Maestros

  • Nombres destacados del flamenco enseñan en los cursos del XVI Festival de Jerez lo que aprendieron de sus mayores; Angelita Gómez, Belén Maya y Rafael Campallo cuentan sus experiencias junto a los cursillistas

"¿Qué importan las matemáticas si el flamenco no es perfecto?", dice la bailaora jerezana Angelita Gómez a sus alumnos de los cursos del Festival de Jerez en el Teatro Villamarta. Para acabar la clase se marca una bulería ella sola, jaleada por un corro de aprendices sedientos de duende. "Esto es lo que se puede hacer en una bulería de Jerez", concluye a modo de pataíta con todo el arte que guarda una mujer pequeña, pero grande a la vez. Un volcán. A una de las alumnas se le salta las lágrimas. "Sí, cuando explico el porqué del baile muchas de las chicas se emocionan porque tienen una gran sensibilidad hacia el flamenco. Eso significa que sienten lo que estoy diciendo y saben que es lo que van buscando y eso es una alegría para una maestra", cuenta.

Como ella, son muchos los artistas que cada año se suman a la nómina de maestros que quieren dejar huella, enseñar lo que tanto sudor les ha costado a ellos asimilar o lo que han heredado de sus mayores. Irene Carrasco, Joaquín Grilo, Inmaculada Aguilar, Isabel Bayón, Rocío Molina, Leonor Leal, Manuela Carpio, Alicia Márquez, Manuel Betanzos, Ana María López, Belén Maya, Rafael Campallo, Juan Parra, María José Franco, Antonio 'El Pipa', Mercedes Ruiz, La Chiqui, Javier Latorre, La Moneta, Pilar Ogalla, Andrés Peña, Ángel Muñoz, Manuel Liñán, Juan Antonio Tejero, La Truco, Marco Flores, María del Mar Moreno... Cuántas palabras con arte.

Los alumnos, casi en su totalidad extranjeros, se llevan a sus países de origen mucho aprendido. "Yo me llevo a casa una satisfacción enorme y el cariño que me tienen todos. Además, la convicción de saber que estoy enseñando nuestra cultura. Pero yo también aprendo de ellos, da igual el nivel que tengan. Porque..., hay muchos maestros: maestros que explican, que bailan y maestros que no explican y así la lección queda un poco vacía. Que yo les explique a ellos cómo hay que entrar con el cante de la bulería, por mucho nivel que tengan, eso es algo que desconocen y conmigo lo aprenden". Angelita, que enseña técnicas y estilos de la bulería de Jerez en los niveles básico y medio, se siente orgullosa cuando cuenta que hay alumnos que tienen una mayor preparación y no están en niveles superiores porque "ellos quieren aprender cómo Angelita Gómez explica las bulerías de Jerez. Ellos tienen compás, técnica, pero no tienen lo que yo les enseño, o lo que tiene la bulería de Jerez". Anota Angelita que este año hay menos japonesas en sus clases, y apunta que muchas de sus alumnas son ya "casi reliquias, que llevan conmigo muchas ediciones".

El aire está cargado después de casi dos horas de clase. Se puede cortar con un cuchillo la dedicación. Botellas de aguas, bolsos, ropas desparramadas por el tablao. Todo tiene un acento muy jondo. El cantaor Luis Lara anima el cotarro.

Tenía Angelita ocho años y ya impartía clases, a las que iba con su bicicleta, Jerez arriba y Jerez abajo. "Sí, sí, ya enseñaba con esas edad. Porque yo nací de la barriga de mi madre bailando", ríe, y recuerda que los mayores la llevaban a bailar por ahí, "como un regalo, porque hoy hay muchos niños que bailan, pero en los años 50... no muchos. Yo era como un padre de familia, llevaba a casa el dinerito que ganaba fuera".

Y han cambiado mucho los tiempos del baile, "ahora hay muchísima más técnica. Antes la escuela era la propia vida, la que teníamos con nuestros mayores. Hoy no, hoy hay mucha preparación. No es que antes fuera mejor y ahora peor, hoy es más fácil aprender..., pero tanta técnica..., es importante tenerla pero yo me quedo mejor con otra parte, con la del sentimiento, que no digo que los demás no lo tengan pero... No se puede bailar ni tocar la guitarra como hace 60 años, pero es la forma de vida lo que ha llevado a este cambio". Mucho Patrimonio de la Humanidad pero asegura Angelita que no "sabemos lo que tenemos, porque nada más hay que irse fuera para ver cómo se valora el flamenco y la culpa la tenemos nosotros. Creo que no sabemos ponerle bien la etiqueta para exportarlo".

