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Radiografía de la VIII legislatura El primer Gobierno de Zapatero y la primera decepción de Rajoy

Cuatro años de ruido y furia

  • La sorprendente victoria del PSOE ha marcado el ritmo de un mandato convulso con apuestas arriesgadas del Gobierno, una durísima oposición del PP y el tradicional juego nacionalista de guiños y reproches

Cualquier coincidencia entre enemigos es una rareza, pero Zapatero y Rajoy emiten el mismo veredicto al referirse a la legislatura a punto de concluir. Han sido cuatro años ásperos, con debates a cara de perro y una inversión de las tendencias tradicionales: esta vez, la calle la ha tomado la derecha, a veces de la mano de la Iglesia; otras junto a la AVT; siempre, en cualquier caso, para contestar al Gobierno en sus dos apuestas más ambiciosas y arriesgadas, ETA y las políticas sociales.

España no tiene memoria. Zapatero se la jugó con la banda terrorista y su entorno, ofreció comprensión y sonrisas, ilusionó a una franja amplia de la población e incluso permitió que Batasuna contase con una franquicia electoral para regresar al sistema (y al dinero público). Tras el fiasco, no ha pasado nada. El PSOE, aunque por estrecho margen, mantiene su condición de favorito. ¿Pecó Moncloa por intentarlo? ¿Traicionó a las víctimas? Probablemente no, pero faltó perspectiva. Cuando muchos observadores -que no es sinónimo de dirigentes del PP, sino de ciudadanos más o menos neutrales- veían venir el batacazo, Zapatero seguía sonriendo. Eso sí es un pecado. O una candidez. O ambas cosas.

El programa social ha sido terreno menos sinuoso. Hubo reacciones furibundas, pero eran las esperadas. Igualdad, Dependencia, cheques-bebé y matrimonios homosexuales son estribillos bien conocidos ya. El defecto aquí ha sido básicamente la ausencia de criterios realistas desde el ángulo presupuestario, con la consiguiente consagración de Solbes como primer funambulista del Reino. Aún hay quien parpadea extrañado ante la contundencia del arte matemático: convertir cada promesa en realidad implica una montonera de millones.

Con su mayoría precaria, Zapatero ha recurrido al universal juego de la seducción parlamentaria. Con altibajos, IU, CiU, ERC, PNV y BNG han dado oxígeno al Ejecutivo y han exigido contrapartidas a cambio. El Estatut era la garantía de una legislatura mansa para el PSOE, que sin embargo erró de nuevo sus cálculos. Maragall infló el texto espoleado por la fiebre nacionalista y Mas se encargó de recortarlo y hacerse la foto con el presidente. Luego irrumpió la crisis de Cercanías y la amenaza del desapego, explotada desde distintas vertientes por CiU, ERC y el PP. Por cierto, nadie tiene noticias de cuál es exactamente el modelo territorial que el presidente tiene en la cabeza.

El papel de los actores de reparto ha sido dispar. Si el PP ha sido un volcán, a IU apenas le ha alcanzado para tímida ama de llaves. Rajoy confesaba días atrás sus ganas de pasar página ante tanto capón y grito. Sufre la misma amnesia que el resto de compatriotas, porque ha sido en sus filas donde se encontraba el material más vitriólico, llamémosle Zaplana y Acebes. No ha habido pactos de Estado, ni manos en el hombro cuando las cosas se torcieron para el país, ni complicidad con quienes tal vez en unos meses se conviertan en potenciales socios para formar Gobierno. Llamazares, más secundario que nunca, dice que ha combinado críticas con fundamento y alianzas ad hoc en los asuntos más progresistas. Queda más la sensación de que Zapatero ha contado con un socio facilón ansioso de recibir algunas migajas mediáticas.

El nacionalismo ha ido a lo suyo, como siempre. La filosofía es sacar tajada de la debilidad aritmética. Pese al empeño de Duran i Lleida, CiU despide estos cuatro años en terreno de nadie, ni cerca ni lejos del Ejecutivo, convertida repentinamente en émulo del PNV. ERC sí puede hablar de desengaño. Su problema es esencialista: la independencia y el Congreso son incompatibles. Sólo los hombres de Urkullu e Ibarretxe (sí, son del mismo partido y reivindican exactamente las mismas metas) cierran el curso con cierta sintonía gubernamental que nada tiene que ver con la coherencia ideológica sino con el mando y los euros.

El Poder Judicial es otro colosal embrollo con culpabilidades políticas compartidas y la triste evidencia de la sumisión de los jueces a la presión del escalafón y los nombramientos. Como consuelo, un resto de respeto a la defenestrada independencia de los tribunales: el PP ocultó bajo la alfombra su teoría de la conspiración y acató la sentencia del 11-M. En el limbo, y sin visos de arreglo, continúan el CGPJ y el Tribunal Constitucional.

Han sido meses interesantes, pero la palma se la lleva el capítulo diplomático. La prometida retirada de Iraq supuso la congelación de las relaciones con EEUU. Marruecos ha respetado su papel de vecino ora amable ora quisquilloso. Parece que las cosas irán bien con Francia. Italia es fiel amiga. Y Venezuela ha animado la fiesta con una hostilidad poscolonial a la que se sumaron Bolivia y Nicaragua ante la languidez de Moratinos, tan irritante en su docilidad como Zapatero cuando sonríe sin causa.

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