Crónica política · Campo Vidal.

Manuel Campo Vidal

España no tiene derecho a estar mal

La continuidad de Rajoy y la de Pedro Sánchez, entre otros, está íntimamente ligada no sólo al éxito o el fracaso en la formación de Gobierno, sino incluso al proceso de negociación.

No hay en estas semanas reunión empresarial, académica o periodística en América en la que participe un español que no empiece con la misma pregunta: "¿Y cómo va a terminar lo del Gobierno en su país?". La respuesta es remitir al Gordo de la Lotería. Y en los siguientes minutos, llegan bromas o lamentos. Narra un alto cargo del Banco de Reservas dominicano que un responsable del Banco de Santander le propuso: "Ya que ustedes tienen un presidente estable, nos lo deberían prestar con un buen acuerdo". Eduardo Pazmiño, decano de Negocios en la USMA de Panamá, considera que "España, con lo que es y puede ser, no tiene derecho alguno a estar mal". No le falta razón. Si echamos a perder lo conseguido, resultará incomprensible.

Si Hemingway volviera por aquí, igual actualizaba un titulo y escribía ¿Por quién (léase político español) doblan las campanas?. De una tensión así, de una apuesta tan fuerte no se sale sin víctimas. La continuidad de Rajoy y la de Pedro Sánchez, entre otros, está íntimamente ligada no sólo al éxito o el fracaso en la formación de Gobierno, sino incluso al proceso de negociación. Porque Albert Rivera, experto negociador a derecha e izquierda, que al final es el que permite el Gobierno de Susana Díaz y el de Cristina Cifuentes, aceptó que el PP siguiera ostentando el poder en La Rioja pero con la condición de que su inamovible líder, Pedro Sanz, se marchara a casa. Ese antecedente planea sobre Mariano Rajoy, como cuentan en voz baja dirigentes de su partido que callan en público a la espera de acontecimientos que no controlan porque la partida se juega ahora en el PSOE. Y en La Zarzuela.

Pedro Sánchez logró salir con vida de su Comité Federal el sábado después de haber tenido incluso la indicación pública de Felipe González de que debía dejar paso a un Gobierno de continuidad económica presidido por el PP y auxiliado por Ciudadanos. Superó el reto a base de desconcertar a los barones socialistas que llegaron a la reunión, como casi siempre, con una piedra en la mano, anunciando que las bases deberán pronunciarse ante cualquier la propuesta de pacto a la izquierda, si la hay. Todo pasa ahora por el PSOE, que sin duda está en riesgo de implosión, pero hacia ahí giran todas las miradas, solo distraídas cuando Pablo Iglesias, para ser protagonista, sobreactúa.

Preparémonos en las próximas semanas para contemplar el espectáculo de ver rebobinar declaraciones grandilocuentes sobre pactos imposibles de tanto político incontinente. Como cuando Cameron en su primera legislatura tuvo que anunciar su alianza con los liberares de Nick Clegg, sobre el que días antes había dicho barbaridades en campaña. "Sí, señores -dijo a los periodistas-, está claro que tengo que comerme mis propias palabras, pero, ¿saben?, hasta pueden ser digestivas". La ventaja de los británicos es que lo dicen sin sonrojarse, se quedan tan tranquilos y resuelven todo en una semana en vez de un calvario como el que nos hacen pasar aquí últimamente. Tres meses y medio en Cataluña y vamos a por el segundo en Madrid.

Algo, no obstante, avanzamos porque se está acabando la fase teatral, Ya hablaron los que tenían que hablar. Susana Díaz pedía que de una vez se pronunciaran los referentes del partido, o sea Felipe y en menor medida Guerra, para intentar parar a Pedro. Pues eso ya sucedió. Ya terminó la primera ronda de conversaciones del Rey sin solución. Se va acercando la hora de tomar decisiones aunque la salida no sea inminente y el final siga en el aire. Vuelta a La Zarzuela de Rivera e Iglesias hoy y a continuación de Sánchez y Rajoy. Si el PP no se decide a ir a la investidura, y es lógico, porque teme ir sólo para ser vapuleado, el Rey podría encargar la tarea a Sánchez. Sabe el socialista que Pablo Iglesias hará lo posible para que eso no salga bien porque su objetivo es liderar la izquierda y forzar para ello la desintegración del PSOE. Pero Sánchez, en el Comité Federal, ha salvado el primer obstáculo serio, el primer intento de cerrarle el camino. Después vendrán curvas, baches, negociaciones duras, una consulta interna apasionada y quien sabe si la meta. Cualquier final es incierto y cualquier incidencia es previsible menos la avería del motor de impulso. Sánchez quiere llegar a gobernar por más que algunos en su entorno se desgañiten. Sin esa fe, imposible. Aun con esa ambición, dificilísimo.

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