, pasaron en un solo año a 204. De ahí salieron auxiliares de clínica, ayudantes de farmacia, radiagnóstico y otras especialidades. A día de hoy, entre ochocientos y mil trebujeneros desarrollan su trabajo en la sanidad pública. María José se convirtió también en enfermera; no estudió con José Cabrera, pero lo hizo en Jerez. Durante estos días, ha dejado la misión de Etopía, donde se encuentra ahora, y ha vuelto a España. Lo ha hecho con la mexicana María, porque, entre otras cosas, las órdenes de la comunidad misionera de San Pablo Apóstol y María Madre de la Iglesia, una organización que fundó el sacerdote español Francisco Andreo en Kenia, la componen misioneras que no contraen matrimonio y, al igual que otras órdenes religiosas, tampoco tienen hijos y viven en comunidad. Ni cobran. Por éso, María José ha venido este mes a Andalucía junto a su amiga Luz María. Luz María es de México, donde María José estuvo hasta medio año. Estos días, cuando han vuelto de Etiopía, las dos marías van de puerta en puerta llamando por una financiación para sus proyectos. Hace unos días lo hicieron en Jerez. A lo lejos, el grupo precisa de ayuda de voluntarios y colaboración económica permanente.
La vida de los Núñez ha sido siempre una vida tranquila. Les supera la publicidad. Trebujeneros de toda la vida, su padre Miguel, aunque tímido, es un gran enamorado del campo. Aún lo sigue siendo. Tiene 65 años y el campo le tira y sin campo no hay vida. Durante mucho tiempo, prácticamente desde que nació, su sitio fue la viticultura. Aún hoy, algunas bodegas le reclaman para hacer trabajos en las viñas. Y hay una lista de espera para que haga lo mismo en otros viñedos. Miguel es un trabajador nato que trabaja del día a la noche laborables y festivos, una máquina en esto del trabajo, un apasionado por el campo. En el campo morirá, porque eso lo ha sido toda su vida.
La niña María José, segunda de cuatro hermanos, nació también en Trebujena. Fue en el año 1973. Cursó estudios en lo que llaman el último feudo del comunismo, más tarde en el instituto, hasta que quiso ser enfermera, como muchas de sus amigas de la niñez. Lo hizo en Jerez. Un buen día, se encontró con una misionera en la parroquia de Trebujena. María José, que participaba activamente en la actividades del grupo parroquial, habló con ella y más tarde con el párroco Eugenio Romero. Al cura le trasladó su deseo de ser misionera. El párroco se movió y logró contactar con las misioneras de la organización en Kenia. Eran Lourdes y Rosa. Esto no gustó a Miguel ni a su mujer. Tanto trabajo de Miguel para ésto. Los padres no lo aceptaron. Miguel siempre decía que sus hijos saldrían adelante con una profesión, pero nunca imaginaron que María José, bien situada como enfermera, invirtiera su vida en nada: Dedicarse a los negritos. Ninguno aprobó la decisión. Etiopía cuenta con unos noventa millones de habitantes que tienen un esperanza de vida de 52 años. Un 1,25% de la población está infectada por el sida.
María José, ya enfermera, trabajó un mes en Jerez, también en el hospital Virgen del Rocío y unos cuatro años en Osuna. Con el tiempo, volvió a contactar con las misioneras Lourdes y Rosa en Barcelona. Tenía entonces 22 años. Fue cuando dijo: "Es el momento. O cojo el tren, o adiós a todo". Hizo sus maletas y cogió ese tren. María José apareció en Etiopía. Lo había hecho años antes, durante un mes de vacaciones. Aquello le impresionó. Pasó un año, y volvió otro mes y, al siguiente, otro. Con el tiempo, se decidió. Pese al disgusto de sus padres, sabía lo que quería. "La verdad -dice- que no tardé en adaptarme, pero pensaba siempre que mis padres nunca lo aceptaron. Éso era realmente lo que me afectaba".
