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Grecia

El campeón mutante

  • El defensor del título vuelve con el mismo bloque, pero con una mentalidad renovada en la que destierra los preceptos ultradefensivos en favor del gusto por el fútbol de ataque.

En 2004 el mundo del fútbol se estremeció ante el triunfo de Grecia en la Eurocopa de Portugal. Puede que su juego fuera rácano y sus planteamientos extremadamente defensivos, pero la selección helena demostró al mundo cómo se debe competir en una gran cita. Su concepto del rigor táctico, la concentración y el sentido para aprovechar la más mínima oportunidad fraguaron la que posiblemente es la mayor sorpresa reciente del fútbol internacional. Con esos argumentos, Grecia se proclamó campeona, un título que ahora tendrá que defender en Austria y Suiza.

Mucho ha cambiado desde aquella tarde de Lisboa, y como diría el poeta, cualquier tiempo pasado fue mejor. De hecho, todo indica que esta Grecia es mejor que la de 2004, que su bloque es más compacto y que sus referencias tienen un mayor peso internacional, pero parece poco probable que los astros vuelvan a alinearse y que todos los dioses del Olimpo se confabulen para escribir una nueva historia de tintes épicos.

Y eso que, objetivamente, esta Grecia es mejor que la de entonces, muy distinta a la que alzó el título. El lunar de 2006, cuando el campeón de Europa no logró el billete para el Mundial, dio paso a una sólida fase de clasificación que ofreció una nueva imagen de Grecia. Los helenos fueron los primeros en sacar el pasaporte con 31 puntos, más que nadie en la calificación.

Porque aunque muchos de los héroes de Lisboa siguen en el equipo –el capitán Zagorakis será la gran ausencia en esta cita–, esta Grecia es distinta, con la misma presión defensiva de entonces, pero con una mentalidad mucho más ofensiva. Puede que el título continental le quitara los complejos a una selección que ha descubierto definitivamente el talento, aunque sin olvidar sus clásicas armas de garra y pelea.

Sólo basta echarle un vistazo a su plantilla para darse cuenta de los argumentos que esgrime Rehhagel en esa transformación hacia el fútbol de toque. A clásicos como Nikopolidis, Basinas, Karagounis o Charisteas se han unido nuevas piezas como Gekas o Amanatidis hasta completar un cóctel con buenos ingredientes, aunque de resultados impredecibles.

El propio Gekas puede representar el espíritu de la nueva Grecia. Máximo goleador de la liga helena con el Panathinaikos, el delantero de Larisa dio el salto a la Bundesliga, labrándose una sólida fama de goleador primero en el Bochum y luego en el Bayer Leverkusen, con el que este curso hizo 13 dianas.

Es uno de los pocos destellos individuales en una selección que sigue apostando por el bloque como seña de identidad.

El eterno Nikopolidis seguirá siendo titular en la portería, escoltado por la pareja de centrales Dellas y Kyrgiakos, dominadores del juego aéreo y fijos –jugaron todos los minutos de la fase de clasificación– en los esquemas de Rehhagel.

En el centro del campo se mantiene la vieja guardia, con Katsouranis y Basinas imponiendo el particular y aguerrido sello heleno en el doble pivote. Para crear está Karagounis, que tras su frustrante paso por el Inter ha vuelto a su mejor nivel en el Panathinaikos.

La delantera refleja el cambio de mentalidad helena. Si en Portugal Charisteas era un islote en un mar de defensas contrarios, ahora se ve generalmente acompañado por el citado Gekas y por Amanatidis. Los tres juegan en la Bundesliga y forman el tridente ofensivo de un 4-3-3 con el que Grecia quiere quitarse todas las etiquetas de equipo defensivo que utilizaban sus detractores para quitar mérito a sus éxitos.

Puede que el fútbol sea tan caprichoso que igual que hace cuatro años premió el juego rácano, ahora escatime la recompensa para el atravimiento. ¿O no?

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