Es más de la una de la tarde y el sol del invierno que agoniza pega con fuerza en los ventanales de la sala de arte Tío Pepe de González Byass. Las alumnas de Belén Maya hacen estiramientos sobre el tablao, frente a un gigantesco espejo. La lección, técnica y estilo de la caña con bata de cola y mantón. Ahí es 'ná'. "Las clases son muy bonitas porque viene gente de muchos países y saben a lo que vienen. Se trabaja todo muy en detalle", cuenta Belén, que asegura que está "muy contenta, como todos los años". Tiene claro que su objetivo es enseñar a bailar, "para que no sólo aprendan aquí, sino que bailen en sus países también". Maya reconoce que de sentimientos no habla en las clases, "porque cada una tiene que aportar lo que sienta. Yo ahí no me puedo meter. Sí me implico muchísimo con la limpieza del movimiento y con la estructura del cante".

Después de unos ejercicios previos, las alumnas se colocan la bata de cola. Azul eléctrico, verdes, rosas, amarillos, lunares colorean un tablao negro que arde. Los movimientos son pausados, intensos, estudiados y llenos de pasión. Belén los explica las veces que haga falta. Tiene buenas cursillistas, cogen las directrices al vuelo. Llegan los mantones. Sus movimientos refrescan el ambiente con aire nuevo.

Son muchos años dando clases. Belén empezó a bailar y a enseñar casi a la vez, con 18 años, "un poco tarde". A los 19 se fue de Madrid a Sevilla. "Me encanta dar clases, transmitir, desmontar el movimiento para explicarlo despacio, cómo se hacen las cosas y que la gente lo entienda y pueda hacer algo cercano a ello. Porque hay alumnos que creen que no lo van a conseguir, pero sí se puede. Al final se trata de eso, de acerar el flamenco a la gente y que los extranjeros lo puedan bailar".

Sus padres eran bailaores, aunque su intención nunca fue la de heredar la afición, aunque ya luego le entró el gusanillo. Reconoce Belén que en sus principios, más que enseñar la técnica, enseñaba sus propios movimientos, "que antes eran menos redondos, más secos, más modernos, distintos, y a la gente le interesaba ese movimiento dentro del propio flamenco". Y ahora, con 45 años, no deja de aprender "para no estancarme".

Asegura la bailaora que aquí "sí sabemos lo que tenemos, lo que ocurre es que la infraestructura es difícil, es decir, se vuelve atrás en el sentido en que no es el momento de las compañías grandes, se está volviendo a los solistas, porque no hay medios como antes. Creo que en el flamenco también hay modas de un tipo de baile y de cante, aunque el que baila bien, baila bien siempre".

Cae la tarde y "las manos también hablan" en la peña Tío José de Paula. Se lo dice el bailaor Rafael Campallo a sus alumnos de tango. "Tienen muchas ganas e ilusión e intentan atrapar un poco el aire que les explico", cuenta. Pero además de la técnica, el artista sevillano intenta que los cursillistas "cojan el sentido de la decadencia que caracteriza el baile del tango, que es un poco complicado, con muchas paradas. Y les digo que aunque estemos quietos en un escenario, pues podemos seguir bailando y eso es lo complicado, para ellos, que vienen de otros países. Porque en el baile todo habla, todo tiene vida. Un simple respiro, un aguante. Es magia, porque el flamenco es magia".

Campallo, a sus 37, lleva cuatro años dando cursos en el Festival. "Ya he vivido un poquito de esto, gracias a Dios. Este mundo del arte es un tanto inestable y hay que estar muy centrado y preparado en las cosas, tanto si tienes mucho trabajo como si no. Pero hay que tirar para delante con ilusión, porque este es el trabajo que yo he elegido", confiesa, que también se queja de que aquí "no sabemos lo que tenemos con el flamenco, pero pasa en toda España. Lo de Patrimonio de la Humanidad, que se lo cuenten a otro. Hay que llevar el flamenco a los colegios, que todavía no ha llegado. Yo, cuando puedo, voy a explicar a los niños este arte".

Los alumnos bailan en la peña un tango una y otra vez. No hay espacio para el cansancio y si da la cara, se combate. ¿Cómo? Con arte y flamenco y agua. La cantaora y el guitarra lo dan todo. La garganta y los dedos les hacen el favor. Aquí nadie quiere parecerse a nadie, sólo empaparse de duende, porque como bien dice Angelita en sus clases, "acordaos siempre de lo que os digo, acordaos siempre de mí: no copiad, aprended, pero llevadlo siempre a vuestro terreno".

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