La crítica

Noche en el museo

  • Carmen Linares pone anoche en pie al Teatro con 'Ensayo flamenco'

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Uno acude a verla y escucharla como quien acude a un museo. Mitad para aprender, mitad para disfrutar. Y jamás defrauda porque nunca lo hace quien lo da todo. Carmen Linares, la diva terrena, la catedrática que aborrece la pedantería, llevó anoche su garganta al límite, una vez más, en la tercera jornada villamartina del XVI Festival de Jerez con un recital poético-flamenco que se pasó en un abrir y cerrar de ojos. Un reparador y placentero paseo por las galerías de su ingente patrimonio cultural y su generosa e inabarcable exposición jonda. No hay falsos modismos ni paniaguadas conmemoraciones centenarias. Tampoco homenajes a los malditos porque aquí lo que sintetiza es lo que es y representa su vasta trayectoria de casi medio siglo en el cante: epígono y piedra angular de una época. 

Por esos inexplicables misterios de la que llaman ciudad del flamenco, era la primera vez que la cantaora jienense, a sus 61 años, subía en solitario a las tablas del principal escenario de la muestra -hace 14 años compareció junto a Manolo Sanlúcar en Locura de brisa y trino- y su propuesta también sirvió, si se quiere, para saldar otra vieja cuenta pendiente. El error irreparable de que don Enrique Morente muriera sin actuar, ya consagrado, en el coliseo jerezano. Su comadre, con la voz que parecía quebrarse en mil astillas a cada instante por el paso de los años, trató de enmendar el tremendo 'despiste' con el tributo sencillo y callado que le brindó en Asesinado por el cielo, versos lorquianos que se tornaron en indiscutible clímax de algo menos de hora y media de espectáculo que, como decimos, pasó volando. Recital con el eco en el precipicio aunque inerte e inmortal a la sensibilidad y largura de registros y matices que Linares acumula a sus espaldas.

Obviamente sin la tralla de la versión del poema del de Fuentevaqueros que se incluye en el Omega 'morentiano', la de Linares adaptó la letra por aire de granaína y rondeña para el baile de Belén Maya, de bata de cola como teledirigida. Ambas sintieron la pieza, densa y sugerente, como especial pues, entre otras cosas, antaño la jienense fue cantaora de Carmen Mora, madre de la bailaora. Previamente, había roto el hielo con los versos de Ortíz Nuevo en los sentimentales fandangos que compuso a partir de La luz que a mi me alumbraba; y dedicó un amplio pasaje a declamar la expresiva y siempre comprometida lírica de Miguel Hernández. Espacio sombrío y narcótico, como iluminado por la luz de un quinqué, que compartió la mayor parte del tiempo a solas con el versátil piano de Pablo Suárez. La malagueña y verdial de El niño yuntero, también recreada por Morente en su disco homenaje al poeta alicantino, se enriqueció posteriormente con el susurro sentimental de Mis ojos sin tus ojos y Casida del sediento; pero, sobre todo, con El sol, la rosa y el niño, cuya métrica amoldó Linares con sorprendente y pasmosa facilidad al primitivismo del martinete, acompañada del tenso golpe de yunque en el que Suárez transforma su piano.

Ensanchó el pecho y amplió el arco melódico al entrar en el universo juanramoniano. No cedió aquí tampoco en su nivel de autoexigencia. Cantó Remembranzas y Moguer, ambas del  extraordinario disco Raíces y alas que firmó hace unos años como tributo al Nobel onubense. Entretejida la palabra y la queja por las guitarras sin fisuras de Salvador Gutiérrez y su hijo, Eduardo Pacheco, la silueta de la dama del cante contemporáneo quedó recortada sobre el rojo del fondo tras su afanosa letanía. Serena y sabia, empapó como el aceite de los campos de olivos de su tierra natal al entremezclar el Se equivocó la paloma, de Rafael Alberti, con Quiero tu nombre olvidar, versión que interpretó del tema de Vainica Doble que ya contemplaba Un ramito de locura. Extractos de una amplia discografía coronada por su antología de la mujer en el cante pero que se nutre, sin irnos muy lejos, de alegres e intrépidas bulerías lorquianas. Baladilla de los tres ríos y Anda jaleo fueron dos de las composiciones que seleccionó para la velada. 

Hubo un primer bis con In pace, versos de Valente, que Belén Maya danzó entre la seguiriya y la liviana. La queja honda de Linares entró en un espectacular crescendo en el que incluso logró sacar fuerzas de la boca del estómago con un último hálito en forma de segundo bis de la noche que permitió oírla cantar por cartagenera parte del himno de Andalucía. 

Y respiró al fin la herida de esta cantaora wikipédica, manantial de rima consonante, diosa que no se tiene por grande tras haber visto lo que es el mundo en sus más de 40 años de coherente e insobornable trayectoria artística. Uno acude a escucharla y verla como quien va a un museo. O como quien visita el cementerio blanqueado donde reposan las sepulturas con los restos mismos del flamenco de tripas y libertad.

Cante

ensayo flamenco 2012               

Cante: Carmen Linares. Baile: Belén Maya (artista invitada). Guitarra: Salvador Gutiérrez, Eduardo Pacheco. Piano: Pablo Suárez. Percusión: Antonio Coronel. Iluminación: Antonio Valiente. Sonido: Fali Pipió. Dirección musical: Carmen Linares. Dirección escénica: Cabofaro. Lugar: Teatro Villamarta. Día: 26 de febrero. Aforo: Lleno.   

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