Esteban Veláquez. Jesuita expulsado de Marruecos

"África no necesita limosna, sino justicia"

Esteban Velázquez. Esteban Velázquez.

Esteban Velázquez. / M.A. González

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-Comenzó usted como cura obrero en los años de la Transición en Las Palmas.

-Viví esta época con la fuerza de la juventud, con mucha ilusión y con el convencimiento de que cumplía un papel muy necesario. Creo que ha sido un paso atrás que se haya perdido el cura obrero y que a día de hoy tendría mucho sentido, porque cambia la imagen de la Iglesia ante la gente, la de una Iglesia que enseña desde un cierto estatus de poder, aunque no lo utilice mal necesariamente.

-¿Quiere decir que la Iglesia está demasiado institucionalizada?

-No, y creo que no se deben hacer descalificaciones globales. Yo lo que digo es que hay que recuperar una Iglesia que esté codo con codo como compañeros en la fuente de vida de la gente, en su trabajo. Creo que la tarea como cura no es sólo la de dar los sacramentos y predicar, sino que hay formas explícitas de transmitir tu mensaje. El trabajo iguala, y así puedes dialogar sobre lo que piensas de la vida de una forma más abierta y franca que como párroco.

-Hace un año que se hizo pública su expulsión de Marruecos, pero ya en los 80, en El Salvador de las guerrillas, sufrió una situación similar.

-Doy gracias a Dios del tiempo que viví allí, fue muy satisfactorio. En una primera etapa atendí a los refugiados que huían del conflicto y que podían ser considerados por el Gobierno como cercanos a la guerrilla. Vivían hacinados, pero al menos se sentían más protegidos. Entonces gobernaba Duarte, me marché del país tras tres años ante el riesgo que corría, porque había sido a menudo portavoz de un comité por la solución dialogada de la guerra. Era de los más conocidos públicamente. La Compañía de Jesús optó por que saliera un tiempo, aunque luego supe que el obispo había presionado a la Compañía y al obispo le había presionado el Gobierno. Hablar entonces de diálogo era pecaminoso, porque Duarte y EEUU promovían una solución militar, aunque al final se impuso el diálogo.

-En su segunda etapa, se la jugó.

-Tras un par de años en Almería, volví a El Salvador a una zona controlada por la guerrilla. Pero ninguno de los que murieron -como Ignacio Ellacuría- fueron asesinados en la zona de la guerrilla, sino en la gubernamental. Yo me dediqué cuatro años a atender a los 25.000 pobladores de la zona, que no recibían atención de la Iglesia ni de organismos humanitarios.

-¿Les acusaban de colaboradores con la guerrilla?

-Nunca lo fuimos, ni yo ni los compañeros asesinados. Una cosa es que estuviéramos de acuerdo con la necesidad de un cambio, pero nunca fuimos correa de transmisión de la guerrilla, teníamos muchas diferencias. Por todo eso al final hubo una orden oficial de expulsión que se revocó a las 72 horas, pero la Compañía entendió que había finalizado allí mi etapa de forma definitiva.

-¿Cómo ocurrió su expulsión de Marruecos?

-Los habitantes de Nador tienen derecho a cruzar a Melilla, por lo que en esa frontera hay mucho trasvase. Yo, que trabajaba también en Nador, la cruzaba para llevar a cabo tareas relacionadas con mi labor asistencial. Una de esas veces, me retiraron el permiso de residencia sin darme explicaciones. Se publicaron cosas que venían de círculos del Gobierno, como que atentaba contra la unidad de Marruecos, que hacía proselitismo religioso o que espiaba para el Gobierno español, cosas que no son ciertas. Nunca se dio una respuesta oficial. Mi opinión sobre las razones me la reservo para darla más adelante, aún no es el momento por diversos motivos.

-¿Cuál era su trabajo allí?

-Yo dependía de la Diócesis de Tánger, que se corresponde con el antiguo Protectorado Español. Mi primera labor fue crear un equipo para llevar a cabo una labor humanitaria en favor de los inmigrantes que se encontraban en los montes para cruzar la frontera de Melilla o el Estrecho. La financiación la encontramos en la cooperación suiza. Llegamos a ser nueve en este equipo, que era multicultural porque había españoles, subsaharianos y marroquíes, católicos e islámicos. Trasladábamos a los enfermos a hospitales marroquíes, que les atendían en la medida de sus posibilidades, comprábamos medicamentos y distribuíamos mantas y plásticos. Viven en situaciones infrahumanas. Es un trabajo muy duro y necesario pero a la vez gratificante.

-¿Qué dijo España?

-García-Margallo dijo que era un asunto interno de Marruecos y el Vaticano, pero yo soy español.

-¿Qué se puede hacer en favor de estas personas?

-Pedimos que se cumpla la ley. España no la está cumpliendo en cuestiones como las devoluciones en caliente. Y pedimos que los países que recibimos inmigrantes cumplamos con una responsabilidad sana. Estas situaciones surgen en el contexto de unas relaciones internacionales desiguales. África no necesita limosna, sino justicia. Necesitan tener los mismos derechos comerciales y económicos. En este mundo hay para todos. La solución está en un cambio radical de las relaciones políticas y económicas mundiales.

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