HABLANDO EN EL DESIERTO

La convivencia

Francisco Bejarano | Actualizado 16.03.2010 - 01:00
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Siempre compleja, conflictiva, delicada y fácil de romper, la convivencia se ha apoyado en códigos de conducta para que el hombre cumpla su deseo de vivir en sociedad, desde la alianza con otra persona hasta las relaciones con la masa abstracta, si es que con esta última, amorfa y sin sentido, es posible relacionarse. La tendencia es clara: un espíritu ordenado necesita de las palabras de los demás y de su contacto afectivo, salvo que sublime esta inclinación natural y la dedique a fines más altos o sobrenaturales. A los amigos los elegimos nosotros. La familia y el país donde nacemos y vivimos son los que nos tocan, pero los vínculos afectivos y los recuerdos comunes suplen la falta de elección. Una nación es como una familia grande: un territorio al que tenemos la consciencia de pertenecer, una lengua franca en la que nos entendemos todos y una historia común que asumimos como nuestra, de la que nos sentimos actores como herederos de los aciertos y los errores de nuestros antepasados.

Los gobernantes de las naciones han procurado en todos los tiempos preservar el legado común para que no peligre la convivencia. La tradición, la historia, las costumbres, las leyes y la enseñanza se han encargado de recordar los lazos familiares que las unen. Luego, recordando a Jonathan Swift, en cada zona del país cada cual puede abrir el huevo pasado por agua por la parte más estrecha o la más ancha sin que por ello haya conflicto alguno. Pero la política y el deseo de mantenerse en el poder, acaba con la nación más asentada. Una ley electoral diabólica, buena quizás para Bélgica, da poderes extraordinarios a grupos minúsculos que ni siquiera se sostienen con gallardía en la región que les da el mayor sustento. Los nacionalismos del metro cuadrado reciben privilegios de las minorías mayoritarias para sacar adelante una ley reguladora del extremo del huevo que debemos romper para comérnoslo.

El Liliput, los huevos se abrían desde tiempo inmemorial por su parte más ancha. Un día el hijo del emperador se hirió en un dedo en la empresa. El amante padre decretó la obligación para todos sus súbditos de abrir los huevos por la parte más estrecha. Hubo tal rebelión que el reino se dividió en dos y ya no hubo paz entre ambas partes nunca más. Los nacionalistas gallegos, tan tiernos en su morriña, quieren un decreto como el del emperador de Liliput, no que los padres en Galicia puedan elegir el gallego o el español para la educación de sus hijos. Han herido su verdad teológica: si los muchachos estudian en español, la identidad de Galicia está en peligro. Claro que la identidad de los gallegos no está sólo en la lengua gallega. Valle-Inclán, Rosalía de Castro, Camba o Cela lo desmienten; pero, si la intención de los nacionalismos es la de envenenar la convivencia de los españoles para obtener poder, se comprende cualquier absurdo.
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