En paralelo

Arte grande

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Tras la espléndida primera exposición de la nueva galería, con aquel testimonio lleno de realismo que patrocinaba la fotografía de Bruno Barbey, Juan Carlos de Lamadrid nos sigue convenciendo expositivamente con otra muestra, esta vez de tema flamenco. No podía ser de otro modo en estos momentos en los que la ciudad se haya inmersa en su Festival de Jerez, una de las citas culturales más importantes y con todo el universo del flamenco pendiente de una ciudad que, ahora más que nunca, es capital mundial de este arte.

Dos muestras fotográficas en las que se nos ofrecen dos versiones distintas de una realidad artística que provoca los más espectaculares desenlaces plásticos. Dos muy importantes fotógrafos, mucho más de lo que la gente - incluida las que de esto dicen saber - pueda imaginar. Por un lado, la bella escenografía que sirve de soporte a una realidad donde los protagonistas flamencos, los verdaderos artífices de un universo complejo en las que las propias situaciones - existenciales, sociales, artísticas y, por supuesto, flamencas - crean entramados expresivos llenos de felices desarrollos plásticos. Es la fotografía de Gilles Larrain, un artista indochino, hijo de chileno y de franco vietnamita, que vive inmerso en los determinantes ambientes artísticos de Manhattan. Por sus obras transitan escenas extraídas de los ambientes flamencos. Así podemos contemplar al Potito y al Chaguito enmarcados en un alucinante escenario de naturaleza barroca en la vieja Carbonería sevillana, allí donde se coció gran parte de la historia cultural de la ciudad de la Giralda y donde, todavía, gracias a Pisco Lira, siguen existiendo grandes desenlaces artísticos.; la tía Juana la de Pipa toca las palmas a una jovencita en un instante de pasión creadora; Mario Maya danza en un escenario ficticio o el Niño Jero y su gente, desencadenan ese especialísimo testimonio vital heredado de siglos. Se trata de una fotografía excelsa, patrocinadora de una historia con el mundo flamenco y su gente, transmitiendo los apasionantes registros de una realidad con infinitos matices llenos de intensidad expresiva.

Al mismo tiempo, la contenida, a la vez que llena de carácter, fotografía del madrileño Cristóbal Hara, también fotógrafo con mayúsculas que viene ejerciendo una de los testimonios artísticos más importantes sobre el flamenco y sus artistas. Los personajes de este fotógrafo evidencian su realidad como personas, dejan traslucir el máximo expresionismo vital, pero sin perder la naturaleza de donde proceden. Son flamencos pero, además, son protagonistas de su propia existencia. Así, el hijo del gran Joaquín el de la Paula, dicen que uno de los que mejor han cantado por soleá, se nos presenta mostrando su decadencia física y humana; Antonio Mairena ha bajado del olimpo artístico y transcurre en la cercanía de una taberna, además, el Perrate de Utrera, Pepe el Culata, el Lucero de Montilla, Farruca, el Titi de Triana… presentan su humana existencia llena de esencia y poder expresivo.

Estamos ante una gran muestra de gran fotografía, un arte grande que, con Gilles Larrain y Cristóbal Hara, llega a cotas de infinita artisticidad.

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