HABLANDO EN EL DESIERTO

Los coches

Francisco Bejarano | Actualizado 22.09.2008 - 01:00
EL Día Europeo sin Coches me ha traído a la memoria cuando yo los tuve. Lo único que echo de menos de tener coche, y sin nostalgia de ninguna clase, son aquellos viajes otoñales, en los primeros días de octubre, por rutas infrecuentes para ver pueblos perdidos y preciosos que no cogen de camino para ninguna parte ni es cómodo ni fácil llegar a ellos en transportes públicos. Echo de menos, sin melancolía, las carreteras solitarias por medio de los bosques, rojos y amarillos en esa época; los castaños de Indias en Covarrubias, que doraban el atardecer con luz irreal, o las diminutas y aisladas iglesias románicas en un soto o en una hoz en medio de los campos. Ermitas solitarias por un camino de tierra, junto a una fuente abundosa, que debía hacer milagros por haber podido llegar hasta allí. Y las ruinas antiguas, románticas y decadentes, y las fantasmales de los caserones e iglesias de los pueblos abandonados.

En las ciudades el coche era un estorbo y entre poblaciones bien comunicadas una inutilidad. Recuerdo con irritación la entrada en las ciudades grandes y desconocidas. El nerviosismo de equivocarse una y otra vez, de leer planos, de preguntar cada cien metros, equivocarse de nuevo y volver al mismo sitio donde empezamos a preguntar. Hasta que el coche no estaba en el garaje del hotel o en lugar seguro y no había que cogerlo hasta la partida, no llegaba el alma al cuerpo. Una sensación parecida a cuando vamos en avión y no nos sentamos de verdad ni respiramos hondo hasta que el avión ha acabado el aterrizaje. Esto sin contar con un pinchazo en descampado y lloviendo o cualesquiera de las contingencias de un viaje. Por fortuna, nunca pasó nada que no tuviera remedio y los coches me llevaron a lugares ignotos con prontitud y seguridad. A veces echo de menos también el silencio, los paisajes cambiantes y las nubes blancas.

En otros tiempos tener coche era un signo de posición social con su utilidad, como tener teléfono o ser socio de un casino. Hoy depende del coche. Mueren más pobres en accidentes de carretera que ricos, y no sólo porque los pobres son más abundantes, sino porque sus coches son peores. A pesar de los inconvenientes y de los riesgos de tener coche, los anuncios insinúan, o lo dicen de manera explícita, que comprarse uno es ser más libre. La idea que la masa tiene de la libertad es más peligrosa que los coches. Sí, para ciertas cosas se es más libre (para lo que he contado al principio de este escrito, por ejemplo), pero primero hay que saber que la libertad es un concepto y no un acelerón, y que aprender a ser libre no es sencillo, ni se enseña ya en los colegios públicos ni en las familias de la masa popular. Un tonto o un irresponsable con coche no pierden ninguna de las dos calidades, las empeoran, y un maleducado al volante puede llegar a pensar que la única libertad es la suya.
1 comentario
  • 1 DIEGO 22.09.2008, 17:18

    PARECE QUE ESTA ÉPOCA DEL AÑO LE CAE BIEN, PUES, LA VERDAD, LOS ARTÍCULOS QUE ESTÁ PUBLICANDO ULTIMAMENTE REGOCIJAN AL QUE LOS LEE. PROFUNDOS Y ESCUETOS, CASI PERFECTOS. UN SALUDO AMIGO. -

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