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El éxito de un fracaso

  • El madrileño David Torres explora en 'Palos de ciego' dos tipos de derrota: un episodio de su biografía y un antiguo y fallido proyecto literario

David Torres (Madrid, 1966), en una imagen de archivo. David Torres (Madrid, 1966), en una imagen de archivo.

David Torres (Madrid, 1966), en una imagen de archivo. / Efe

En el lejano 1999, en una página como ésta se publicó una elogiosa reseña de la primera novela de David Torres (Madrid, 1966), Nanga Parbat. Se vislumbraba ya la potencia narrativa de un escritor que, desde entonces, ha publicado varias novelas y libros de relatos, viajes y poesía, ha ganado conocidos premios literarios y se ha convertido en colaborador habitual en diversos medios. Vuelve aquí con la edición de su última novela, Palos de ciego, a buen seguro su mejor libro.

Ricardo Piglia, a propósito del cuento, dejó escrito que en un buen relato suelen contarse dos historias, una patente y otra latente. Otro argentino, César Aira, en su reciente Evasión y otros ensayos, señala que la técnica del ensayo consiste básicamente en contraponer dos asuntos hasta que uno ilumine al otro. David Torres parece haber bebido de estas fuentes para plantear su novela, en realidad una novela sobre la novela que no ha escrito, como un ensayo de novela. Palos de ciego teje dos hilos narrativos, dos temas: de un lado, el de la novela fallida, cuyo argumento arrastraba desde veintitantos años atrás y ha intentado en varias ocasiones hasta la escritura de este libro; del otro, el de novelar parte de su vida a partir de un hecho relevante, el de la existencia de un hermano un año mayor que él, muerto recién nacido, y que llevaba su mismo nombre.

La novela fallida, que iba a titularse Borrón, se inspira en una escena leída en las memorias del músico Shostakóvich escritas por Solomon Volkov, la de la supuesta ejecución de más de 300 músicos ciegos ucranianos (conocidos como los lirniki y los banduristi), convocados en la ciudad de Járkov y mandados fusilar por Stalin. A Torres le sorprende que nadie novelara este hecho y comienza a investigarlo y descubre que hay más dudas que certezas sobre el asunto. Unas fuentes hablan de fusilamiento, otras de que los músicos ciegos, especie de juglares medievales, fueron conducidos en un tren y abandonados en mitad de la ancha estepa siberiana, donde murieron desorientados y hambrientos. Nada parece cierto en esta matanza, ni el número de músicos, ni siquiera si en verdad sucedió. Este hecho da pie a la parte menos asumible, más endeble del libro, las páginas en las que Torres, con cierto afán por rebajar el aura demoníaca de Stalin, y tomando los datos históricos menos abultados, lo pone por detrás de Hitler en la lista de malvados de la Historia. Uno se pregunta, primero, que si los datos no son muy fiables para asegurar qué ocurrió en la presunta matanza de músicos ciegos de Járkov, por qué sí son fiables los más beneficiosos, y no los más gravosos, en cuanto al número de víctimas del largo mandato del dictador soviético y, segundo y más importante, qué importa si Stalin mandó matar a 15 millones de personas o a cinco: ¿acaso el número de víctimas lo hace menos criminal? Viene al recuerdo la memorable escena de Vencedores y vencidos en la que un jerarca nazi interpretado magistralmente por Burt Lancaster intenta justificarse ante el juez Spencer Tracy, alegando que no sabía que mataron a tantos, a lo que el gran Tracy contesta que qué importa el número si desde el momento en que se manda matar a un inocente ya se está incurriendo en un crimen de lesa humanidad. ¿Qué importa si Stalin mandó matar más o menos que Hitler, o Mao? Tan criminal fue uno como los demás. ¿Que el comunismo trajo cosas buenas, como afirma Torres? Claro: no hay nada humano absolutamente malo o bueno. Hasta el nazismo benefició a algunos en algún momento. ¿Eso justifica las atrocidades cometidas durante los doce años del nazismo? No. ¿Sus beneficios disculpan los desmanes de setenta y tantos años de régimen soviético? Torres, por defender las pocas cosas salvables del comunismo, parece enfocar con lente de disminución sus nefastas y criminales consecuencias.

El otro hilo argumental es la existencia efímera de un hermano mayor del escritor, llamado como él (se une así a Beethoven, Van Gogh o Dalí, artistas homónimos de hermanos mayores previamente fallecidos). Ocurrió en 1965 en una clínica que participó en la mafia de niños robados que existió en España desde 1937 hasta entrados los años 80, lo que motiva una sobrecogedora y apenas incoada investigación de estos hechos y la duda permanente de (no) saber si ese hermano pudo ser uno de ellos.

David Torres va narrando las dos tramas argumentales desde la conjetura, va dando palos de ciego, de ahí el certero título, en ambas historias, en las que nada se puede asegurar, y lo hace con una prosa solvente, luminosa, tenebrosa, en un crescendo resuelto en unas páginas finales soberbias, y consigue construir un libro magnífico, un éxito literario edificado sobre dos supuestos fracasos humanos. No es exageración: estamos ante uno de los mejores libros del año que se va.

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