La crónica de Compañía · Rosario Toledo, 'Del primer paso'

Gestualidad hasta el último extremo

El espectáculo 'Del primer paso' de Rosario Toledo levantó un interés inusitado en la noche del pasado martes. La Sala Compañía registró un lleno absoluto, tanto es así que algunos se quedaron fuera y con las ganas de contemplar en escena a la gaditana. No se cabía ni en la zona acotada para prensa y autoridades. Todos querían ver a la joven artista de la Caleta danzar sobre el escenario. Es más, por el patio de butacas se pudieron ver incluso a compañeras de profesión, dispuestas a dar su empujón energético a la protagonista.

El nuevo formato teatral, pues hay que recordar que esta propuesta se inició para llevarla a cabo en la calle, y la excelente crítica que había conseguido en esta vertiente, despertó el interés de muchos cursillistas que acudieron en masa a la Plaza de la Compañía, atentas todas a la evolución de la artista.

Sin embargo, bailar lo que se dice bailar se pudo ver bien poco. Rosario ha dividido este montaje en dos partes, la primera en la que vuelve a sus orígenes, la danza, y la segunda donde se recrea en algunos palos del flamenco como las alegrías, soleá o seguiriyas. Todo acompañada por la penetrable voz de su paisano David Palomar, que sigue creciendo como artista, y la guitarra de Dani de Morón, otro excelente músico se mire por donde se mire y que ha sido incorporado al nuevo formato.

Ataviada con el clásico tutú, Rosario Toledo trabajó con esmero cada uno de los pasos realizados. La transición de la danza al flamenco es compleja, lenta y parsimoniosa y para ello hay que interpretar, un objetivo que consiguió con creces. Simple pero eficaz.

Bailes tradicionales como el Vito sirvieron de puente para que la gaditana llegara hasta donde quería, el flamenco. Allí se encontró con un David Palomar espectacular. Su quejío aplasta y su vocalización cada vez es mejor. El cante hizo que la bailaora brillase de verdad. Fue haciendo seguiriyas. Sobria, con pantalón y con unos bríos y una opulencia tremenda, Rosario Toledo bailó con muchas hechuras. Su potencia en el zapateado es exquisita y su manera de moverse por el escenario también lo es.

No ocurrió lo mismo a partir de entonces. Su baile se perdió en gestos inútiles y en una interpretación constante que no le condujo a ningún lado. Solamente se salvó el cante por soleá de Palomar, que con maestría se acordó de El Choza pasando por Alcalá, siempre con elegancia y buen gusto.

En el último tramo, la protagonista echó mano de la bata de cola para hacer alegrías y cantiñas pero tampoco convenció. Manejó con escasa convicción la bata y alternó momentos de desasogiego con otros brillantes como el silencio de las alegrías donde sí se movió como sabe.

Lo más lastimoso de todo es que la gaditana baila por derecho cuando quiere, una circunstancia que a muchos dejó con un sabor agridulce, conscientes de que podía dar más de sí. Cuando levanta los brazos y se para desprende frescura y es capaz de ensimismar a cualquiera. Pero por desgracia, sólo cuando quiere.

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