De lo sublime a lo ridículo...

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Cisne negro. Drama/Thriller, EE UU, 103 min. Dirección: Darren Aronofsky. Guión: John J. Mclaughlin, Andrés Heinz, Mark Heyman. Fotografía: Matthew Libatique. Música: Clint Mansell. Intérpretes: Natalie Portman, Vincent Cassel, Mila Kunis, Barbara Hershey, Winona Ryder.

¿La pianista de Haneke para todos los públicos? ¿La Catherine Deneuve de Repulsión bailando de puntillas? ¿Un remake de Las zapatillas rojas de Powell y Pressburger rodado por Dario Argento o Brian De Palma? ¿Una fantasía tchaikovskiana digna de aquella churrografía del músico filmada por Ken Russell y llamada The Music Lovers? ¿La Doble vida de George Cukor en versión gore? ¿Eva al desnudo con tutú? ¿El otro de Mulligan transportado al mundo de la danza? Algo de todo ello -a la baja siempre salvo en el caso de Russell, con cuyo disparate de autor se iguala- hay en esta película sobrevalorada, multipremiada y aspirante a cinco Oscar de los que sólo merece el que seguramente ganará Natalie Portman. Aronofsky, como antes Ken Russell, juega al exceso barroco, rococó o churrigueresco sin tener el genio necesario para hacerlo. Y el exceso requiere un inmenso talento para no naufragar en el ridículo grandilocuente.

Una bailarina enferma de perfección, sexualmente reprimida, asfixiada por una madre posesiva, aterrada por el director y coreógrafo empeñado en sacar de ella el lado oscuro que le permita convertirse en el cisne negro, obsesionada por la competencia de una joven rival y dada a las fantasías morbosas. Un mundo creado a su medida en el que los viejos sátiros se masturban en el metro, la desinhibición tiene que ver con las drogas y los jóvenes sementales se desfogan en los retretes de las discotecas. Un ir y venir de la fantasía a la realidad, de la ensoñación a la pesadilla, de lo vivido a lo imaginado: cartas marcadas que facilitan las trampas. Y mucho retoque digital. Así he visto Cisne negro: una mentira arriesgada, trile más que thriller, desaforado melodrama de intriga y terror supuestamente psicológico que es cursi cuando quiere ser poético, ridículo cuando quiere ser trágico, vulgar cuando quiere ser duro y efectista cuando quiere ser terrorífico. De lo sublime a lo ridículo sólo hay un paso. Y esta película lo da.

Aronofsky, de quien sólo aprecio El luchador, no carece de talento visual para la pieza breve y por ello la película no carece de detalles interesantes y algunos poderosos hallazgos visuales.

Probablemente sería un gran videocreador, videoclipero o publicista. Pero carece de la capacidad para insertar la invención brillante en la continuidad narrativa y para ir más allá del fuego artificial/visual.

Probablemente entusiasmará a quienes desconozcan o conozcan mal a esos maestros de la crueldad que, según André Bazin, fueron Von Stroheim, Hitchcock o Buñuel. O a los más directamente citados o evocados -Powell y Pressburger, Polanski, Cukor, Mankiewicz- por esta película cuyas dos estrellas son para la fabulosa Natalie Portman, que le da sus únicos momentos de verdadera intensidad dramática.

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