Martes de Feria

Esta Feria hay que sudarla

  • El primer día oficial de la fiesta se derrite por el bochorno de una climatología veraniega. Caballistas y enganches complementan a las primeras flamencas que se lanzan al albero del González Hontoria

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Miren ustedes, no les voy a engañar ni a darles coba por más tiempo: ayer la Feria estaba pa’ echarla. Si pueden y les dejan, no vayan más, de verdad les digo. Ajústense el cinturón y borren de su mente estos días grandes porque no merecen tanto la pena como dicen. Si la señora Merkel fuese alcaldesa de Jerez esto estaba ya borrado del mapa, hombre. Habría que haber visto ayer a la germana sudar la gota gorda, por ejemplo, en el Disco Rojo. Yo doy gracias a que tuve que volver a la redacción a escribir estas líneas, pues no hubiese durado ni un segundo más en la Feria. Qué pringue, qué fingidas ganas de fiesta tenían quienes se acercaron hasta el Real del González Hontoria. Un calor de mil demonios que se disparó como la prima de riesgo no dejaba transpirar bajo el riego del fino calentorro y, como si uno estuviera debajo de un plástico gigante, el albero se volvía arena del desierto de Tabernas. Eso sí, casi repleto ya de flamencas, caballistas y enganches. Qué bochorno, hacía más calor que alicatando pirámides. Sensación térmica de 40 grados en la sobremesa de ayer martes de Feria en el Hontoria. Veía los lunares de los trajes de flamenca derretirse de calor y las gitanillas llevaban sus claveles en neveras de playa... Con lo bien que estuvimos en la sevillana Feria de Abril con sus chuzos de punta y sus lluvias torrenciales hace unas semanas. Pues nada, hasta para esto Jerez es especial. Aquí en la Feria, de repente, es verano y más de uno hubiera preferido estar a mediodía de ayer en el paseo de Valdelagrana, esa gran barriada marítima del ‘Gran Jerez’, que en el paseo de las Palmeras. “Mañana me traigo el bikini”, decía una amiga. Otros amigos de Bruselas llegados hasta Jerez para descubrir las excelencias de su fiesta grande alucinaban, supongo que para mal, con esta climatología tan asfixiante, acostumbrados como están a los cielos totalmente encapotados y a los termómetros tiritones que tan bien sientan al cuerpo. O eso dicen ellos... Qué saboríos, ni siquiera con un buen plato de jamón con toda su pringue hipercalórica, dos vasos de gazpacho con su pepino,  y una vueltecita en enganche se sintieron satisfechos. Yo cada vez entiendo menos qué vienen buscando algunos turistas a esta ciudad. Si es que no hay ni un atractivo que merezca la pena... Vino, caballos, flamenco, patrimonio, sol, luz, ambiente, amistad, generosidad... Total, muchas cosas que uno encuentra en casi todos los sitios del mundo mundial.

Y como el jerezano es de natural criticón, huelga decir que el nuevo alumbrado se ha convertido en la madre de todas las tertulias en la presente Feria del Caballo y todos coinciden al unísono: es más feo que un coche por abajo y una nevera por detrás, más propio de una verbena de Villafranca del Caudete que de un evento declarado de interés turístico internacional. Y la verdad que es feo hasta apagado pero bueno, al final casi todos asienten con un consenso autoimpuesto:¡ si no hay dinero, no hay dinero... Ya vendrán tiempos mejores porque este año no hay ni para cubrir los socavones del González Hontoria. Y yo los he visto. Les juro que algunos son auténticos agujeros negros. De repente, entras en elllos y lo mismo acabas en Los Casi Treinta bailando Eu si te pego... pero no pago (vaya telita con tantas casetas discoteca) que emerges en el Pozo de la Víbora comiéndote un pinchito extrapicante.

Así es la Feria: cuando no te da la entrada, te da la salida. Aunque salir, salir, lo que se dice salir, es harto complicado, ¿eh? Yo lo logré de casualidad, pero no vuelvo. En serio les digo. Lo pasé horroroso y si puedo hoy publicar esto es gracias a que un buen amigo me salvo de la quema de tanto calor y jolgorio. Me dijo que me reservase para hoy, que era el día de las mujeres y que el Hontoria se ponía de bote en bote repleto de belleza y colorido, pero ya no le creo. Luego regresé a casa en autobús, que menuda suerte, al fin funcionan después de 14 semanas, y hoy, ya más repuesto, he pensado que lo mismo corre algo de vientecito. Decidido. Pa’ allá voy. Esta Feria es tan grande e increíble que, a unas malas, hay que sudarla de verdad.

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