Homenaje · Gonzalo García Pelayo

De cuando el público encontró al cineasta

  • Una retrospectiva de sus cinco largometrajes y un seminario recuperan el cine de Gonzalo García Pelayo.

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Hacía falta volver a ver el cine de Gonzalo García Pelayo, regresar a sus imágenes y sonidos, y toda oportunidad es buena. Si es verdad que ahora, por lo atípico de su vida y por el estreno de una película comercial inspirada en ella, parecía una coyuntura propicia para mover el foco de luz y recordar su faceta de cineasta -cinco largometrajes entre 1976 y 1983-, no es el interés por sus películas una cosa reciente o sujeta a los imperativos de la moda. Fue hace ya años, al calor de esa nueva cinefilia que revertía el paradigma Lumière-Edison y abandonaba los cines por el trapicheo digital y el consumo privado de joyas fílmicas intemporales, que Pelayo irrumpió para muchos de nosotros en la casa del cine. No era, como tantos, un cineasta de la Transición, era simple y llanamente un cineasta, y sus emocionantes hallazgos no palidecían en comparación con el mejor cine del presente -recuerdo, por ejemplo, haber visto en la misma semana Blissfully yours (2002) de Apichatpong Weerasethakul y su Vivir en Sevilla (1978) y sentir la total armonía de sus apartes verticales, la mancha de dibujos e intertítulos como flores que se abrían ante nuestros ojos-. Luego vino el resto, Manuela (1976), Frente al mar (1978), Corridas de alegría (1982) y Rocío y José (1983), que habitualmente se pasaba por alto como aquello que rodeaba a Vivir en Sevilla. Pero Pelayo no es un cineasta de una sola película, todo lo contrario, pues ésta no es sino un apéndice, quizás el más fulgurante, de un cuerpo fílmico que funciona por reverberaciones y variaciones, y sólo la miopía puede evitar ver el paralelismo entre Miguel y Ana y Rocío y José, parejas estrechadas por la idea de la ficción fílmica como potencia, no como reunión de códigos, y del montaje como duplicación feliz y gozosa de la memoria de lo rodado/vivido (es en ese doble fantasmagórico que Pelayo brilla como cineasta del sonido, de la palabra, de la música, del intertítulo, del deletreo). 

La obra de Pelayo, corta e intensa, es la de un médium que invoca espíritus afines. Así, con naturalidad, sus planos parecen habitados por otras miradas, y las referencias se acumulan: Godard, Garrel, Rozier, Eustache, Rouch, Cook, Bresson, Green... la constelación imaginaria daría para mucho más, nada raro en quien se concentró tanto en rodar algo, el Sur, tras haber asumido que sólo el cine, con la radicalidad de su registro y el poder de sus correspondencias, podría traducir el estado de gracia en el que se encontraba. El buen cine siempre fue una cuestión de fe. 

Quedaría, de todas maneras, la tarea de definir estas películas libres y heterodoxas, y quizás no haya mejor manera que entenderlas no tanto desde los gestos modernistas como desde los conceptos que hacen pensar en una determinada idea de lo clásico. Pelayo no hizo sino constatar las posibilidades de sueño y transformación de una sociedad que se abría a la democracia y a la nueva ley, que aún se pensaba otra. Ahora, desde nuestra posmodernidad política y cinematográfica, es necesario mirar con ojos bien abiertos en dirección a esta arqueología de nuestro entusiasmo.

Seminario Cicus. Tentativas sobre Pelayo (imágenes y sonidos)


El Centro de Iniciativas Culturales de la Universidad de Sevilla (Cicus) acoge durante los días 5, 6 y 7 de noviembre el seminario universitario "Penetrar la alegría: el cine de Gonzalo García Pelayo", dirigido por el profesor de la Facultad de Comunicación y crítico de cine de Diario de Sevilla Manuel J. Lombardo. Las sesiones constarán de conferencias y mesas redondas. En la inaugural intervendrán el historiador Julio Pérez Perucha, el artista Pedro G. Romero y el periodista y crítico musical Diego Manrique, encargados de contextualizar su obra y trazar su semblanza de introductor, difusor y productor musical. El segundo día será el turno del profesor y crítico Gonzalo de Lucas, analista aquí del deseo y la intimidad en el cine de Pelayo, y del escritor y periodista Jordi Costa, que lo situará en el mapa de la contracultura. Por último, el tercer día contará con las intervenciones de los críticos Santiago Gallego y Alfonso Crespo y del editor de Lumière, Francisco Algarín. El seminario lo cierra una mesa redonda con la presencia del cineasta.

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