HABLANDO EN EL DESIERTO

La diversidad sexual

Francisco Bejarano | Actualizado 29.06.2008 - 01:00
UNO de los mediterráneos descubiertos por la pseudoizquierda conservadora y de orden ha sido la diversidad sexual. Pues, sí, existe desde muchos siglos antes de que el progresismo simple se decidiera a promocionarla. Está en los mitos más antiguos, anteriores a Grecia, porque los mitos no inventan nada que no se haya visto primero en la naturaleza humana. Lo más que hacen, que no es poco, es embellecer, adornar, añadir literatura, arte, imaginación y misterio a los vicios y virtudes del hombre que en la vida real resultan prosaicos y corrientes. Ahora el camino es el contrario, como diría Gómez Dávila: convertir en unos cuantos gritos espasmódicos la riqueza de la sensualidad humana, porque la idea peligrosa no es la falsa, sino la correcta a medias. Y menos que a medias, sino en una parte mínima, que no afecta al orden social, se invita a la liberación sexual. Liberación sólo de nombre, como es natural.

De la bisexualidad no diré nada porque sigo sin creer en ella. No existen bisexuales al 50 por ciento: una tendencia prevalece claramente sobre la otra. Los casos que he conocido no eran sino tapaderas de una clara homosexualidad. De los transexuales tampoco diré nada. Quienes puedan hacer convivir sin conflicto su nuevo sexo con su viejo cerebro, allá ellos. Sólo homosexuales de ambos sexos, mayores de edad legal, con su vida resuelta, mente intocada y, a ser posible, casados como los matrimonios tradicionales tienen plena cabida en el orden conservador del nuevo progresismo. No podía ser de otro modo porque, salvo en los breves momentos de exaltación revolucionaria, la sociedad es conservadora y acepta el que se imiten sus instituciones seculares, aunque sea con el escarnio del matrimonio entre personas del mismo sexo, porque no influye en las formas de vida urbanas y capitalistas, más bien las favorece.

Ya Hércules no puede raptar a Hilas, ni buscarlo con dolor y desesperación, cuando las ninfas de las fuentes lo raptan a su vez para darle la inmortalidad y la eterna juventud adolescente en sus palacios de agua. La enamoradiza Aurora no puede, con argucias, quitarle a Júpiter su jovencito amante Titono, ni Júpiter raptar a Ganímedes. Céfiro no puede matar a Jacinto por celos dejando a Apolo en un mar de llanto, castigo que recibe el poderoso dios por haberle quitado el muchacho al poeta Támiris, considerado por los chismosos griegos el primer pederasta, que no es, como se quiere dar a entender ahora, el que tiene amores con niños, sino con adultos sexuales, muy jóvenes, eso sí, pero sexualmente adultos. Ninguna de estas leyendas, ni otras muchas parecidas, cabrían entre los nuevos moralistas de la liberación sexual. ¿Habrá algo más antiguo y moral que un matrimonio para evitar el desorden de los mitos y conquistar la virtud con las tareas caseras y en la mesa camilla?