Arrecife de Coral

Francisco Sánchez Múgica | Actualizado 07.03.2009 - 01:00
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Isabel Bayón utilizó piel de serpiente para evocar a la Tórtola, anoche en Villamarta.

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Miguel Poveda e Isabel Bayón, nuevo mano a mano de arte.

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Hacía más de treinta años que Isabel Bayón esperaba ese momento. Cuando llegó, sólo pudo apartarse de la luz de los focos y tapar su boca mientras lloraba a lágrima viva, como quien asiste a un hecho milagroso. A lo absoluto. Estaba cediendo el protagonismo del imprevisible desenlace de su último montaje a la gran maestra con la que empezó a bailar cuando sólo tenía cinco años. Este año cumplirá cuarenta. Tórtola Valencia es la demostración de que su arte está en plenitud, en estado de gracia y elegante madurez. Más allá del más o menos certero itinerario biográfico que plantea el espectáculo y de sus virtudes y defectos en lo que a ritmo y tensión se refieren, lo cierto es que la Bayón regala un arsenal de mudanzas, ademanes, gestos y variaciones irradiados por una piel que brilla, que muestra un rosario de matices pulidos y trabajados a pulso durante la hora y media escasa que dura la función.

Una obra que acaba y vuelve a arrancar. Que tiene principio, nudo, final; y vuelta a empezar. Porque todo brota de nuevo, como en un improvisado Nacimiento de Venus, cuando cobra relieve la silueta de una escultura helénica de brazos estilizados y manos laberínticas llamada doña Matilde Coral. Un arrecife de piedras preciosas en la recta final del océano de buen gusto que constituye la última rúbrica de aquella niña prodigio a la que presentó una noche el Bailarín.

No pregunten el significado del guiño final, del triple salto mortal que es capaz de proporcionar el espectáculo. Sólo almacénenlo en su retina con orgullo y delicadeza, como quien asiste a un momento irrepetible. "Ella no baila, es el baile". Yo también me emborracho para verla dos veces, como decían los tortolistas. Una maestra enorme ante los ojos de su discípula amada y un cantaor que ensancha su garganta porque en ella ya no caben más ayes. Por soleá de Alcalá, con ecos de Joaquín el de la Paula y Manolito el de María, se rompe la camisa Miguel Poveda. Matilde Coral arroja luz a los misterios del arte mientras adorna el cante grande. Algo más tarde, mueve el mantón que se expande como las alas de un Ave Fénix, que necesita resurgir pisando fuerte la tabla. Isabel Bayón, que minutos antes había encandilado con las bulerías de Utrera al golpe del de Badalona, concluye su repertorio. Aunque la emoción embarga a todos sin distinciones cuando emerge la pose y la sabiduría personificadas. Huele a incienso y azahar. "Va por ti, Angelita", grita Matilde. Hondo suspiro de la maestra jerezana desde el patio de butacas. Noche grande en Villamarta. Noche eterna para la historia.

Y la verdad, sería injusto sintetizar en los últimos diez minutos las buenas intenciones que plasma sobre el escenario esta aproximación a la figura de leyenda que fue Carmen Tórtola Valencia. Porque la pura verdad es que nos tiene bien acostumbrados Isabel Bayón a bailarle a los sentidos y hacernos sentir placer con sus danzas, que navegan en el límite fronterizo de lo clásico y lo contemporáneo pero siempre en el mar del flamenco. La sevillana nos ha acostumbrado al deleite de unas coreografías construidas sin más pretensiones que la pura seducción. A diseccionar en escena su íntimo concepto de sensualidad, exhuberancia y exotismo. Ideario que viene plasmando en los últimos tiempos de la mano de Pepa Gamboa y Antonio Álamo, sus dos estrechos colaboradores en la vertiente teatral de sus propuestas. La sevillana ha adquirido un marchamo que pese a que la encasilla en ese papel de femme fatal, de bailaora de rompe y rasga, no le impide evolucionar ni dar pasos hacia adelante con nuevos acentos y matizaciones.

La maestra y la alumna se funden en una única persona tras la evocación inexacta, desdibujada por el paso de las décadas, de una figura mítica, preñada de contradicciones, dobleces -de budista a cristiana, pasando por monárquica y republicana- y leyendas urbanas que han acrecentado su fama y su peso en la historia e intrahistoria de la danza. Por ejemplo, está su excitante orientalismo, con la danza inicial de los Siete velos y con esa serpiente de cascabel en la que se convierte Bayón en los tientos tangos que ejecutaron con idéntica sutileza Miguel Ortega -desde ya candidato al mejor atrás de 2009- y Antonio El Pulga.

Y si sugerente y edificante fue ver a la bailaora con dos abanicos emulando las alas de una mariposa en la guajira, más bello aún fue verla danzar con el sabor de los caramelos de menta y limón de Macandé impregnados en el paladar al son de los pregones. Un delicioso garrotín y una sobria y elegante farruca con Bayón ajustada en un vestido negro durante ambos números enriquecieron más, si cabe, una obra donde estremeció el toque de Jesús Torres y el acompañamiento, cual atmósfera de proyección de cine silente de principios de siglo, de la viola de Rafa el viola. Un lujoso montaje de los que se almacenan en el recuerdo. Baile y cante para la posteridad por mor del bayonismo más refinado.
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