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Extranjería

  • La última entrega de Eduardo Halfon continúa un ciclo autobiográfico donde el narrador recurre a personajes de su historia familiar para indagar en su condición de permanente desarraigado

Eduardo Halfon (Ciudad de Guatemala, 1971). Eduardo Halfon (Ciudad de Guatemala, 1971).

Eduardo Halfon (Ciudad de Guatemala, 1971).

Ingeniero de formación, Eduardo Halfon decidió dedicarse a la literatura a una edad más bien tardía, pasados los treinta años, pero ni esta circunstancia ni su relativa juventud le han impedido convertirse en uno de los narradores latinoamericanos más reconocidos del continente. Ya en su primera entrega, Saturno (2003, recién publicada en España por Jekyll & Jill), donde trataba en términos muy duros de la figura del padre, recreó parte de su complejo universo familiar, pero fue El boxeador polaco (2008) la obra que abrió un ciclo autobiográfico al que pertenecen Monasterio (2014), Signor Hoffman (2015) o la ahora conocida Duelo, partes de un conjunto al que dan unidad la voz del narrador, las recurrencias internas y la presencia de personajes que remiten a sus propios ascendientes. La historia de su familia, formada por judíos emigrados que se instalaron en Guatemala antes de trasladarse a Estados Unidos, donde reside ahora un autor que domina de igual modo el inglés pero eligió el castellano como lengua literaria, es ciertamente novelesca, pero la fuerza y el poder conmovedor de sus relatos no provienen de la verdad aparente de la autoficción, sino de la singularidad de esa voz que se sirve de itinerarios reales para indagar en una identidad tan plural como problemática.

Como ha declarado en repetidas ocasiones y dice su alter ego, que comparte con el autor el nombre y otros rasgos externos, además de los padres y de los abuelos, Halfon es un hijo del exilio que no se siente de ninguna parte. No parece guatemalteco, como suelen decirle sus compatriotas, aunque su nacimiento e infancia en el país centroamericano -magistralmente descrito en sus libros- no sean datos irrelevantes. No practica el judaísmo, hacia cuyas tradiciones ha mostrado una mirada crítica. No mantiene vínculos con sus naciones de procedencia -un linaje en el que confluyen ancestros libaneses, sirios, egipcios, polacos o ucranianos- ni ha hecho suya la de acogida. Instalado en el desarraigo, Halfon no ha dejado, sin embargo, de bucear en esos orígenes, que nutren el citado ciclo y vuelven a comparecer en Duelo. Es una misma historia en la que cambian los tiempos y los escenarios -el narrador viaja a los lugares vinculados a la memoria personal o heredada- evocados en estampas breves que se acumulan como partes de un puzle del que ya conocemos bastantes piezas. No teme el autor repetir detalles o episodios sabidos, pues de la combinación entre estos y las sucesivas ampliaciones o revisiones -relatos autónomos de un libro, por ejemplo, son reelaborados en capítulos de otro- nace no sólo la continuidad, sino también el peculiar ritmo del conjunto.

Hay momentos en que la escritura afilada de Halfon se vuelve lírica sin dejar de ser rotunda

El centro, abordado una y otra vez, tal vez sea la figura del abuelo polaco, León Tenenbaum, que pasó seis años internado en los campos nazis y nunca habló de ello, hasta el final de su vida. A los niños les decía que las cifras que le tatuaron en Auschwitz eran su número de teléfono. En Duelo el narrador -que reitera su renuencia a los memoriales, definidos como parques turísticos- nos cuenta de su paso por Sachsenhausen, donde tiene noticia de que Tenenbaum trabajó -participando acaso en acciones de sabotaje- en una fábrica de aviones de guerra, descubrimiento que arroja luz retrospectiva sobre el raro comportamiento del superviviente durante la visita a un museo. Pero también habla del abuelo libanés cuyo hijo primogénito, Salomón, muerto con sólo cinco años, es el hilo conductor del relato. Desde la primera línea se nos dice -es lo que el narrador escuchó de niño- que el que habría sido su tío paterno se ahogó en el lago de Amatitlán, sin que llegara a aparecer el cuerpo. El tema, casi innombrable, obsesionaba a los pequeños -el narrador y su hermano- que le dedicaban rezos secretos antes de bañarse y llegaron a ver un supuesto retrato fechado en Nueva York, 1940. El enigma del accidente, desmentido en las escasas y contradictorias alusiones de parientes para los que parecía ser un asunto espinoso, se alterna con otros recuerdos de infancia y con los de la mudanza de la familia desde Guatemala a un suburbio en el sur de Florida, donde "Little Eddie" y los suyos empezaron una nueva vida. En un plano más cercano en el tiempo, que como es costumbre en Halfon lo muestra desplazándose a los lugares del pasado, el narrador vuelve al lago de su niñez para retomar la pista de aquella muerte improbable.

El viaje tiene algo de peregrinación a las raíces, no en este caso genealógicas sino culturales, de lo que llamaríamos la Guatemala profunda. Dos maravillosos personajes, el viejo don Isidoro y sobre todo la curandera -"sobadora", por el uso de aceites y ungüentos- doña Ermelinda, que llena la última parte hasta el final, circular, hermosísimo, introducen el acervo popular de un país marcado por la pobreza y la violencia con el que el narrador, pese a la distancia social, pese al nomadismo, pese a la incurable extranjería, tiene una relación profunda. Una atmósfera alucinada, de magia o fantasmagoría, impregna estas páginas donde la escritura precisa y afilada de Halfon, con su calculado distanciamiento, se vuelve lírica sin dejar de ser contundente. No sólo por su recurso a la anáfora, el catálogo de los niños ahogados es un verdadero poema en prosa que impresiona y deja al lector con un nudo en la garganta. La mención al conocido episodio de la disputa entre los hermanos da paso a la revelación del padre a propósito del destino de su propio hermano malogrado. Nunca termina el duelo pero hay también la generación, de acuerdo con la recomendación de la bruja, la vida que se renueva y cura las viejas heridas y de algún modo redime el dolor por tantos muertos.

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