Un estamento de máximos

Bernardo / Palomo | Actualizado 14.07.2008 - 01:00
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L A trayectoria artística de David Saborido - escueta por la juventud pero dilatada por los abundantes proyectos realizados - ha asumido desde un principio las propuestas más comprometidas de la contemporaneidad plástica. Venía de una formación que iba mucho más lejos que la que estamos acostumbrados a vislumbrar en los jóvenes formados en Facultades más cercanas. Esto, precisamente por ello, imprime carácter a los que tienen la suerte de haberlo vivido. En el caso contrario, los que han soportado estructuras académicas anticuadas no tienen más remedio que abrazar una fe artística sustentada por un convencimiento propio y no por el patrimonio de los que instruyen. Además, en el caso de David Saborido, su convencimiento de que el arte sólo pasa por la inmediatez de las estructuras creativas, lo hacen poseedor de un credo artístico sin vuelta de hoja y sustentado en una convicción de que la realidad sólo es la que es. Por eso, la obra del autor jerezano está apoyada en una preclara visión de un arte hacia adelante donde existen muy pocos resquicios para la duda.

Después de unos años encerrado en el sancta sanctorum de su Casita Amarilla, desentrañando la realidad de una pintura que él quería ente superior al que sacar el máximo partido, vuelve a exponer en Jerez con la fuerza del que está convencido de lo que hace y del artista que sabe lo que quiere. Ahora la pintura de David Saborido se ha vuelto más pintura, se ha sustentado en una beneficiosa carga plástica que, desde su materialidad, asume una posición estructural llena de enjundia pictórica y abierta a los máximos registros compositivos. En ella se plantea un compromiso con la verdad de un arte que él sabe cómo sacarle el mejor de los partidos. Ha condicionado el expresionismo de otros tiempos a un moderado patrimonio de la forma pictórica, que se ha desprendido de innecesarias hojarascas para acoger la máxima materialidad que ofrece el pigmento puro, esparcido con suma maestría y desarrollando unas marcas cromáticas que asumen todo su poder emocional. La nueva obra de David Saborido, con esos campos en azul bellamente dispuestos, nos retrotrae a una pintura que ejerce la función vehicular de transportar la máxima espiritualidad. Y es que esas superficies esparcidas de color puro, sin desvirtuaciones estructurales, sin mensajes distorsionantes, nos envuelven con la suprema magia de un color que ejerce su estamento posicional para desencadenar las más imprevisibles emociones. Pero, además, aquí la pintura se convierte en un mínimo campo de actuación, en un escueto escenario donde sólo asume su extraordinario poder la contundencia formal de un color que marca las rutas plásticas a seguir.

Se trata de un minimalismo compositivo que deja de serlo para convertirse en un maximalismo emocional que, a veces, nos acerca a la suprema sensualidad de un color en su máximo poder circunstancial.

La pintura de David Saborido ha llegado a un estamento de máximos. Con ella se sostiene un bello credo donde no hay lugar para la duda. Estamos ante una pintura que se ha hecho madura de tanto buscar posiciones llenas de verdad creativa. Ya no existen iniciales tanteos, ahora todo queda sustentado en los horizontes de una pintura con mayúscula donde intervienen muchas buenas situaciones. Es el tiempo de un David Saborido que alcanza un nuevo estamento pictórico, que ha encontrado los rumbos y que adquiere una potestad de arte hacia adelante Lo demás son pobres dialécticas sin sustancia. Creo que es el tiempo donde anida una necesidad que quiere ser compartida y a la que se le espera con inusitada ilusión.
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