Maxim Huerta, periodista y escritor

"La infancia está sobrevalorada"

Maxim Huerta. Maxim Huerta.

Maxim Huerta. / Belén Vargas

-Califica su novela La parte escondida del iceberg de autoficción. ¿Eso qué es?

-Que he buscado la ficción en la vida, en lo más cercano. No he tenido que recurrir a ficciones lejanas.

-Confiesa que hay dolores que nunca acaban. ¿Cuánto le dura un luto de amor?

-Depende de lo que idealices una relación. Hay relaciones que tienen muy poco luto y otras que se idealizan demasiado.

-¿Y ha superado la que nos cuenta en su libro?

-Sí, pero es bueno recurrir a historias personales para construir una novela. Lo digo de otra manera. El escritor está obligado a exagerar, y es bueno. Exageramos las anécdotas, las fiestas y los lutos. Para hacerlo más literario, era necesario y saludable exagerar el desamor.

-Es curioso que no haya puesto nombre a ese amor.

-No era necesario porque hablo del amor en general, de todas esas veces que te has quedado sin amor. Hablo de la ausencia, que ocupa muchas veces más que la presencia. Hay personas que, cuando no están, se hacen más presentes. Por eso no tiene ni cuerpo ni nombre ni edad. La ausencia del amor me parece un lugar literario muy agradable de visitar.

-Comienza la obra con el ejemplo de una mujer que no puede olvidar, Jill Price. ¡Vaya tragedia!

-El olvido es necesario para avanzar. Hay que airear las casas, tirar periódicos viejos y hacer limpieza del pasado para seguir viviendo y teniendo noticias nuevas.

-¿Y qué borraría de su pasado?

-Pues un montón de capítulos de la infancia.

-¿Tan terrible fue?

-No, poco agradable. Se sobrevalora. La infancia está sobrevalorada. Ojo, benditos los niños felices. Bienaventurados los que han tenido infancias maravillosas. Pero tendemos a mentir y a decir que ha sido todo mucho más feliz de lo que ha sido. La mentira siempre es mucho más golosa. La infancia es muy larga.

-¿Tuvo algo que ver su físico en esto?

-No, mi padre.

-¿Un padre duro?

-Sí, muy duro.

-¿Conoce la felicidad?

-Sí, la felicidad son ratitos que dan subidón. Son momentos necesarios. Son días de feria emocional. Y a veces duran más y otras veces menos. Pero creo más en el bienestar que en la felicidad.

-Un paseo por París, el marco de su relato. ¿Es su ciudad perfecta?

-París no es una ciudad perfecta, es una ficción. Es lo que imaginas de ella. Hay ciudades que te cambian el carácter. Y París lo hace.

-La novela también es una guía de viajes.

-Es un homenaje al París era una fiesta de Hemingway y luego Vila-Matas hizo París no se acaba nunca. Y yo quería hacer una especie de tirabuzón y homenajear a los dos. Ambos hicieron ese ejercicio de un escritor que pasea por París y recuerda los días felices e infelices. Y sí, puede ser una guía.

-Pero los franceses no salen muy bien parados.

-Los franceses, no, los parisinos. Los parisinos son de trato difícil . Lo saben y están orgullosos de ello. El orgullo parisino es mucho mayor que el orgullo francés. Les gusta ser un poco distantes. A veces eso te soluciona muchos problemas.

-Vive en París. ¿Han hecho mella los atentados ?

-Mucho. París es una ciudad vigilada. Pero el francés tiene un carácter muy de sobreponerse y reivindicar la libertad. El día después de un atentado vuelve a sentarse en una terraza como ejercicio de libertad, aunque ahora París es una ciudad vigilada por el Ejército. Ya no se puede pasear por la Torre Eiffel, porque hay arcos metálicos como en los aeropuertos. El terrorismo ha cambiado el mundo.

-Si no gana Macron...

-Tenemos un marrón. Hay que elegir entre una fascista y un demócrata...

-Le Pen, de momento, está en la segunda vuelta.

-Habla mucho de cómo está el mundo y de cómo estamos eligiendo a nuestros líderes; no sólo en Francia, sino en el resto del mundo. Hacemos un repaso y se nos cae la cara.

-Una oferta: jefe de Informativos de TVE o cualquier otra cadena. ¿La acepta?

-Pues sí.

-¿Por qué?

-Informativos es el pulso de la actualidad y decir que no al corazón de la actualidad, de una televisión y de Informativos es muy difícil. Uno no deja nunca de ser periodista. No quiere decir que esté pidiendo ningún trabajo [risas], pero testar el pulso de la actualidad es una función maravillosa.

-¿Qué recuerda del día de la Torres Gemelas?

-No me levanté al baño de la tensión, no como profesional, sino personal que viví. Recuerdo un montón de teletipos y parecía que el mundo iba a estallar. Luego lo hemos frivolizado mucho, porque la memoria es muy débil. Pero aquel día pensábamos que empezaba una guerra mundial. Trabajar en Informativos aquel día supuso soltar más adrenalina que nunca. Nunca estuve tan nervioso y tan inquieto ante la actualidad.

-"La política española está entre el patio del colegio y el patio de la cárcel", reza uno de sus últimos tuits.

-Está todo el país desgraciadamente lleno de casos de corrupción. Y lo peor es que no deberíamos acostumbrarnos. Estamos ante un momento que parece un sorteo de la Lotería, ante una pedrea eterna de imputados. Te levantas sin saber qué registro, que grabación, qué imputado o qué detenido te vas a encontrar. Si fuésemos conscientes de la cantidad de imputados, detenidos y marrones que hay... Nos rebelamos poco.

-Su último programa, Destinos de película, es la envidia de cualquier periodista.

-Es una envidia hasta para mí. De lo mejor que he hecho. Era agotador pero muy satisfactorio, porque aunque te cansabas, lo hacías sentado en la Fontana de Trevi. Aprendí mucho, me cansé pero me acostaba feliz.

-¿Ve la televisión por la mañana?

-No, estoy trabajando.

Comentar

0 Comentarios

    Más comentarios