El linaje del hombre

Hombre sin descendencia. Braulio Ortiz Poole. Fundación José Manuel Lara. Sevilla, 2010. 124 páginas. 11,90 euros

A nuestro juicio, Hombre sin desdendencia, de Braulio Ortiz Poole, es un viaje por el azar humano y sus vestigios. Un viaje, a modo de retablo, por el amor y la muerte, por la noche del mundo en la que las almas arden. No obstante, y a diferencia de aquellos purgatorios de motivo clásico (El Bosco, Alonso Cano, la humanidad centelleante y pálida de El Greco), el purgatorio de Ortiz Poole es una travesía hacia la vida. Si la profundidad abisal de Lautréamont, si el ancho escalofrío del surrealismo, encuentra un esplendor magmático en Neruda, en Hombre sin descendencia, título de resonancia bíblica, la noche y el amor, graves fuerzas ignotas, hallan su mediodía en la memoria del hombre, en los muertos amados, fantasmas tutelares que aún dicen su misterio.

De este modo, en Hombre sin descendencia parecen convivir, limpiamente enhebrados, ambos aspectos de la tradición moderna: lo dionisíaco y lo apolíneo, la contemplación y el vértigo, como distintos hemisferios de un mismo hecho irresuelto. Lorca, en su Poeta en Nueva York, definía esta perpetua oscilación del alma humana, el vaciarse de la vida para que la vida fluya y resplandezca, como un movimiento pendular en el que el hombre, al cabo, se consume: "Asesinado por el cielo. / Entre las formas que van hacia la sierpe / y las formas que buscan el cristal / dejaré crecer mis cabellos". La originalidad de Ortiz Poole, aparte su indudable valía literaria, ha sido ésta de poner, no como ciclo, como realidad bascular, la biografía del poeta, sino como viaje lineal hacia una luz más clara. Ya hemos señalado que para nombrar al amor, para medir los espacios de la noche, Ortiz Poole recurre al imaginario laberíntico y especular del surrealismo. No obstante, para asomarse al mundo y a la muerte, a la memoria en suma, Hombre sin descendencia acude al verso limpio, parpadeante, luminoso, donde este libro encuentra su mayor altura. Sin duda el amor y la noche, como categorías agónicas, necesitan de un idioma braceante, del verso ambulatorio y la metáfora augural, que diga de algún modo lo que quiere ser dicho. Sin embargo, cuando es el hombre sereno quien recuerda, unas pocas palabras bastarán al poeta para convocar el mundo, cifrado y silencioso, de lo que ya no existe: "En la memoria, la voz de nuestros muertos / afina una canción que nos sosiega".

No se trata, por tanto, de saludar cuanto perdimos. Se trata, expresamente, de dar la bienvenida a cuanto somos. Hombre sin descendencia emparenta así, de modo inadvertido, con Dante. En la terrible orografía de la Divina Comedia, el poeta florentino destinó para los tristes, para aquellos que no supieron celebrar la hosca maravilla de la vida, un círculo de su Infierno. Sea como fuere, el título de este poemario es engañoso; no remite a la extinción, a la esterilidad de quien no vio la flor inesperada del hijo. Remite, tras la travesía del dolor, a un sencillo magisterio: "Un hombre no se acaba en la materia. / Un hombre siempre deja descendencia. /Si ha sido querido, / un hombre nunca muere". ¿Qué filósofo rogaba, a la hora de su muerte, que nada hubiera sido en vano? De la infinita vanidad del Todo que cantó Leopardi, desdichado en el siglo de la desdicha, llegamos a esta limpia ejecutoria de Ortiz Poole, poeta de la claridad, inmergido en lo oscuro.

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