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El mal de Nemo

  • Cátedra recupera 'Mono y esencia', una novela de Aldous Huxley muy poco conocida y que coincide con la misma realidad apocalíptica del '1984' de Orwell.

El escritor y filósofo británico Aldous Huxley (1894-1963), retratado en 1936. El escritor y filósofo británico Aldous Huxley (1894-1963), retratado en 1936.

El escritor y filósofo británico Aldous Huxley (1894-1963), retratado en 1936. / d. s.

En esta distopía de Huxley, publicada en 1949, se cierra de algún modo, no sólo el ciclo abierto por Un mundo feliz (1932), y antes por el Nosotros de Yevgueni Zamiatin (1924), sino aquella idealidad renacentista que principia en la Utopía de Moro, que continúa en La Ciudad del Sol de Campanella y termina en La Nueva Atlántida de Bacon. También cabría añadir, en esta secreta nómina de las utopías distópicas, tanto la Metrópolis de Thea von Harbou como la quimera flotante que ideó Jules Verne y que llevó por nombre Nautilus. De todas ellas, sólo en la ciudad de Moro el hombre será beneficiario de sus actos. Un siglo más tarde, ni la fantasía algorítmica de Campanella, ni la taimada ínsula de Lord Verulam, rigorista y gregaria, tendrían a la humanidad entre sus prioridades. Aun así, pretendían ser un modelo social, entre militar y cortesano. No es este el caso de Mono y esencia. Digamos que en esta obra de Huxley lo que se nos ofrece es el huecograbado, el residuo, la paradójica consecuencia de anteriores modelos. O si se prefiere, el resto calcinado y brutal de una Humanidad que ha sobrevivido a una guerra nuclear, y en suma, al homo tecnologicus que le dio origen.

Señalemos, a este respecto, que el 1984 de Orwell es del mismo año de publicación de Mono y esencia, y que el Farenheit 451 de Bradbury verá la luz cuatro años más tarde. Con lo cual, podemos situar a todas ellas en la reciente conmoción de la Guerra Fría y el sobrecogedor recuerdo del hongo atómico. Decía Hobsbawm, en su Historia del siglo XX, que los historiadores del futuro no alcanzarían a entender el vértigo y la esquizofrenia de este periodo (asunto no del todo inverosímil); y es con esa inminencia del Apocalipsis con la que debemos acercarnos a tales obras, no tanto para excusar la falta de humor de la mayoría de ellas, como para subrayar el formidable humorismo de este Mono y esencia, muy superior a aquella tentativa de Un mundo feliz, donde el terror a lo científico aún prevalece sobre un miedo posterior, acaso más cercano y exacto: el miedo a la desolación, la ruina y la barbarie.

Digamos también que, a la hora de configurar su novela, Huxley acude a dos clásicos que no le son, en absoluto, lejanos: Henry James y E.T.A. Hoffmann. De uno y otro extraerá una forma de acercarse al texto, a través de testimonios interpuestos, que podemos encontrar, por ejemplo, en Otra vuelta de tuerca, y cuya función, en el caso de Mono y esencia, no es la de objetivar o distorsionar su contenido, sino la de burlarse de un mundo muy concreto: el mundo hollywoodiense de la producción y la escritura de guiones. Mono y esencia es, pues, un guión desechado. Un guión desechado, y sin embargo deslumbrante, al que le seguirán la pista dos personajes del Hollywood cinematográfico. Lo que se nos ofrece, pues, es el rescate de un manuscrito: y como tal se presta a esa viejo proceso de mixtificación y extrañamiento que conocemos desde Cervantes. Lo que se incluye, sin embargo, en dicho manuscrito, no cae en la órbita de la mordacidad inane de los guionistas, sino en esa zona mayor y más umbría de lo grotesco. Cuanto se narra en estas páginas tiene la naturaleza de un aguafuerte, cuya brutalidad va pareja de la de Caillot, pero cuya fantasía, cuya trémula y aciaga carnalidad, es hija legítima de Goya (recordemos, a este respecto, el notable interés por el arte de Aldous Huxley, y la referencia expresa a Goya que se hace en esta obra).

Hay, pues, una vocación distorsionante en Mono y esencia que no es casual, sino constitutiva. De dichas visiones terribles, Huxley quiere extraer, no obstante, una imagen nítida. Tal imagen no es otra que la del científico extraviado de su fin. Y en suma, la del sabio que ha pervertido su sabiduría. En una imagen que atraviesa dos siglos, Huxley, hijo y nieto de científicos, quiere volver a recordarnos el arquetipo que inviste al capitán Nemo: estamos ante el científico genial, urgido por la venganza (estamos ante una caricatura de la civilización moderna), que será devorado por las aguas.

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