María José es, hoy por hoy, la responsable de la misión de Mizan Teferi, a donde llegó tras su estancia en Angar Guten. Angar Guten, un enorme poblado que pisan al año unos 50.000 etíopes y que posee tres centros de materno infantil, tres dispensarios, cinco pequeñas presas y una extensísima superficie para más de 3.000 árboles frutales y algunos huertos. También posee unas diez hectáreas para el cultivo. Ahí estaba el sueño de María José. Bueno, de María José y de su padre Miguel, 'ababa' o padre, como allí le llamaban. El huerto cultivaba soja o amaranto, plantas que podían aminorar la falta de proteínas en un país donde el consumo de la carne está prohibido. María José, o Pepi como le llamaban los nativos, tuvo una idea para completar ese gran huerto: Sembraría una viña de vino de Jerez.
Con ese propósito, llevó hasta Etiopía en varios viajes una treintena de cepas de un pago de Trebujena. Las treinta cepas se multiplicaron y ahora ocupan un vasto sitio las cerca de trescientas en que ha quedado el viñedo. Vino de Jerez para Etiopía. ¿Cómo es? "El fruto no es igual al nuestro. Su sabor es parecido, pero la tierra, que es importantísima, como nuestra albariza, aquí es mucho más seca, hace que la uva sea más pequeña; no produce la misma abundancia que en el marco".
María José conocía a la perfección todos los secretos de la viña. Cuando era pequeña, cogía la bicicleta y se iba a la viña junto a Miguel. Él le enseñó todas las técnicas del viñedo. Después, Pepi las aplicó.
Hace unos cuatro años, Miguel y Josefa fueron a visitar a su hija María José en Etiopía. Permanecieron allí un mes. No sabían con lo que se encontraban. La zona donde interviene como misionera María José, en medio de un impresionante valle, un lugar paradisíaco, convenció a los padres. Cuando Miguel llegó a Angar Guten, se echó el trabajo a la espalda. Trabajador como ninguno, hizo mejoras en el viñedo, enseñó a los nativos las labores del injerto, la poda y otro oficios de la viña. Y se desvivía, trabajando como el que más, enseñando al prójimo. La vida de Miguel, como se ha dicho, siempre ha sido trabajo, trabajo y trabajo. Cuando fue presentado por su hija ante el poblado, una vez que abandonó Trebujena, se presentó con este saludo: "Vengo a trabajar. No quiero conocer esto o lo otro del país. Vengo, simplemente, a trabajar". "Ahora -dice María José- están los dos muy orgullosos de mí". Su madre ayudó en las labores del campo lo que podía, y se propuso enseñar cocina y agricultura a las nativas.
Mientras tanto, Miguel se enamoró de aquello. En una ocasión, cuando un día descubrió la espectacular ladera del monte que le rodeaba, dijo: "Ahí arriba me gustaría construir una casa. Y vivir allí para siempre".
Dentro de algunos días, María José y María volverán a Etiopía, a la misión de Mizan Teferi, a dos días en coche al suroeste de Addis Abeba. Allí cuentan con un centro materno infantil con 120 niños, han creado pozos y mantienen proyectos de agricultura y ayudan a enfermos y familias con comida y gastos públicos.
Ya son once el número de años que María José permanece en Etiopía desde que aquel día decidió coger el tren. Ha visto de todo en esas clínicas, como el caso de esas mujeres que llevan a sus hijos desnutridos y cuando ya no hay posibilidad de salvación. "Y piensas: ¿Por qué no vino antes?, ¿no pude yo hacer algo?" Los casos de sida también son frecuentes. La vocación de María José no es reciente. "Desde muy pequeña, tenía seis o siete años; veía las noticias de niños muriendo de hambre. No podía con ello. Me acostaba y lloraba sola".
"Ahora venimos a Sevilla, a Jerez o a El Puerto, y nos preguntamos siempre cómo aquí no se es feliz, cuando allí, sin ningún medio ni comodidad, se les ve mucho más felices. Para mí, trabajar en Etiopía no es ningún sacrificio; al contrario, es una satisfacción enorme".
María José y Luz María volverán a Etiopía. En Trebujena, a miles de kilómetros de distancia, Miguel y Josefa siguen orgullosos de su hija. Como su pueblo natal, Trebujena, cuyo ayuntamiento ha colaborado con la paisana en el desarrollo de algunos proyectos solidarios. Su labor fue reconocida en un pleno municipal con la mayor distinción de la Corporación, el premio Racimo de Oro 2006. María José es tímida, alegre y divertida, pero nada amiga de alharaca. "Nunca me he arrepentido de lo que hice. Sigo muy feliz, porque me he dado cuenta que he recibido más que lo que he dado. Para mí, dar es igual a felicidad".
