Cruyff guio a la 'Roja Mecánica'

  • Dos estilos basados en la movilidad, el balón y la ausencia de posiciones fijas con el mítico ex jugador como nexo de unión

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Holanda y España son las dos patrias futbolísticas de un genio llamado Johan Cruyff, el hombre que sin estar presente marcó la final de Mundial de Sudáfrica. Dos selecciones con un estilo que había bebido a lo largo de los años de la enseñanza de ese tulipán elegantísimo sobre el terreno de juego y sesudo genio desde el banquillo.

Los dos equipos que estaban ayer sobre el campo copiaban el mismo patrón que siempre acompañó a Cruyff, el mejor fichaje del fútbol español de todos los tiempos. Creó un estilo en aquel Barcelona que puede considerarse el padre del actual, el de Guardiola, ese equipo que ayer aportaba hasta ocho futbolistas de una selección, la española, que alzaba la Copa del Mundo. El fútbol total partiendo del balón. El movimiento de éste y su posesión en el campo como el centro de todo. No hay posiciones fijas, no hay delanteros... sólo hay futbolistas apareciendo por todos lados.

Es cierto que al centro del campo español le aparecían por todos lados oranjes que impedían a la España de Del Bosque empezar a mover su máquina. Holanda dio con la tecla hasta que las soluciones aparecieron, pero antes bien que logró la selección de Van Marwijk que el balón siempre lo sacara Puyol y, por tanto, llegara con muchas más dificultades hacia Xavi. Además, Holanda creó un cordón para aislar a los dos pequeñitos del Barcelona, Xavi e Iniesta. Una segunda línea de presión que consistía en un cordón de varios futbolistas muy móviles, como el que los almonteños suelen formar unos diez metros alrededor del paso de la Virgen del Rocío para que nadie acceda a los que llevan el paso.

Chocaban, además, dos equipos de un fútbol muy parecido, de mucha más calidad España y algo más directo el holandés, cuyo orden táctico y la idea clara de presionar a Piqué y darle metros a Puyol lograba el objetivo buscado: que el balón no llegara a los jugadores más talentosos de España.

Pero los pupilos de Del Bosque fueron poco a poco encontrando el camino, pasando de esas posesiones largas a llegar en oleadas, igual que hacía Holanda en las contras cuando las tenía e igual que hacía Cruyff en aquella Naranja Mecánica que creó escuela.

Pero este fútbol en el que los satélites abundan y los postes escasean tiene también sus inconvenientes. Un delantero es un delantero y hasta Villa -que lo es de la cabeza a los pies- lo nota cuando lo sacan de la banda izquierda. El fútbol evoluciona, pero nunca desaparecerá el olfato de un goleador. Por mucho que equipos como Holanda y a veces España propugnen el cambio hacia un modelo de más movilidad de piezas que busca la sorpresa constante, no puede consentirse que el cazagoles se convierta en una especie en peligro de extinción. Y así, nos encontramos con la cantidad de goles clarísimos que los futbolistas de uno y otro equipo fallaron en Johannesburgo. En una final de un Mundial es afear el fútbol fallar tantas ocasiones como las que se vieron desperdiciar.

Pero el fútbol es grande. El que se juega entre líneas y el que se ejecuta al pie. España fue buscando los hilos verticales que entre los centrales debían ser los que abrieran la lata. Cesc fue contagiando a Xavi y a Iniesta y los fue animando hasta que el manchego fue poniendo piedra tras piedra para contruir el juego que le sirve a España para arrollar a sus rivales.

La Roja Mecánica, una forma de entender el fútbol en la que han tenido mucho que ver las enseñanzas de Cruyff, se merendaba a su propio origen futbolístico. Sólo faltaba tener paciencia y fe en los de siempre. Los bajitos tarde o temprano iban a dar por teminado el sueño de los Países Bajos, denominación oficial que la FIFA le ha dado en este Mundial a Holanda.

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