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Quinquis de Irlanda

  • Sajalín refuerza su exquisita colección de literatura criminal con esta historia de un secuestro en la Irlanda boyante y feliz de la década pasada

El escritor irlandés Gene Kerrigan. El escritor irlandés Gene Kerrigan.

El escritor irlandés Gene Kerrigan.

Los personajes de Delincuentes de medio pelo podrían tener sus propios capítulos en Crónicas quinquis, aquella fantástica recopilación de artículos periodísticos que Javier Valenzuela publicó en los años 80 y que no hace demasiado reeditó la editorial Libros del KO. Por allí pululaban tipos de la más baja estofa, la mayoría de ellos heroinómanos, algunos menores de edad, que tenían que decidir entre un futuro entre rejas o vivir a tope hasta acabar tirados en una cuneta. La heroína pasó, nunca se fue del todo pero quedó como una droga residual para dejar su reino a la cocaína. También se fueron perdiendo los quinquis, a medida que los yonquis fueron desapareciendo de las calles y las nuevas generaciones fueron teniendo un acceso masivo a la universidad. Mientras, el país crecía y crecía en una falsa felicidad que no era más que el aire que inflaba la burbuja que terminaría reventando, y lo haría llevándose por delante todo, especialmente aquella clase media surgida de las primeras generaciones universitarias.

Parece que aquello no fue un fenómeno exclusivamente español. Quinquis hay en todas partes, aunque no haya lengua para el insulto y la ofensa como el castellano. Y tipos con pistola dispuestos a lo que sea por obtener algo de dinero también. En España escuchaban a Los Chunguitos y se apodaban el Vaquilla, el Nani, el Pirri o el Jaro. En la Irlanda que describe Gene Kerrigan no hay motes. Y si los hay son mucho más ñoños. Uno de ellos, por ejemplo, es Jo-Jo. Si a un quinqui ibérico de los 80 le pusieran este mote se vería un cuadro. Se lo pueden imaginar llamando a las redacciones de los periódicos para cruzar unas palabras con el cronista de sucesos que le había bautizado con tan estúpido alias. Pero el Jo-Jo irlandés quizá esté tan dispuesto como el quinqui español a apretar el gatillo, por muy lila que sea su apodo.

Ese submundo de los pequeños criminales lo describe perfectamente Gene Kerrigan en su novela. Little Criminals. Ése es el título original de la obra, traducido con acierto como Delincuentes de medio pelo. El jefe de esos tipejos es un ídem llamado Frankie Crowe, al que se le ocurre la infeliz idea de montar una banda y organizar un secuestro con la idea de pedir un rescate millonario. Pasa que ni la persona secuestrada es millonaria ni todo va saliendo como estaba previsto. Más o menos como los atracos del Vaquilla y del Torete.

El caso es que el libro atrapa de principio a fin y basa buena parte de su éxito precisamente en la construcción de unos personajes, especialmente el líder de la banda, que odian hasta su sombra y que viven peleados con un mundo que casi siempre les ha sido hostil. Y resulta que algunos de ellos hasta son buenos padres de familia, pero no dudarían en matar a quien se les ponga por delante cuando de contar billetes se trata. Kerrigan ambienta su novela a mediados de la primera década del siglo XXI, en una Irlanda que, como casi toda Europa, vivía feliz en un clima de bonanza económica que se vendría abajo poco después.

¿Y quién es este Gene Kerrigan que tan bien retrata el lumpen irlandés? Pues es un veterano periodista (busquen por internet su fecha de nacimiento, a ver si son capaces de averiguarla) que ha sido distinguido en dos ocasiones con el premio al mejor de la profesión en su país y que ha escrito siete libros sobre escándalos financieros, política y criminalidad. Y cuando se cansó de tanto ensayo se dispuso a pasárselo bien y comenzó a escribir novela negra.

Delincuentes de medio pelo es su primer libro de ficción y se publicó originalmente en 2005, aunque en España no lo ha hecho hasta ahora. Lo trae Sajalín, y eso es ya de por sí una garantía, porque este sello independiente y aparentemente minoritario tiene la mejor colección de literatura criminal que cualquier lector español puede echarse a los ojos. Es, por ejemplo, la editorial que ha publicado en castellano varias novelas del genial Edward Bunker. Hablando del Señor Azul, Kerrigan comparte con él el premio Gold Dagger que otorga la asociación británica de escritores de literatura criminal. Kerrigan lo ganó en 2012 por La furia. Bunker en 2000 en la categoría de no-ficción por sus memorias, tituladas La educación de un ladrón. La colección, por cierto, se llama al margen (así, en minúsculas), y Delincuentes de medio pelo es el libro número 33; La furia el 24 y La educación de un ladrón el 27.

Henning Mankell, John Le Carré, Ross MacDonald, Jonathan Lethem, James Lee Burke, Ian Rankin, Ruth Rendell, Eric Ambler o Patricia Cornwell son algunos de los ganadores del mismo premio literario. Una buena banda de delincuentes no tan de medio pelo a la que Kerrigan aporta ahora su mirada visceral y callejera. Esta reseña, como le dice un policía a Frankie Crowe, el líder de los secuestradores, no tiene por qué tener un mal final. "Podemos acabarlo tranquilamente, de manera civilizada", le insiste el agente. "Si consiento en permanecer en una celda durante los próximos treinta años".

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