La flor de Zapatero

  • La vida política del presidente está jalonada de golpes de suerte en los momentos clave: desde su liderazgo en Nueva Vía hasta la victoria electoral en 2004

A la espera de que se cumplan los 100 días reglamentarios de confianza, el nuevo Gobierno transmite la misma falta de acción política que la pasada legislatura, fruto de un Ejecutivo construido, salvo excepciones -Solbes y Rubalcaba-, sin contar con lo mejor del socialismo, a imagen y semejanza de su presidente. Los arquitectos de la España soñada por Zapatero, "un país próspero y a la vez decente; unido y diverso; comprometido con la paz y en la lucha contra el cambio climático y la pobreza", no satisfacen a gran parte de la vieja guardia socialista ni a muchos de los que en su día facilitaron su despegue político.

Las dos primeras sesiones de control al Gobierno han puesto de manifiesto cierta indolencia. Se ha visto a un Zapatero incapaz de articular un discurso propio y superado por las agujas del reloj parlamentario; a una vicepresidente primera batida claramente por la frescura de la nueva portavoz del Grupo Popular, Soraya Sáenz, leyendo respuestas destinadas a Acebes y Zaplana; a algunos ministros con una agenda política en blanco, contestando a preguntas amigas de su propio grupo para cubrir el expediente, y a un portavoz parlamentario inodoro, insípido e incoloro dando lecciones del buen socialista a diputados que, en algunos casos, militan casi desde los tiempos de Suresnnes y confirmando el principio de Peter en cada una de sus comparecencias públicas. ¡Y mira que fue buen ministro de Defensa! Y, además, está el trabajito de fontanería en el caso Taguas. Como el próximo congreso del PSOE tenga la misma carga ética, Miguel Sebastián tiene muchas posibilidades de desbancar a Torres Mora como ideólogo de cabecera de ZP.

Sólo Solbes, gracias a que mantiene la competencia porque le quedan restos de paciencia ante las ocurrencias presidenciales, y el ministro-bombero Pérez Rubalcaba están a la altura de lo que se espera de un Gobierno en tiempos de crisis económica y con ETA y el PNV emprendiendo otro viaje en paralelo hacia la autodeterminación, que, más que preocupación política, produce hartazgo por una nueva ración de deriva secesionista con la siniestra banda sonora de los tiros en la nuca.

Pero esta visión crítica se hace invisible por la nube tóxica que levanta el PP, cuya bancada sólo vale para hacer ruido interno y se muestra indiferente ante las simbólicas victorias parlamentarias de Sáenz de Santamaría sobre De la Vega, pero también sobre Zaplana y Acebes. Los perros de la guerra que soltó Rajoy en la pasada legislatura se han vuelto contra él, y sus ladridos hacen inaudible ese lenguaje cuidado que el presidente del PP quiere introducir en su nuevo discurso político para intentar entenderse con los nacionalistas moderados.

A la crisis del PP hay que unir la flor de ZP, cultivada desde su más tierna juventud, que florece sobre el estiércol que producen los problemas cuando empiezan a pudrirse. En lo que va de legislatura, ha brotado en dos ocasiones y está prevista una tercera. En la primera, alimentada por las aguas de mayo, ha dejado la gran contradicción que suponía la aprobación del minitrasvase del Ebro para abastecer el área metropolitana de Barcelona en un decreto de derogación que firmará el Consejo de Ministros el viernes. Y en la segunda ha sido sobre un trágico suceso: la muerte del magistrado García-Calvo, destacado miembro de la mayoría conservadora del Tribunal Constitucional, que ha provocado que se aleje la posibilidad de una resolución de nulidad sobre el Estatut. El cambio de la correlación de fuerzas en el TC a favor de los progresistas hace que lo que tenía pinta de un gravísimo problema quede reducido a un tirón de orejas a los legisladores por medio de una sentencia interpretativa. Y la tercera será sobre el acuerdo de financiación autonómica, que necesitará tiempo y la mano de jardineros de Estado como Solbes y Griñán para cuadrar el círculo.

En el pasado, esta flor brotó en momentos clave. Su ascensión hasta la secretaría general del PSOE leonés en 1988, merced al pacto de la mantecada que firmó contra quienes, como Maximino Barthe, le situaron como número dos en la candidatura socialista en las elecciones de 1986, se produjo aprovechando el importante vacío que dejó el líder indiscutible del PSOE leonés durante la Transición, el albaceteño Baldomero Lozano, que murió en 1979.

Doctorado cum laude en el tablero de intrigas del PSOE, Zapatero recibió otro golpe de suerte cuando se convirtió en el líder de Nueva Vía, corriente creada por un grupo de jóvenes diputados tras el batacazo electoral de Joaquín Almunia en 2000. Su candidatura a la Secretaría General en el XXXV Congreso del PSOE se concretó tras el descarte de Jesús Caldera. Los grandes handicaps del salmantino fueron su vinculación a Almunia y sus dificultades para salir elegido como delegado al Congreso por su provincia.

En el congreso socialista, Zapatero se benefició de la estrategia de Felipe González para que José Bono, su candidato, no recibiera un respaldo aplastante que se tradujera en una Ejecutiva Federal monolítica. El mismísimo Manuel Chaves, presidente de la gestora que dirigió al partido tras la dimisión de Almunia, transmitió a los delegados andaluces un mensaje claro los días previos al congreso: "Hay que votar a Bono, y como margen de discrepancia sólo está Zapatero". Un buen número de ellos votó a Zapatero. A esto hay que unir el exceso de confianza con que afrontó Bono una cita en la que creía que "estaba todo atado y bien atado". El actual presidente del Congreso siempre ha lamentado ese descuido.

Con ese caldo de cultivo, el discurso fresco de Zapatero caló entre unos delegados que querían un cambio tras el fiasco de la etapa de tutelaje de González. La intervención del leonés provocó un corrimiento de votos de una parte de la mayoría felipista y de otros sectores, y acabó ganando por nueve sufragios de diferencia.

La flor volvió a brotar en las elecciones de 2004. Cuando las encuestas daban la victoria a Mariano Rajoy, Zapatero se benefició de la pésima gestión que hizo el Gobierno de José María Aznar tras el 11-M en Madrid, que movilizó a una parte del centro-izquierda que estaba más cerca de la abstención.

Durante la pasada legislatura, la flor de ZP irrumpió por la desmesura del PP, incapaz de modular su crítica en los momentos más delicados de un Gobierno enredado en las reformas estatutarias y el proceso de paz. Esos excesos y el terco mantenimiento de la teoría de la conspiración fueron suficientes para que Zapatero ganara el 9-M. Y las políticas sociales de Caldera, que, por los servicios prestados recibió una patada en el trasero, como López Aguilar o Jordi Sevilla, otros dos ilustres del círculo de Nueva Vía que cayeron en desgracia y esperan la llamada del líder cobijados bajo la regalía de una presidencia de comisión parlamentaria o pasando a limpio las obras completas de Pettit. Si como decía Churchill "la suerte no es otra cosa que el cuidado de los pequeños detalles", habrá que reconocerle a Zapatero el manejo de un arte minimalista similar al cultivo de los bonsáis al que se entregó Felipe González.

100 días

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