Rectificar es un deporte de espabilados

HABLAR con el enemigo no es malo, afirma ahora Rajoy. Quién lo diría tras cuatro años transmitiendo lo contrario. Quedar aislado sí que es malo, incluso malísimo, añade. Definitivamente, la derrota posee siempre un puntito catártico que coloca digos en los diegos y viceversa. Lo que plantea este nuevo PP abanderado entre otros por Fraga es un regreso al pasado. El Aznar de 1996 decía estas mismas cosas. Chapurreaba catalán en la intimidad y entendía las románticas quejas del PNV.

Con lo que Rajoy no contaba es con la perpetuación del mensaje actualmente repudiado en algunas de las mentes más poderosas del PP -poder no equivale en este caso necesariamente a inteligencia-. Aguirre, San Gil, Mayor Oreja, Arístegui o Elorriaga se sienten cómodos con el discurso áspero. Porque se supone que éste es un problema de discursos y no de valores. Lo que los críticos prefieren es que el partido desdoble su personalidad y venda toneladas de pesimismo hacia el exterior aunque entre bambalinas atempere el mensaje. Es la táctica que les ha permitido perder dos elecciones consecutivas. ¿Por qué cambiar?

El terco Rajoy lo ve distinto. Desafía la lógica de sus espectaculares resultados e intenta cambiar de tren sobre la marcha. En el fondo vende el mismo talante que aupó a Zapatero al estrellato, vaya a ser que algún día gane algo y pruebe en carne propia las calamidades del sistema político español, basado en la dependencia permanente de la periferia y, por lo tanto, en la necesidad de capitular en todo o en parte.

Él tiene claro que resistirá. Es la mejor prueba de que se cree el cambio que predica. Se lo cree porque con él puede desbancar al PSOE, y ésta es la conclusión más triste: no es que el chillido o la exageración le molesten. A fin de cuentas, ha actuado así durante dos legislaturas de la mano de Acebes y Zaplana, el tándem apestado. Rectificar, más que de sabios, parece un deporte de espabilados.

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