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Una fe extraña

No por casualidad, pues de hecho brillaron a gran altura, recordamos entre los autores rusos de los tiempos inmediatamente anteriores a la Revolución a notorios vanguardistas que la apoyarían sin reservas, como el después estigmatizado Maiakovski, o de otro lado a los poetas del acmeísmo en el que militaron, antes de sufrir la represión de los bolcheviques, Gumiliev, Ajmátova o el inmenso Mandelstam, pero la segunda generación de la corriente simbolista contra la que reaccionaron había dado también a escritores importantes como Bely, Ivánov o Blok. Modernamente rescatado como una de las figuras clave de la generación anterior, Vasili Rózanov participó a la vez del simbolismo y de la escuela decadentista, muy en la línea de los autores del fin de siglo que defendían la función mesiánica del artista, considerado como un intérprete del orden sagrado, y una idea religiosa o casi mística del oficio de la literatura.

Escrito al final de su vida en el monasterio adonde se había retirado y dividido en diez 'fascículos' publicados por entregas, El apocalipsis de nuestro tiempo (1919) se suma a otros testimonios de autores rusos contemporáneos, escépticos o abiertamente contrarios a la era revolucionaria, que han sido recientemente traducidos al castellano, como Días malditos de Iván Bunin, el primer Nobel de la lengua rusa, o los Diarios de la Revolución de 1917 de la gran poeta Marina Tsviétaieva. No es fácil descifrar el paradójico y afilado, por momentos brillante y a veces hermético pensamiento de Rózanov, adscrito a una forma de espiritualidad de contornos difusos y expresado en un estilo que combina la contundencia del polemista, la intensidad aforística y una voz arrebatada de filiación visionaria. Una cierta nostalgia de la vieja Rusia, el réquiem por el "difunto cristianismo" -no exento de culpa en el drama que vive la "humanidad europea"- y el 'vacío' dejado por la desaparición de las antiguas instituciones sitúan al autor, cuyo mundo se ha derrumbado estrepitosamente, en una tierra de nadie.

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