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Libia sí, Cuba no

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Ese "perro rabioso de Oriente Medio", como le llamaba a principios de los 80 el expresidente estadounidense Ronald Reagan, mutó en gatito ronroneador y "aliado estratégico" de occidente para bochorno de los gobernados por los que se preguntan cómo era posible un gramo de anuencia con ese dictador colosal que bombardea a sus propios súbditos.

¿Quién dijo miedo en Europa, Estados Unidos y demás miembros de la clase acomodada en el cuarto de estar de la democracia ante las consecuencias que pueda tener esta rebelión en el sótano de los oprimidos en África y Asia en busca de algo de luz? Pues va a ser algo más que eso, que una especie de escalofrío ya se está instalando en las moquetas ante las imprevisibles consecuencias de una revuelta que se está dejando notar hasta en China y ya se sabe que el mundo temblaría de verdad si a los 1.300 millones de habitantes de la nueva superpotencia les diera por saltar a la vez.

El temor a la consolidación de movimientos islamistas en los países musulmanes, los faraónicos intereses económicos en danza y el pavor a los flujos migratorios descontrolados mar Mediterráneo mediante desde las costas de Libia, Túnez, Argelia, Egipto o Marruecos sellaron lazos de sorda concordia con algunos dictadorzuelos con mando en plaza a los que se saludaba con la derecha mientras te tapabas la nariz con la izquierda, dicho sea en pasado por los sátrapas a la fuga, como Mubarak o Ben Ali; en la casilla de salida, como el presidente argelino Buteflika, el rey bahreiní Hamad ben Issa Al-Khalifa, o el presidente yemení Ali Abdallah Saleh; con la mosca en la oreja, aquí abajo, como Mohamed VI, y con las maletas listas como Muammar el Gadafi, cuya caída traería "mayores catástrofes en el mundo", según declaró ayer apocalíptico el ministro de Exteriores checo, Karel Schwarzenberg.

Gadafi celebró en 2009 el 40 aniversario de su llegada al poder con el apoyo expreso de muchos de los líderes europeos que ahora le denigran. La relación más cálida se la ha venido dispensando Italia, antigua metrópoli (1911-43) del Estado nortefricano, al que compensa a golpe de talonario -Berlusconi se comprometió en 2008 a entregar 4.000 millones en 25 años- a cambio de tratar bien a las empresas energéticas italianas y contener las avalanchas a la isla de Lampedusa.

Estos sapos, los tratos con dirigentes de dudosa catadura democrática, son consustanciales a la alta política, qué le vamos a hacer. El nuestro se lo tragaron desde el presidente Zapatero, que recibió a Gadafi en su primera visita, en 2007, hasta el Rey, que se la devolvió, en 2009. Pero para profesionalidad, la del anterior jefe del Ejecutivo, Aznar, que, ya jubilado, se fue con su esposa a a cenar con Gadafi a la jaima que instaló en Alcalá de Guadaíra antes de iniciar esa primera visita de Estado. Es que el ex presidente estaba convencido de que el amigo estaba haciendo "el camino contrario" que Fidel Castro. "Libia sí, Cuba no", proclamaba.

Ya.

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