La penúltima copa...

  • Las casetas languidecen el último día de Feria mientras que el público, en buena parte llegado de fuera, llena los 'cacharritos' y se interesa por los puestos ambulantes

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La nube de cenizas volcánica cayó ayer en el Real de la Feria después del chaparrón de la madrugada -que por lo menos fijó un poco el polvo-. Sólo un grupo de irreductibles, la mayoría personas forasteras o jerezanos que por una razón u otra tenían que seguir trabajando ayer, se tomaba la penúltima copa de jerez o trago largo, que se presta más tras la penúltima comida hasta el año que viene. Las casetas languidecían el último día después de siete de ajetreo -el sábado hubo un buen llenazo- y el escaso público parecía entretenerse más en los 'cacharritos', olisqueando entre los puestos ambulantes, viendo a los artistas callejeros -desde caricaturistas que te hacían un bonito retrato por cinco euros a las estatuas humanas- o esperando la corrida de toros, aunque tampoco en la calle Circo se notaba un especial bullicio que hiciera presagiar que pudiera ocurrir algo mágico. Y no ocurrió. Suele pasar los domingos: los jerezanos dan la espalda a su Feria y prefieren reponer fuerzas en la playa. Pero se esperaba más gente de fuera y más animada. Incluso el Paseo de la Rosaleda estaba vacío a media tarde de ayer, después de haber sido 'santuario' del molesto 'botellón' durante toda la semana. Parecía que las cenizas volcánicas habían salpicado a los autobuses urbanos: los horarios de los vehículos lanzadera eran irregulares, pasando coches de dos en dos y luego largas esperas intermedias. E iban vacíos prácticamente.

Por si acaso algunos enganches y jinetes seguían recorriendo el paseo de Las Palmeras para goce de los pocos turistas -la mayor parte nacional- que los ametrallaban con sus cámaras digitales. Sí: fue una feria la de ayer bastante gratis, de espera a los fuegos y tomarse un bocadillo de salchichas por tres euros o una patata asada con todos sus avíos por un poquito más en un puesto ambulante, para dejarse el resto de los fondos pagándole a los chiquillos una vuelta en los 'cacharritos' o tentando a la diosa fortuna en la tómbola en que siempre toca un peluche fabricado en un remoto país asiático. A las seis de la tarde ya había caseteros que desmontaban sus cocinas en las calles intermedias del Real: "Para qué seguir", me decía mi amigo Keko. "Ya no va a venir nadie". Y, además, ya se avecina la feria de El Puerto a donde mi grupo de irreductibles y este cronista volverán a repetir el ritual que el mismo lunescomenzamos en Jerez: dejarnos la de Ubrique en un jamón de más que dudosa procedencia -me dicen que en Hungría hay cada día más secaderos- en vez de guardar el cada día más delgado taco para echar tres o cuatro días de buenas vacaciones. La media, y no de fino, era una mesa ocupada por cuatro vacías al mediodía. No quiero decir qué fue la tarde. Historias para no dormir. Horas antes algunos, como los caseteros de la peña Los Cernícalos, tentaban a la clientela ofreciendo ayer paella gratis después de haber intentado lo mismo el sábado con un buen plato de menudo. Se agradece algo gratis en una feria donde incluso algún que otro bar de la urbanización El Bosque ponía el cartel de averiado en la máquina de tabaco -podría ser que así lo fuera- y luego el camarero, si habías consumido, te lo vendía al mismo precio que los rumanos: cuatro euros (666 pesetas, cifra que, curiosamente, se le suele atribuir bíblicamente al Diablo y que aparece en más de un 'cacharrito').

También, por si acaso, las fuerzas de seguridad mantenían un completo dispositivo con jinetes y agentes a pie, que apenas tenían que intervenir, mientras que varias carteles dejaban bien a las claras que las cámaras continuaban vigilando de manera las casetas juveniles, donde no quedaban ya ni los extintores. Los que se no iban, aunque no apuraran ninguna penúltima copa, eran los 'winstoneros': ofrecían ya no sólo paquetes, a otros cuatro euros, sino cartones enteros de un tabaco que deja más cenizas que el volcán (al cual le echarán la culpa de la falta de turistas). Entre el tabaco de estraperlo, el polverío y el rebujito tengo la garganta como el papel de lija como el resto de los irreductibles. Hemos disparado las acciones de Lizapaína.

Una pareja sale bastante satisfecha porque le ha toca un camión en una tómbola. "De Feria lo justo: una vuelta, ver las casetas premiadas, los caballos... Y de cabeza a los 'cacharritos'. Eso es lo que nos gusta", me dicen. Vuelvo sobre mis pasos: me tomo la penúltima y acabó el ritual con la compra de dos 'guirlaches' de almendra. Lo único que me ha costado poco.

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