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Crítica 'A month in Thailand'

Películas de jóvenes maestros

A month in Thailand. Director: Paul Negoescu. País: Rumanía. Año: 2012. Duración: 85 mins. Intérpretes: Ionut Grama, Ioana Anastasia Anton, Raluca Aprodu, Simona Ghita.

Del joven y altanero cine rumano siguen llegando películas presuntuosas y en cierta medida exhibicionistas. Siempre, me parece, hay un poco de: "fíjense lo que arriesgo"; "atentos a cómo aguanto los planos sin menoscabo de la estructura, calculada al milímetro". Negoescu participa un poco de esto, es decir, no parece un debutante, nada de efervescencia o despreocupación, nada de fe en los maravillosos efectos que regalan los errores del entusiasmo. Más bien se asemeja al "viejo maestro" que sigue la fórmula del éxito en el género arte y ensayo, bien pertrechado de cinefilia, pulso de cirujano, personajes-cobaya.

A month in Thailand es demasiado perfecta sin que por ello se desprenda de ella ningún atractivo formal, más allá de la férrea estructura en espiral que al final celebra la película como gélida e irónica ecuación matemática: la escalera que suben los personajes, la sustitución de una mujer por otra y la ejecución del eterno retorno de lo mismo transmiten, si acaso, un cierto pesimismo que tampoco nos importa demasiado. Negoescu cita en el audio a Rohmer, Cuento de invierno, de la que A month in Thailand parece reverso posmoderno, y en la imagen al Kubrick de Eyes Wide Shut, ya que aquí también se trata de la noche como secreto tras la puerta y promesa de transformación, todo velado pero muy consciente. Donde este absoluto autocontrol le da más resultado a Negoescu es en la descripción del día de Nochevieja en tanto que campo magnético de gran intensidad. Es muy buena y ambigua esa idea y la manera en que se plasma para el espectador, quien no puede poner la mano en el fuego por la existencia real de tan poderosos imanes.

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