Crítica de Cine

Cachiporrazos sin complejos

Keanu Reeves, en una escena de la segunda entrega de 'John Wick'. Keanu Reeves, en una escena de la segunda entrega de 'John Wick'.

Keanu Reeves, en una escena de la segunda entrega de 'John Wick'.

La curiosa carrera de Chad Stahelski pasa por las etapas de ser boxeador, especialista en escenas de riesgo, doble de estrellas en secuencias peligrosas o que exigen gran nivel físico, coordinador de especialistas, diseñador-coreógrafo de secuencias de lucha, actor secundario, director de segunda unidad y, finalmente, director: debutó en 2014 con John Wick: Otro día para matar y ahora regresa con una secuela. Lo notable es que nunca ha dejado de ser él mismo: dirige como si nunca hubiera dejado de ser boxeador y especialista. Su irresistible ascenso se simbolizaría en que quien fue el doble de Keanu Reeves en Matrix, para la que también colaboró en el diseño de las secuencias de lucha, ha acabado por tenerlo a sus órdenes en sus dos películas como director. Aunque cabe preguntarse si a Reeves se le dirige o simplemente se le pone ante la cámara como si fuera un objeto de atrezo.

Vista su biografía, no puede sorprender que esta película sea una exhibición de recursos visuales digitales, violencia extrema, luchas entendidas casi como ejercicios acrobáticos y dancísticos, humor (no muy inteligente) que se quiere negro y un absoluto vacío de ideas digno del inexistente cerebro de Patricio Estrella. Que nada se interponga entre los tiros y cachiporrazos y el espectador, parece ser el lema de Stahelski. Ni una sola idea argumental, ni una sola línea de diálogo que exija ser interpretada, ni tan siquiera el cine. Trata de un asesino retirado que ha de volver a actuar para enfrentarse a lo más granado del crimen mundial.

Hay que reconocerle a estas aventuras de John Wick la frescura -tanto en su sentido positivo de desenfadado como en el negativo de desvergonzado- de tomarse a chufla lo que últimamente algunos directores cargan de gravedad; y convertir la guarnición de efectos y luchas en lo esencial de su plato sin recurrir a penosas coartadas seudo filosóficas (como la Matrix en la que participó o los pesantes Batman de Nolan). Estos son cachiporrazos puros revestidos, eso sí, de un gran aparataje visual. Es como si el antiguo especialista quisiera hacerle la piruleta al cine como un nuevo rico que se mofara de quienes antes lo despreciaron. En cuanto a Keanu Reeves, ¿quién recuerda que fue actor de Coppola, Brannagh, Van Sant o Bertolucci? Desde Matrix parece una criatura digital creada para un videojuego, más que un ser humano. Gustará sin engañar a aquellos para quienes está hecha.

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