Grandes del Flamenco

Chacón y Manuel Torre

Se ha hablado mucho y se ha escrito más, sobre estos dos grandes cantaores jerezanos, considerados unánimemente por todos los aficionados, investigadores, críticos, flamencólogos e, incluso, por otras grandes figuras del flamenco de su tiempo, como las dos cumbres más importantes del cante de Jerez. Chacón y Manuel Torre, Torre o Chacón, que tanto monta, monta tanto; pues ambos fueron los más grandes de la que pudiéramos llamar época de oro del flamenco, la que vino a ocupar, más o menos, todo el primer cuarto del pasado siglo.

Los dos, de Jerez y del mismo barrio de La Plazuela, nacidos a muy pocos metros el uno del otro. Chacón, en 1969, en la calle del Sol. Manuel, en 1978, en la calle Álamos. Coetáneos por lo tanto y con los mismos maestros posiblemente, si bien Torre escuchara más a la gente de su raza, empezando por su padre Juan Torre y por su tío materno, Joaquín Lacherna. Al mismo tiempo que Chacón, hijo del zapatero de la misma Plazuela, se colaba en todas las fiestas del barrio, para escuchar y aprender, como buen aficionado, toda clase de cantes. Y sus disgustos que le costaba, pues su padre solía reprenderle asiduamente por ello. Lo mismo que le ocurría, por otra parte, a Manolillo Torre, siempre de juerga en juerga, si no con los suyos, sí con su panda de amigos y los señoritos que ya empezaban a buscarle, para oírle cantar en sus fiestas privadas. Tío Juan Torre se tuvo que poner serio con su hijo más de una vez.

Y así las cosas, pasados los años de aprendizaje, ambos que son reclamados, cada uno por su lado, para irse a Sevilla a trabajar en los cafés cantantes, los cuales abandonan tras debutar, casi al poco tiempo y por las mismas razones. A los dos les da miedo la gran ciudad y sus muchas luces. Pero Chacón se junta con su amigo el guitarrista Javier Molina y un hermano de éste, llamado Antonio, buen bailaor por cierto, y los tres se meten en la aventura de recorrerse a pie casi toda Andalucía, cantando de pueblo en pueblo, en las ventas, en los casinos y allá donde encontraran alguien dispuesto a pagar algunas monedas por verles actuar.

Hasta que se inicia el despegue artístico y Chacón se va a “Madrid, que es la corte” y Manuel Torre se queda en Sevilla, habituado ya a sus luces y a sus sombras. Allí se afinca, y allí se une a la graciosa bailaora Antonia la Gamba; mientras que Chacón empieza a hacerse respetar de los magnates y de las marquesas, en la capital de España, cantando en “Los Gabrieles”, en “Villa Rosa” y hasta en los mismos palacios, ante políticos y generales, como su paisano y amigo el general Primo de Rivera, con el que se reúne, de vez en cuando, en los sótanos de “Los Gabrieles”, para cantar y para hablar de Jerez, desgranando recuerdos juveniles.

Chacón es ya don Antonio Chacón, por obra y gracia de su arte y de su saber estar, por su exquisita educación y por su propia y oronda figura. “Como me ven así gordo y con cara de obispo”, decía Chacón con su sorna jerezana, “será por eso —añadía— que me llaman don Antonio”. Mientras tanto, pasea España, cantando su prodigiosa malagueña, que tanto le piden, donde quiera que va; amén de todos los demás cantes, desde los tangos, la soleá, la serrana, los caracoles, el mirabrás, la media granaína, la cartagenera o la seguiriya; haciendo famoso aquél macho de la misma que decía “A las dos de la noche / los campanilleros / con el ruío de sus campanillas / me quitan el sueño”. O inmortalizando aquello tan bonito de “cómo reluce / la gran calle de Alcalá, / cómo reluce, / cuando pasan por ella los andaluces” .

Decía Julián Pemartín que “en el aspecto puramente personal, Chacón reunió también cualidades notorias de honradéz, de señorío innato, de pulcra y elegante apostura, desprovista, empero, de toda afectación o engreimiento. La corrección de sus modales y expresiones con los aficionados que le escuchaban, y su generosidad con los compañeros de profesión, contribuyeron de consuno a ese título de don, tan espontánea y constantemente otorgado que llegó a sustituir el apellido, pues Chacón era casi siempre llamado tan solo don Antonio”. Y en cuanto a su generosidad, de todos es sabido que lo que muchas veces ganaba en grandes fiestas con aristócratas, luego solía gastárselo escuchando a otros compañeros menos afortunados, tratándolos de igual a igual; compartiendo con ellos vino, pan y cante.

Y en Sevilla, y allá por donde iba —muchas veces a lomos de un borriquito moruno, acompañado de sus inseparables galgos—, Manuel Torre seguía haciendo llorar a hombres y a mujeres, con los lamentos de sus tremendas seguiriyas y sus doloridos tarantos, sus angustiosas soleares y la saeta de escalofrío que nunca dejara de cantar, en Sevilla o en Jerez, cada Semana Santa. Saetas que por San Telmo, al escucharla, los gitanos se rompían la camisa, con los rostros arrasados en lágrimas. Porque el cante de Torre era eso, pura emoción, sentimiento que le nacía de lo más profundo de su corazón de artista.

Cantaor de reunión, para el cuarto de los cabales, en la venta Eritaña o en los colmaos de la Alameda de Hércules sevillana, según costumbre de la época, pocas veces llegaría a figurar en funciones teatrales, apodándosele “El acabareuniones”, porque después de él, dicen que ya nadie quería ni podía cantar, deshaciéndose la reunión.

Don Antonio Chacón y Manuel Torre, dos jerezanos que se admiraban mutuamente, que conocían todos los secretos del cante, porque lo habían mamado en los aledaños de La Plazuela; y que, cada uno por su lado, y a su manera, supieron elevarlo a las más altas cumbres flamencas. Aquellas que ellos mismos supieron escalar, con la grandeza de su arte; siendo hoy sus míticos nombres pura leyenda de la historia del cante de Jerez.

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