La vida de los Núñez ha sido siempre una vida tranquila. Les supera la publicidad. Trebujeneros de toda la vida, su padre Miguel, aunque tímido, es un gran enamorado del campo. Aún lo sigue siendo. Tiene 65 años y el campo le tira y sin campo no hay vida. Durante mucho tiempo, prácticamente desde que nació, su sitio fue la viticultura. Aún hoy, algunas bodegas le reclaman para hacer trabajos en las viñas. Y hay una lista de espera para que haga lo mismo en otros viñedos. Miguel es un trabajador nato que trabaja del día a la noche laborables y festivos, una máquina en esto del trabajo, un apasionado por el campo. En el campo morirá, porque eso lo ha sido toda su vida.
La niña María José, segunda de cuatro hermanos, nació también en Trebujena. Fue en el año 1973. Cursó estudios en lo que llaman el último feudo del comunismo, más tarde en el instituto, hasta que quiso ser enfermera, como muchas de sus amigas de la niñez. Lo hizo en Jerez. Un buen día, se encontró con una misionera en la parroquia de Trebujena. María José, que participaba activamente en la actividades del grupo parroquial, habló con ella y más tarde con el párroco Eugenio Romero. Al cura le trasladó su deseo de ser misionera. El párroco se movió y logró contactar con las misioneras de la organización en Kenia. Eran Lourdes y Rosa. Esto no gustó a Miguel ni a su mujer. Tanto trabajo de Miguel para ésto. Los padres no lo aceptaron. Miguel siempre decía que sus hijos saldrían adelante con una profesión, pero nunca imaginaron que María José, bien situada como enfermera, invirtiera su vida en nada: Dedicarse a los negritos. Ninguno aprobó la decisión. Etiopía cuenta con unos noventa millones de habitantes que tienen un esperanza de vida de 52 años. Un 1,25% de la población está infectada por el sida.
María José, ya enfermera, trabajó un mes en Jerez, también en el hospital Virgen del Rocío y unos cuatro años en Osuna. Con el tiempo, volvió a contactar con las misioneras Lourdes y Rosa en Barcelona. Tenía entonces 22 años. Fue cuando dijo: "Es el momento. O cojo el tren, o adiós a todo". Hizo sus maletas y cogió ese tren. María José apareció en Etiopía. Lo había hecho años antes, durante un mes de vacaciones. Aquello le impresionó. Pasó un año, y volvió otro mes y, al siguiente, otro. Con el tiempo, se decidió. Pese al disgusto de sus padres, sabía lo que quería. "La verdad -dice- que no tardé en adaptarme, pero pensaba siempre que mis padres nunca lo aceptaron. Éso era realmente lo que me afectaba".
María José es, hoy por hoy, la responsable de la misión de Mizan Teferi, a donde llegó tras su estancia en Angar Guten. Angar Guten, un enorme poblado que pisan al año unos 50.000 etíopes y que posee tres centros de materno infantil, tres dispensarios, cinco pequeñas presas y una extensísima superficie para más de 3.000 árboles frutales y algunos huertos. También posee unas diez hectáreas para el cultivo. Ahí estaba el sueño de María José. Bueno, de María José y de su padre Miguel, 'ababa' o padre, como allí le llamaban. El huerto cultivaba soja o amaranto, plantas que podían aminorar la falta de proteínas en un país donde el consumo de la carne está prohibido. María José, o Pepi como le llamaban los nativos, tuvo una idea para completar ese gran huerto: Sembraría una viña de vino de Jerez.
Con ese propósito, llevó hasta Etiopía en varios viajes una treintena de cepas de un pago de Trebujena. Las treinta cepas se multiplicaron y ahora ocupan un vasto sitio las cerca de trescientas en que ha quedado el viñedo. Vino de Jerez para Etiopía. ¿Cómo es? "El fruto no es igual al nuestro. Su sabor es parecido, pero la tierra, que es importantísima, como nuestra albariza, aquí es mucho más seca, hace que la uva sea más pequeña; no produce la misma abundancia que en el marco".
