Arquitectura de arena y lluvia (I)

  • La Mezquita Catedral de Córdoba, obra sublime de la arquitectura y justamente nombrada patrimonio de la humanidad, integra de forma singular y ejemplar dos mundos distantes y distintos

LA materialización de un edificio nunca es casual sino resultado de un complejo proceso de voluntad, necesidad, funcionalidad, representatividad, oficio y poder. La arquitectura está vinculada a un estilo, a una forma de expresar mensajes, por lo que, al margen de sus valores perceptivos, se convierte con el tiempo en un testimonio vivo del paso del hombre. Sin que sea fácil inclinarse por alguna de sus adscripciones, ya que todas participan en el diseño final de un edificio, nos decantamos en esta líneas por su función representativa, la de símbolo con el que comunicar situaciones, estados sociales e ideas.

El movimiento moderno esbozó en cierto modo una pueril creencia de que la propia función podría generar edificios y fachadas coherentes con un programa sin símbolos de ostentación o lenguajes superpuestos. Nadie parecía detectar la ingenuidad del planteamiento. La imposible asepsia comunicativa de la arquitectura la demostró más tarde el propio movimiento moderno. No hay más que recordar ejemplos como el del sencillo edificio de viviendas de José Ferrandi Caro en Cádiz, iconos admirados hoy no por lo que resuelven sino por lo que proponen y comunican.

Desde este punto de vista, los edificios, hasta la más mísera favela construida con cariño por sus moradores como ha demostrado el brasileño Rochelle Costi en sus espléndidas fotografías de chabolas barrocas, son representación, escenario, imagen especular de la sociedad que los crea. Pasado y presente fundidos en una tumba saqueada y habitada cien veces, en un palacio transformado en casa de vecindad, rehabilitado y vuelto a abandonar, ruinas y figuras prodigiosas como las cabezas de medusas ahogadas en los cimientos de la cisternas de Estambul.

La arquitectura es comunicación y según los expertos ésta se compone de tres elementos básicos; emisor, mensaje y receptor. Nada más importante que esta cadena para aproximarnos a la casi imposible comprensión de los susurros, gritos y silencios que nos transmite. Con el paso del tiempo todo varía, el creador no existe, las claves del mensaje se han perdido y los espectadores tienen otros códigos de interpretación. Apenas sabemos ni entendemos nada del pasado, pero la arquitectura está ahí, sigue siendo real.

La Mezquita Catedral de Córdoba participa intensamente de todos los componentes comunicativos de la arquitectura, convirtiéndose en el más rico complejo arquitectónico del mundo. Ningún edificio transmite un legado tan amplio. Los autores incluyen en sus obras mensajes conscientes e inconscientes. Los autores desaparecen, el tiempo pasa, todo se transforma, los códigos de interpretación cambian, el edificio varía, su entorno se modifica y los nuevos observadores nada saben de aquellas vidas. Las interpretaciones de lo que perciben son conscientes por su cultura e inconscientes por su sensibilidad. Navegamos con el viento del olvido en una mar de olas que van y vienen, como decía Alberti.

¿Qué queda entonces? ¿Qué nos hace exclamar de admiración cuando contemplamos edificios como la Mezquita? En primer lugar, para el viajero que nada sabe de su historia, la belleza; la extraordinaria e inexplicable armonía exterior e interior del que, para el no iniciado, es un edificio único que destila amor en cada rincón. Algunos tendrán bastante y soñarán con mundos imaginados, dibujarán y describirán para otros las maravillas nunca vistas, como el inglés James Cavanah Murphy en 1813, que vino para estar unos días y se quedó dibujando más de una década, o el fotógrafo alemán Kurt Hielscher, quien entre 1913 y 1918 captó España, con especial atención a la Mezquita. Algunos viajeros preguntarán por su historia y aprenderán que se construyó junto a los meandros de un río amplio en un valle de ensueño sobre antiguos edificios demolidos y reconstruidos. Las imágenes de aquellas casas y templos romanos se han perdido, la basílica visigótica llamada de San Vicente fue demolida, tenemos pedazos indescriptibles, aras, cornisas, y restos descompuestos de cuyo uso apenas sabemos nada. Queda la esperanza de que un día aparezcan documentos en ignotas bibliotecas alejadrinas respetadas por el tiempo y los hombres como ha sucedido con un plano completo de la Catedral de Sevilla hallado recientemente en los archivos de la de Vitoria.

Sobre la ciudad romana casi desaparecida se construyó hace 1.700 años un edificio religioso visigótico seguramente de planta basilical que, compartido por tres culturas, se caía de viejo sobre el año 785, por lo que fue demolido. Se edificó entonces en el solar una primera mezquita con múltiples arcos bicolores que fue asombro de todos y modelo en el Oriente lejano. Setenta años después fue ampliada por otro califa que la engrandeció y mejoró para ser de nuevo ampliada por al-Hakam II y vuelta a engrandecer por un mandatario más poderoso aún -Almanzor- que apenas la vio terminada antes de morir en las proximidades del año 1000.

Para construirla hubo que traer columnas y capiteles de aquellos edificios antiguos otrora prestigiados y temidos, que ahora yacían abandonados y olvidados con un hálito de belleza latiendo en sus pulcros despojos. Mil años de cultura quedaron integrados en una luz derivada de religiones de arena.

Pasado el tiempo, el cristianismo desplazó a los que tantos años fueron modelo de convivencia para instalar nuevos santos y costumbres. La belleza de la Mezquita fue superior al orgullo de los conquistadores, que no se atrevieron a derribarla hasta algunas intervenciones en el siglo XIII como la capilla de Villaviciosa. En el siglo XVI comenzaron a construir dentro el nuevo espacio gótico tardío ante el disgusto de Carlos I. Una saga de arquitectos geniales, los Hernán Ruiz, integró dos mundos distantes en uno que no fue la suma de ambos sino la magia de una reconciliación, de una convivencia armónica con todo lo que de renuncia supone. Fundieron nuevos estilos y formas de entender el mundo. Arquitectura heredada de la lluvia, imaginada en los prados verdes de otros ríos fríos muy al norte, en otras tierras y mares, allí donde la gente era del todo blanca. Aquellas arcadas apuntadas, floreadas y enormes, nada tenían que ver con la calidez de las lámparas y las alfombras que siempre habían tapizado los suelos, estaban muy lejos de los dobles triples arcos bicolores, abigarrados y alegres con los que habrían de convivir. El resultado: la armonía, el milagro de una orilla -arquitectura de arena y lluvia para siempre unidas- batida suavemente por las olas del tiempo.

Comentar

0 Comentarios

    Más comentarios