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Brillantes actuaciones, con premio, de Padilla y Urdiales
Brillantes actuaciones, con premio, de Padilla y Urdiales
El jerezano y el riojano cortan sendas orejas · Entrega del sevillano Manuel Jesús 'El Cid' ante el lote más complicado de una variada corrida de Victorino Martín
Luis Nieto | Actualizado 26.08.2010 - 18:29La victorinada fue un abanico en presentación y comportamiento, que puso a prueba la actitud y las aptitudes de tres diestros avezados en el siempre océano misterioso que son las embestidas de los victorinos. En disposición de ánimo, los tres espadas se entregaron. Y en cuanto a competencia, brilló especialmente Juan José Padilla, muy sólido y torero con el noble cuarto, el mejor del encierro, y Diego Urdiales destacó al natural con el noblón segundo. Cada uno de ellos fue premiado con un trofeo ganado a ley. Por su parte, El Cid cumplió con una actuación seria ante el lote más complicado.
El espectáculo invitó al bostezo en su comienzo. Saltó un victorino que fue protestado de salida por su escaso trapío. El animal, paletón, noblón por el izquierdo, tuvo como contrapunto el que se agarró al piso y resultó tardo. Padilla realizó un trasteo que pasó inadvertido y que remató pésimamente con la espada. Con el nobilísimo y bien presentado cuarto, el jerezano se mostró seguro de principio a fin. El toro, que no se empleó en varas, fue a más en la muleta. El Ciclón de Jerez recibió al victorino con una arriesgada larga cambiada de rodillas a portagoyola, que fue muy ovacionada. No contento con ello, voló de nuevo el capote para otra larga en los tercios, de hinojos. De pie, se embraguetó a la verónica. Y en banderillas se mostró fácil. Con la muleta, Padilla deleitó con unos suaves doblones en los primeros compases de una faena en la que lo mejor llegó en dos series al natural; una de ellas rematada con un pase de pecho muy despacio y profundo. Un estoconazo fue la rúbrica adecuada a una obra marcada por la ligazón y el temple, en la que hubo toreo bueno y en la que nadie puede acusar al torero que se trabajó a la galería. La obra fue premiada con una más que merecida oreja. Al gran toro, de Victorino, Mítico, que se resistió a morir con casta, se le tributó en el arraste una ovación de gala.
Diego Urdiales ganó su trofeo ante su primero, el segundo de la tarde, un ejemplar bien hecho. El animal resultó noblón, destacando su buen pitón izquierdo. Y el riojano, que se lució en los lances de salida, a la verónica, construyó una faena meritoria. Le dio sitio al toro y brilló con la zurda en un par de series. Dos naturales, de cintura rota y sin afectación, fueron puro almíbar. Su estocada, en la que se tiró a morir, valía por si misma la oreja que solicitó mayoritariamente el público y que otorgó la presidencia.
Manuel Jesús El Cid bailó con la más fea. Su primero, bien presentado, con complicaciones por el pitón derecho, era un toro exigente. El sevillano tardó en confiarse en un trasteo en el que destacó su actitud, con entonadas tandas por el buen pitón izquierdo del animal. Le faltó contundencia a la hora de matar y el veredicto del público bilbaíno quedó en una fuerte ovación. Con el manso y peligroso que cerró plaza, que intentó saltar al callejón y que enganchó a Pirri, sin que afortunadamente le hiriese, el saltereño se limitó a un trasteo medido, en el que se libró de una cogida cantada.
La variedad de la victorinada y la apuesta de la terna fueron determinantes para que el espectáculo resultara ameno, con dos toreros que fueron premiados a ley, Padilla y Urdiales, y otro, El Cid, que se batió el cobre para reforzar su moral tras su paso por Bilbao.
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