María José conocía a la perfección todos los secretos de la viña. Cuando era pequeña, cogía la bicicleta y se iba a la viña junto a Miguel. Él le enseñó todas las técnicas del viñedo. Después, Pepi las aplicó.
Hace unos cuatro años, Miguel y Josefa fueron a visitar a su hija María José en Etiopía. Permanecieron allí un mes. No sabían con lo que se encontraban. La zona donde interviene como misionera María José, en medio de un impresionante valle, un lugar paradisíaco, convenció a los padres. Cuando Miguel llegó a Angar Guten, se echó el trabajo a la espalda. Trabajador como ninguno, hizo mejoras en el viñedo, enseñó a los nativos las labores del injerto, la poda y otro oficios de la viña. Y se desvivía, trabajando como el que más, enseñando al prójimo. La vida de Miguel, como se ha dicho, siempre ha sido trabajo, trabajo y trabajo. Cuando fue presentado por su hija ante el poblado, una vez que abandonó Trebujena, se presentó con este saludo: "Vengo a trabajar. No quiero conocer esto o lo otro del país. Vengo, simplemente, a trabajar". "Ahora -dice María José- están los dos muy orgullosos de mí". Su madre ayudó en las labores del campo lo que podía, y se propuso enseñar cocina y agricultura a las nativas.
Mientras tanto, Miguel se enamoró de aquello. En una ocasión, cuando un día descubrió la espectacular ladera del monte que le rodeaba, dijo: "Ahí arriba me gustaría construir una casa. Y vivir allí para siempre".
Dentro de algunos días, María José y María volverán a Etiopía, a la misión de Mizan Teferi, a dos días en coche al suroeste de Addis Abeba. Allí cuentan con un centro materno infantil con 120 niños, han creado pozos y mantienen proyectos de agricultura y ayudan a enfermos y familias con comida y gastos públicos.
Ya son once el número de años que María José permanece en Etiopía desde que aquel día decidió coger el tren. Ha visto de todo en esas clínicas, como el caso de esas mujeres que llevan a sus hijos desnutridos y cuando ya no hay posibilidad de salvación. "Y piensas: ¿Por qué no vino antes?, ¿no pude yo hacer algo?" Los casos de sida también son frecuentes. La vocación de María José no es reciente. "Desde muy pequeña, tenía seis o siete años; veía las noticias de niños muriendo de hambre. No podía con ello. Me acostaba y lloraba sola".
"Ahora venimos a Sevilla, a Jerez o a El Puerto, y nos preguntamos siempre cómo aquí no se es feliz, cuando allí, sin ningún medio ni comodidad, se les ve mucho más felices. Para mí, trabajar en Etiopía no es ningún sacrificio; al contrario, es una satisfacción enorme".
María José y Luz María volverán a Etiopía. En Trebujena, a miles de kilómetros de distancia, Miguel y Josefa siguen orgullosos de su hija. Como su pueblo natal, Trebujena, cuyo ayuntamiento ha colaborado con la paisana en el desarrollo de algunos proyectos solidarios. Su labor fue reconocida en un pleno municipal con la mayor distinción de la Corporación, el premio Racimo de Oro 2006. María José es tímida, alegre y divertida, pero nada amiga de alharaca. "Nunca me he arrepentido de lo que hice. Sigo muy feliz, porque me he dado cuenta que he recibido más que lo que he dado. Para mí, dar es igual a felicidad".
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Ojalá más personas como María José quieran ir a vivir a Etiopía y ayudar a los más necesitados. Y sus padres les apoyen como los de María José.
Siendo Núñez y trebujenera. . . . . . que os esperabais? Grandes personajes y mejores personas. Viva Trebujena!!!!!
jerezano 308 tienes razon. . peor hay una diferencia:si ella lo hace aca en Jerez capaz a muchos les parecera mal, porque los españoles somos envidiosos, no hacemos nada pero tampoco queremos gente con ideas de superacion. . esa es nuestra crisis!ADELANTE MARIA JOSE TE FELICITO Y BIEN QUE LO HAGAS EN UN LUGAR DONDE SEGURO LO NECESITAN Y TE LO AGRADECERAN CON BASTANTE AMOR!