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Francisco Bejarano
la columna
Francisco Bejarano
Pedro Sevilla Gómez | Actualizado 28.10.2011 - 08:08 CUANDO cumplió 50 años sus amigos poetas le manuscribimos un libro de sonetos y casi todos coincidíamos en adjetivarle de persona altiva, displicente y qué sé yo cuántas cosas más que, efectivamente, dicen bien de su, podríamos llamarlo así, puesta en escena. Orgulloso y bellísimo, armado de bastón, lo hemos visto cruzar las calles de su ciudad, Jerez, con las primeras lluvias, y advertido y cansado, tal como él se describe en uno de sus poemas, lo hemos visto volver a su retiro, enclaustrarse en una soledad libremente elegida para esconderse de lo feo, de lo mediocre, de una sociedad que no le gusta y a la que clama a diario desde el desierto de sus artículos periodísticos. Poeta de obra corta -Bejarano escribe, según sus palabras, cuando no tiene más remedio-, es, sin embargo, todo un referente de la poesía del último cuarto del siglo XX. A algunos de nosotros, que andamos ahora por los 50, nos dio su espaldarazo editorial en La poesía más joven, unos cuadernos donde publicamos poemas, entre otros, Mateos, Bonilla o Cabanillas, prologuista de la antología poética que saludamos hoy, Un juego peligroso, publicada por Isla de Siltolá, donde se muestran los poemas más significativos de la obra de Bejarano, extendida entre los años 1977-2002. Al prólogo de Cabanillas remito a mis lectores para acceder a un estudio serio sobre la obra de Bejarano, porque yo sólo quiero explicar aquí el poso de ternura, de hermandad, que me ha quedado en el corazón después de este nuevo repaso a la obra de uno de nuestros maestros más claros. Nostalgias, melancolías, paraísos perdidos, tardes tristes, amores contrariados, conducidos todos en unos versos pudorosos, discretos, elegantes, conforman una obra corta de honda intensidad. Bejarano ha dicho lo que tenía que decir, cuando lo tenía que decir, y nunca ha escrito sin necesidad, porque para él la poesía no es un currículo ni una carrera sino una obligación. De Bejarano se conserva alguna carta en la casa de mi paisano Julio Mariscal, testigo de alguna visita a Arcos. Ambos poetas -y cómo noto ahora la gran influencia de uno en el otro, indistintamente de quién escribiera antes- se movieron y mueven en medios hostiles. Esto no es nada especial, porque para todo poeta el medio es hostil. Pero quizás en ellos es mayor el desamparo. La displicencia que ambos gastan, esa que acentuábamos nosotros en el retrato que hicimos a Bejarano en su cincuentenario, no es más que un arma, triste, contra ese desamparo.

