García Pelayo: elogio de la 'rara avis'

  • Julio Pérez Perucha, Pedro G. Romero, Diego A. Manrique y Gervasio Iglesias glosan la figura del autor de 'Vivir en Sevilla' y Manuela' y fundador del influyente sello Gong en el arranque de 'Penetrar la alegría'.

El "problema" de Gonzalo García Pelayo, dice su hijo Iván, es que "se cansa profundamente de casi todo". Pero seguramente porque está convencido de que es "mucho más inteligente ser optimista que pesimista", este sevillano adoptivo lleva décadas convirtiendo ese supuesto problema en el motor de una aventura creativa total que no entiende de fronteras ni mucho menos de prejuicios, como asumiendo hasta el fondo de la cuestión que vivir es un juego formidable y las reglas las escriben los amigos. Cineasta y productor musical, apoderado taurino, agitador (contra)cultural en la efervescente Sevilla de los 60 y 70 e inventor de un método matemático con el que ha dejado tiritando casinos de todo el mundo, García Pelayo, nacido en Madrid en 1947, personalidad rotunda y magnética, confesó ayer, en el homenaje que le rindió el Festival de Cine, que siempre ha deseado cumplir "el sueño que tiene todo el mundo de que lo mejor de tu obra sea tu vida".

Ayer, en el auditorio de Cicus, en el marco del ciclo Penetrar la alegría: el cine de Gonzalo García Pelayo, dirigido por el profesor de la Universidad de Sevilla y crítico de este diario Manuel J. Lombardo en colaboración con Alfonso Crespo y Francisco Algarín, tocaba celebrar la excepcional singularidad de su legado fílmico y discográfico, tocado siempre por una radical y sonriente heterodoxia, envuelto en unas formas audaces, a ratos verdaderamente desafiantes, siempre al servicio de un vitalismo rabioso y erótico ("jondo", lo llama él) y de una conciencia política atenta no al panfleto airado sino a la actitud ante las cosas y ante las personas y sus modos de relacionarse.

Para hablar de todo ello se reunieron el historiador del cine Julio Pérez Perucha, el artista y gestor cultural Pedro G. Romero, el productor y director Gervasio Iglesias y el crítico musical Diego A. Manrique. Los dos primeros, centrados en las películas que realizó García Pelayo entre finales de los 70 y principios de los 80 (Manuela, Vivir en Sevilla, Frente al mar, Corridas de alegría y Rocío y José), obras que señalan al autor como uno de los mayores iconoclastas de la modernidad cinematográfica española, y que contienen, sostuvo Pérez Percha, "el germen de todo el cine de la Transición". Y sin embargo, todavía hoy, el cine de García Pelayo sigue "olvidado o arrinconado", lamentó Lombardo.

Y eso se debe, según Pérez Perucha, al hecho de que "cuando aparecieron sus películas no había interlocutores válidos en el campo de la crítica", ni un público preparado para su cine, de carácter híbrido y relacionado con las formas experimentales de Godard, Pasolini, Jonas Mekas o Philippe Garrel, junto con la confusión causada por la "subversión sexual" de sus filmes, a menudo percibidos -degradados- como meros subproductos de género a pesar de la complejidad de la mirada al mundo y del oblicuo pero permanente pronunciamiento político que contienen.

Pedro G. Romero se detuvo especialmente en Vivir en Sevilla, un trabajo de 1978 que situó artísticamente y por su valor sociológico y antropológico a la altura de La ciudad de Manuel Chaves Nogales. "Supone una manera de acercarse a la ciudad que no tiene parangón y que supera por todos lados a los cronistas locales de la época", afirmó el artista antes de reconocer que por su "fiebre semiótica" y su "idea de la mezcla", muy próxima "a la del disc-jockey, de editar, cortar y pegar", para construir así una unidad a partir de un discurso fragmentario y ramificado en "miles de capas y registros", el cine de García Pelayo sigue "provocando inquietud", conteniendo "elementos que siguen sin ser asimilados", lo que explica, a su juicio, el olvido o el orillamiento del autor incluso entre los espectadores habituados a ver cine formal y conceptualmente arriesgado.

Esto le provocó al homenajeado una "sensación de fracaso", una "cuenta pendiente" en su relación con Sevilla que ayer, según dijo con sinceridad y emoción contenida, queda al menos mejor arreglada. Antes de la mesa redonda y del turno del público -con el hermano Javier García Pelayo ejerciendo, incontestable, de genio y figura-, Diego A. Manrique recordó su primer contacto con lo que le pareció "una especie de Buda que hablaba con una seguridad en sí mismo que no admitía discusión", y recordó la vocación ecléctica del sello Gong, fundado por García Pelayo, que cobijó a Triana, protagonistas de "uno de los momentos más mágicos de la cultura rock", o Lole y Manuel, en el lado de los populares y entre muchísimos otros, y a "inclasificables" como Vainica Doble, Pau Riba, Gualberto o el electrónico Eduardo Polonio; un catálogo y un modo de hacer, concluyó el crítico, que "marcó la pauta" en los primeros años democráticos.

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