HABLADURÍAS

El sacramento de la hipoteca

Fernando Taboada | Actualizado 27.09.2008 - 01:00
DIVORCIARSE es un atraso. Pero no ahora, siempre lo ha sido. Cuando ni se barruntaba una ley que permitiera disolver los matrimonios así por las buenas, los cónyuges que una vez estuvieron enamorados, cuando dejaban de estarlo, se las ingeniaban para seguir toda la vida juntos. Había fórmulas de sobra para que las familias no se desbarataran y, según los ingresos, la relación duraba eternamente, ya fuera por unos motivos o por otros. Los más pudientes, por ejemplo, lo tenían muy claro y Peter Ustinov nos lo hizo ver en aquella película: "Los reyes siempre tienen habitaciones separadas y solo duermen juntos en los palcos de la ópera". Pero es que ni siquiera había que pertenecer a la realeza para que la pareja durara siempre. En esa misma película se oía decir a un personaje: "Afortunadamente somos un matrimonio feliz. Yo vivo con una actriz y ella con un arquitecto".

Pero es que ahora, ni con una crisis galopante, los matrimonios corren peligro de extinción. Precisamente, por lo achuchada que está la situación económica, rara es la pareja que puede permitirse el lujo de mandarlo todo al garete. Con una hipoteca a treinta o cuarenta años (que encima se lleva por delante casi lo que ganan entre los dos) ya me dirán quién es el guapo que se separa, pues el nidito de amor, en mi modesto entender, habrá que seguir pagándolo todos los meses.

Aunque los divorcios bajen en picado, muchas parejas se divorciarían tan ricamente al regreso mismo de la luna de miel. Pero como Cupido es un dios que se las sabe todas y procura que haya matrimonio para rato, en cuanto los tortolitos se sientan a hacer números, comprueban que, con esa trampa que tienen por delante, no les queda otra que aguantar el tirón, al menos hasta que la Fortuna, que también es diosa, les apañe un premio gordo en la lotería.

Lo que no siempre consiguen esos viejos trucos (a saber, los regalitos inesperados, los ligueros, los viajes y esa mijita de cariño que dicen que funciona a las mil maravillas) lo han logrado las hipotecas, que son las auténticas responsables actualmente de que las parejas perduren y no se manden definitivamente a hacer gárgaras.

Antes, cuando la economía iba como una seda, la señora que se hartaba de que el marido fuera sembrando la casa de calcetines sucios, le plantaba las maletas en la puerta. Y si ocurría al revés, y era el marido el que se cansaba de dormir en una esquina de la cama, porque la esposa había ganado unas toneladas de más, tampoco había problema. Un telefonazo al abogado y los trámites de divorcio se ponían en marcha. Pero ahora no. Ahora, gracias a las hipotecas los matrimonios están blindados, como mínimo, hasta las bodas de oro, así deseen los cónyuges que a su media naranja la parta un rayo. ¿Y no es para alegrarse, justo cuando la familia como institución pasaba por su peor momento? Gracias, queridos bancos, no sé qué sería de este mundo sin vosotros.
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