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El Tánger más convulso

  • El diplomático Francisco Serrat escribe la crónica política de la ciudad del Estrecho, justo en los momentos anteriores a su Estatuto internacional

Francisco Serrat, en Tánger en 1923, con motivo de la inauguración del nuevo edificio de la legación. Francisco Serrat, en Tánger en 1923, con motivo de la inauguración del nuevo edificio de la legación.

Francisco Serrat, en Tánger en 1923, con motivo de la inauguración del nuevo edificio de la legación. / d. s.

Quizás fuese un hombre demasiado honesto para una ciudad, Tánger, y quizás fuese un funcionario demasiado eficaz para un país, España. Francisco Serrat y Bonastre fue el diplomático que dirigió la representación española en Tánger entre los años 1916 y 1924, el período de interinidad en que la ciudad del otro lado del Estrecho caminaba, después de la Conferencia de Algeciras, hacia su estatuto internacional. La editorial Almed ha publicado las memorias de la vivencia tangerina de este diplomático que fue redescubierto por el historiador Ángel Viñas como el primer ministro de Exteriores de Franco, justo tras el golpe de Estado de julio de 1936, aunque más bien cabría llamarle protoministro, porque ocupó el cargo de secretario de Estado y sólo hasta febrero de 1937, cuando dimitió y se exilió en Suiza.

Antes de su muerte (Madrid, 1952) formó parte del consejo de Don Juan de Borbón y regresó a España con una documentación secreta de Nicolás Franco de la que nunca se supo y de la que se sospecha que pudo servirle como seguro. Austero en las cosas de los dineros públicos y de los presupuestos, hay quien adjudica a Francisco Serrat ser el verdadero Tío Paco el de las rebajas, debido a los constantes alardes que hacía un familiar en Madrid de "su tío Paco" y al celo que éste demostraba en la administración de los caudales.

Valgan estos datos para dibujar al hombre, al autor pesimista rescatado por Almed y presentado en el libro por Bernabé López, catedrático de Estudios Árabes e Islámicos en la Autónoma de Madrid.

Tenemos, pues, al funcionario. Y la ciudad: Tánger, que en el año en que Francisco Serrat llega es poco más que un puerto, su bahía y una medina que se nuclea en torno al Zoco Chico, el gran mentidero de Marruecos. Y es que Tánger ya es una zona formalmente internacional, había sido tradicionalmente la sede de las delegaciones diplomáticas en Marruecos, ocupa un lugar estratégico en el Estrecho y, además, es una ciudad ajena a los protectorados de España y de Francia en país vecino.

Y ya ésa es una de las principales críticas que Francisco Serrat hace de la política española sobre norte de Marruecos. En su opinión, Tánger debió formar parte del Protectorado español por su propia localización. Y en cualquier caso, de ser, como lo era sobre el papel, una ciudad internacional, España debía de haber sido la "predominante". Ya no lo era en sus tiempos, Francia había conseguido expulsar de la ciudad a los alemanes y austríacos con motivo de la Primera Guerra Mundial y poco a poco se había convertido en la hegemónica, de tal modo que el objetivo de Serrat fue que, si no española, fuese realmente internacional. Ése es su afán durante los años tangerinos, un extremo que, a la lectura de estas memorias, poco parece importar en Madrid. Cuando, por fin, las potencias acuerdan el Estatuto internacional de Tánger, en diciembre de 1923, el texto es afrancesado por sus cuatro esquinas. La radiografía de Serrat rezuma un pesimismo patrio al que la contienda del 36 viene a dar la razón.

El diplomático contó con un doble problema: de un lado, Francia, y de otro, el de la propia España, más preocupada y ocupada en el Protectorado, cuya capital era Tetuán. Antes de llegar a la ciudad, ya se había encargado de los asuntos marroquíes en el Ministerio: en su opinión, la falta de la voluntad y el desinterés de los políticos por este trozo del norte de Marruecos había llevado a una excesiva militarización de su administración. En Tánger vivió el desastre de Annual y participó en las negociaciones para el rescate de los prisioneros. De Silvestre dice: "Su caso es una muestra de los fatales resultados que en España se presta al valor personal y al heroísmo. En España no basta con cumplir con el deber, hay que excederse". Marruecos, el Protectorado, las cabilas y los desastres, dieron demasiados quebraderos de cabeza a los gobiernos de Alfonso XIII, de tal modo que cuando él se hizo con su dictador, Miguel Primo de Rivera, prometió que acabaría con el problema marroquí en tres meses. "Abandonismo", lo llama Serrat. De Primo de Rivera, a quien llama "nuestro pequeño Musolini" escribe esto: "Tenía la convicción, no falta de fundamento, de que la principal ventaja de la dictadura estribaba en la rapidez y la energía de las resoluciones. No tenía en cuenta que, para esto, hace falta una capacidad extraordinaria y una preparación, que no es precisamente la vida de militar chulapón que él había llevado".

Además de las consideraciones políticas, Francisco Serrat se detiene a explicar, a suerte de crónica del paisanaje, cómo es la vida en la ciudad y quiénes son sus referentes, tanto entre la colonia española, la más numerosa, como en la internacional. La marroquí no le interesa, más allá del delegado del Sultán y algún que otro notable, del mismo modo que la populosa población judía, asentada desde hacía siglos en la colina y procedente de la expulsión española. Sí refiere, sin embargo, algunos personales de la "aristocracia sefardí".

Ya Tánger comenzaba a ser el nido de espías, agentes dobles, noctámbulos y artistas, descarriados de Occidente, el que fraguó alrededor de la Segunda Guerra Mundial. De la colonia española, destaca la labor de los padres franciscanos dirigidos por Betanzos, que ejecutan mejor que el Gobierno las prestaciones sociales y eran bastante queridos por la población local después de haber hecho renuncia a su labor apostólica. Es prolijo en detallar los personajes y sucesos de la década: así, cuenta el caso de Juan Marín, un empresario aguerrido que caló una almadraba en Cabo Espartel y a punto estuvo de provocar una guerra entre Francia y España, y el de los propietarios y periodista de El Porvenir, Alberto España, gentes que en teoría debía ser amigo porque lo financiaba el Estado, pero que, al parecer, se dedicaba a hacer periodismo y a elevar a categoría de letra impresa lo que cada día se hablaba por el Zoco Chico.

Francisco Serrat sacó la embajada del interior de la medina y la llevó a su alrededor, como ya habían hecho el resto de las potencias. Dejó entonces el palacio de junto al Zoco Chico, una pica que España puso en Marruecos en tiempos de Carlos III y que sirvió para sostener una presencia que, al menos en opinión del autor, ni llegó a buen puerto ni se supo utilizar. Y es que al dejar Tánger, Francisco Serrat se prometió no ocuparse jamás de Marruecos. En la posteridad, sí.

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