La crítica

El bracear de un ave imperial

  • Lucía Álvarez 'La Piñona, bailaora con una donosura propia, presentaba en la Sala Compañía 'Un granito de arena'

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El flamenco, como otras disciplinas, puede presumir de variedad pues en un mismo enclave aparecen infinidad de registros. Si el pasado sábado comprobábamos la celeridad y el vértigo de Karime Amaya, ayer vimos la elegancia personificada de Lucía Álvarez 'La Piñona', una bailaora con una donosura propia y que presentaba en la Compañía 'Un granito de arena'.

Avalada por su Premio al Desplante Minero en el último Festival de La Unión, su actuación levantó expectación entre el público, que se dio cita en la sala en un buen número, y entre sus propios compañeros de profesión, que acudieron personalmente al estreno.

Lucía nos presentaba un recorrido por esos sueños que siempre ha querido poner en pie y lo hizo mediante cuatro bailes, caña, seguiriyas, tangos y soleá que desgranó a lo largo de casi hora y media y mediante escenografías sencillas, originales y a la vez cargadas de emotividad.

Todo estaba perfilado y medido, desde las voces de su atrás, compuesto por Niño de Elche, Paco El Trini y Moi de Morón, hasta la maravillosa guitarra de Miguel Pérez, uno de los pilares de la tarde-noche. Sin embargo, la responsabilidad que exigía Jerez y su festival pasaron factura a La Piñona en el tramo inicial. Se le vio demasiado encorsetada, al menos hasta la soleá postrera, quizás el momento en el que definitivamente se sacó de encima esa presión añadida.

De negro, con pantalón y mantón en mano, la joven desfiló a ritmo de caña, en el que era su particular homenaje a Antonio El Bailarín. Fue un inicio atrevido y esperanzador a la vez.

Si algo tiene Lucía es su estilizada figura. Es elegante en el andar, y sabe aprovechar al máximo la longitud de sus brazos, una virtud que expresó en todas sus coreografías, de principio a fin.

Con esa misma dinámica buscó estampas en la seguiriya, cuyos recursos visuales resultaron extremadamente originales. Juego de muñecas preciso, deambular con hechuras por el escenario, en definitiva, gestos cuidados, realizados con limpieza pero en ocasiones faltos de esa feminidad que con posterioridad redescubrió en la soleá y en los tangos.

Era el turno del atrás, con ronda de bulerías al golpe en las que la voz afillá de Moi de Morón sobresalió por encima del resto.

El cante no quedó ahí pues seguidamente Angelita Montoya, artista invitada, obsequió al público con variadas letras de tangos, que Lucía acompañó con el baile, y que Miguel Pérez, soberbio toda la noche a pesar del sonido (pues a veces tapaba la voz de la sevillana) arropó como debe ser, es decir, esperando a la cantaora.

Fue el punto de arranque de la mejor versión de La Piñona, su baile por soleá. De rojo y con bata de cola, la artista apartó sus miedos, se quitó el corsé y bailó por derecho entre letras de Félix Grande y aires de soleares. Libre de toda presión, expresó lo que lleva dentro, sin ninguna estridencia, y una vez más con ese bracear tan suyo. Y es que cuando levanta las manos es como un ave imperial.

La noche concluyó con un bis para el entregado público, un bis que protagonizó nuevamente Angelita Montoya, esta vez por fiesta, y en el que ambas echaron el resto en medio del calor de la Sala Compañía.

Baile

Ciclo los novísimos

Baile: Lucía Álvarez ‘La Piñona’. Cante: Moi de Morón, Trini de la Isla y Niño de Elche. Guitarra: Miguel Pérez. Percusión: Jorge Pérez. Día: 25 de febrero. Lugar: Sala Compañía. Aforo: Tres cuartos de entrada.               

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