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Músicas (de cine) para un Goya

  • Alberto Iglesias, Roque Baños, Víctor Reyes y Gustavo Santaolalla compiten por el premio a la mejor banda sonora original que se entrega el próximo domingo

El próximo domingo se celebra la 25 edición de los Premios Goya, fiesta del gremio de los profesionales del cine español que apenas nos interesa ya por el morbo de las polémicas, este año muy precalentadas por la Ley Sinde y el indiscreto Twitter de Álex de la Iglesia, y, si me apuran, por los chistes que Andreu Buenafuente (seguramente más prudentes que los de Ricky Gervais en los Globos de Oro) pudiera dejar caer a propósito de la situación.

Por otro lado, nuestra vieja aunque atenuada afición a la música de cine nos tendrá pendientes de saber cuál de los ya habituales compositores de turno, Alberto Iglesias (También la lluvia), Roque Baños (Balada triste de trompeta), Víctor Reyes (Buried) y el argentino Gustavo Santaolalla (Biutiful), se lleva a casa el Goya a la mejor banda sonora. Por el camino se han quedado este año partituras meritorias, concretamente el refinado trabajo de Pascal Gaigne para la invisible cinta vasca 80 Egunean (editada por el sello Solisterrae), o la música de Mastretta para El gran Vázquez (Nuevos Medios), festiva y luminosa fusión de jazz y ritmos populares con un oído puesto en Nino Rota y otro en nuestra tradición más ye-yé, modelo musical en vías de extinción cuando casi todos nuestros compositores jóvenes de escuela (los Velázquez, Capellas, Araujo, Conde, Bataller, Martínez de la Riva y compañía) quieren sonar a lo grande o como Goldsmith o Herrmann venga o no venga a cuento.

Ganador del Goya en ocho ocasiones, el exquisito y siempre autoexigente Alberto Iglesias repite con Icíar Bollaín tras Te doy mis ojos. Su música para También la lluvia (Quartet Records) prolonga su acercamiento a Latinoamérica (The dancer upstair, Che) para coquetear con modos, melodías y timbres del folclore autóctono (el arpa, el ronroco, la guitarra, la flauta) junto a una orquesta trabajando intensamente los ostinatos y los contrapuntos en su sección de cuerda. Si los instrumentos solistas funcionan como metáfora sonora de la lluvia del título, una discreta electrónica sostiene el ritmo y añade una nota más de color a una partitura que trabaja con las imágenes y la narrativa tanto a nivel temático y conceptual como en su superficie más rítmica estructurada por el montaje.

Último ganador del Goya por su vibrante partitura para Celda 211, el murciano Roque Baños continúa su idilio con Álex de la Iglesia en esta Balada triste de trompeta cuya banda sonora (Milan Records) arranca con un rotundo tema para los créditos iniciales protagonizado por el ritmo marcial de unos tambores sincopados y un quejío flamenco a modo de saeta. Lástima que este original apunte musical sobre las dos Españas no tenga más prolongación en el desarrollo musical del filme, en el que Baños vuelve a demostrar sus dotes como proteico dramaturgo y orquestador en un modo sinfónico pegado literalmente al exceso de acción de la cinta.

Las maneras musicales de Víctor Reyes no andan muy lejos de las de Baños. Ambos comparten querencia por el sonido de género (thriller, acción) hollywoodiense y ambos tienden a mimetizarse con sus fórmulas. Ganador del Goya en dos ocasiones (En la ciudad sin límites y Concursante), Reyes airea y expande el ataúd en el que está encerrado el único protagonista de Buried (Versus Ent. Records) con buenas dosis de tensión (artificial) generada a partir de atonalidades, disonancias y ritmos percutidos que se echan literalmente a las espaldas la narración de la película de Rodrigo Cortés. Algunas pinceladas de color y motivos de carácter étnico nos recuerdan que, aunque bajo tierra, estamos en Iraq.

Ganador del Oscar en dos ocasiones (Brokeback mountain, Babel), el veterano productor y compositor argentino Gustavo Santaolalla es el cuarto en discordia en esta carrera. Colaborador habitual de Iñárritu desde Amores perros, el autor del referencial disco Ronroco (Nonesuch) sigue depurando y actualizando los modos y timbres del folclore andino en una variante urbana y posmoderna de la world music que ha encontrado en el atractivo miserabilismo multicultural de Biutiful su lógico acomodo. Resulta curioso que en una banda sonora de pequeño formato y propósitos ambientales, lo que mejor funcione sea el hermoso adagio del Concierto para piano y orquesta de Maurice Ravel.

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