La crítica

'Midnight' en Triana

  • La bailaora sevillana Pastora Galván conquista el Teatro con un montaje en el que funde tradición y modernidad

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Esta Pastora también vale otro Imperio. Hasta Benavente, don Jacinto, hubiese celebrado con ganas la danza dionisíaca, socarrona y altanera de esta mujer que se ha convertido en quintaesencia del baile trianero con una personalidad demoledora y una vis cómica digna de agradecer en un flamenco saturado de flamencos que se lo toman todo demasiado a pecho. Pastora, remozada desde que se estrenó hace tres años en Jerez, es danza que se hace carne y hueso en el cuerpo voluptuoso y frenético de la sevillana que se mueve con ángel y cierta parodia como para exorcizar demonios.

Uno de ellos es el de la comparación. Que si tiene demasiadas cosas de su  hermano Israel, que si cuando mejor baila es cuando es ella misma, que si debe defender la tradición de la escuela sevillana frente a tanta modernidad malentendida... Mientras debaten y debaten, aun cuando en la polémica haya algo de razón, se pierden su hechizante y vehemente baile entre la lujuria y la arrogancia. Tan técnico pero tan imprevisible y espontáneo que se vuelve auténtico. Verdadero.

El montaje parece concebido para la escena que inaugura el espectáculo: flashback-homenaje a las abuelas y bisabuelas del flamenco desde la mirada contemporánea de Pastora. Esta secuencia parece su principio y su fin. Y bien podría asemejarse al argumento de la última película de Woody Allen, Midnight en París, en la que el escritor protagonista revive todas las medianoches diferentes épocas doradas parisinas para al final acabar preguntándose aquello de si cualquier tiempo pasado fue mejor. Compleja respuesta que quizás algunos tengan demasiado clara en el flamenco. Pero entre medias, como en este montaje, también pasan muchas otras cosas, algunas que son más reseñables, otras que por supuesto actúan más como mero relleno.

En el pórtico, desde luego, está la síntesis. La escena más antigua y, al mismo tiempo, la más moderna y rompedora. La bailaora luce pañoleta, mandil, medias color carne hasta casi las rodillas y unas manoletinas de andar por casa que luego lanza fuera de escena para moverse descalza, sin tapujos ni cortapisas. Baila por bulerías, haciéndonos imaginar el olor a puchero y geranios, sobre una alfombra de salón que bien podría ser el suelo de un patio de vecinos en la cava de los gitanos trianera o en Santiago. Como miembro de Triana Pura o del mismísimo cuadro de las mujeres de la peña Tío José de Paula. Lo vemos todo tan antiguo que nos resulta modernísimo.

Ayudan a la perfecta recreación el encomiable trabajo de un José Valencia en plena forma y un Bobote que es un actor secundario de auténtico lujo. El eco apovedado de Cristián Guerrero y la guitarra de Ramón Amador, añeja y sin concesiones vanas, completan el impasible cuarteto —hora y veinte de espectáculo sentados alrededor de una pequeña mesa— que compone el elenco de esta Pastora plena de flamencura y agitación.

El recorrido del género que aborda el montaje, que abarca prácticamente todos los territorios flamencos, le viene que ni pintado a la heterogénea paleta cromática del baile de la sevillana. La mariana, variante nada habitual para el baile, acaba en la corralera chuflona y desemboca en un Valencia hondísimo y mairenero por soleá para el baile de claroscuros de Pastora. Luego vienen los pregones de las moras y de Macandé que van intercalando al alimón Guerro y Valencia. Negro azabache para la sevillana por seguiriyas de un inspiradísimo cantaor cabal como es el de Lebrija. Se mueve aquí Galván más recia aunque mantiene una insólita flexibilidad en sus muñecas que centran toda la atención. Su baile se vuelve demasiado violento a veces en sus formas. Satura.

Aporta más bien poco, a continuación, la malagueña del Mellizo con abandolao de Frasquito Yerbabuena aunque sirve para el cambio de vestuario de una Pastora que irrumpe hermosa con bata de cola, mantón y arrastrando a sus espaldas la silla de enea de la tradición sevillana del baile. Nuevo flashback en su medianoche trianera. Es más Coral que Matilde en un número por cantiñas donde realmente se mueve a sus anchas hasta que Bobote la convierte en rojo clavel. Por alegrías, es su maestra sevillana en el Homenaje a los maestros de la segunda Bienal, hace treinta años. Ella entonces tenía dos, pero para eso está Youtube. A Dios gracias. Desafía al toque parco de Amador, que incluso se vacía cantando por taranto. Luego reta a Bobote después de los tangos del Titi, donde se persiguen por el proscenio en un paso a dos de arte. No hay cliché que no rompa, ni estereotipo que no reviente en su respetuoso paseo por un pasado glorioso. En cinco fragmentos de despedida, corta y brinda una oreja, y canta a Bobote por bulerías. Con picardía y desparpajo ‘made in Galván’, cuando ríe sin reír.

La biblioteca nacional cumplió ayer 300 años, la escuela sevillana, el baile flamenco en general, llegará como poco a ese efemérides mientras pervivan artistas como Pastora Galván, una joven de 32 años que parece ser centenaria por su discurso tan maduro y tan concienciado a la hora de combinar con compromiso y preocupación la raíz y lo genuino con la evolución natural de las cosas. No es que cualquier tiempo pasado fuese mejor, es que se necesita ese tiempo pasado para poder avanzar hacia un futuro que es hoy.

Baile

Pastora           

Baile: Pastora Galván. Guitarra: Ramón Amador. Cante: José Valencia, Cristian Guerrero. Palmas, compás y baile: Bobote. Idea, coreografía y dirección musical: Israel Galván. Iluminación: Rubén Camacho. Sonido: Félix Vázquez. Coordinación técnica: Pablo Pujol. Lugar: Teatro Villamarta. Día: 1 de marzo. Aforo: Lleno.   

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