Eva La Yerbabuena. Bailaora y coreógrafa.

“Me da miedo no dar lo que siento”

  • Eva Yerbabuena ha elegido Jerez para el estreno mundial de su última obra, que pasó de ‘Soledades’ a ‘Lluvia’ y que la granadina afronta como la nueva catársis de una vertiginosa carrera que marca una época en el baile

Baja de su Mini negro con sus diminutos pies calzados con unas zapatillas deportivas y unas enormes gafas de sol que casi no dejan ver su tez morena. Conducir le relaja, por eso ha recorrido estos días la autopista entre Dos Hermanas, su lugar de residencia, y Jerez, una plaza que admira y quiere y a la que no descarta mudarse en el futuro. Llega puntual y, antes de la entrevista, corre a comprobar el resultado físico de la escenografía de ‘Lluvia’. Cara de honda satisfacción. “Es justo lo que había imaginado, es preciosa”, repite a todo miembro de su ballet flamenco, que cumplió diez años en 2008, con quien se va encontrando por el camino. La Yerbabuena, Eva Garrido (Francfort, 1970), que bien podría haberse apodado ‘La Alemana’ —al modo de Antonia Mercé—, pide una infusión mientras comenta el estrés de los días previos al estreno mundial de su último espectáculo, presentado el pasado viernes en Villamarta con éxito rotundo. Y comenta lo difícil que es desconectar del trabajo cuando llega a casa. Y comenta como, “mientras  hago espaguetis, Paco (Jarana, guitarrista, compositor, marido) sigue con el trémolo, dando voces desde la habitación del fondo”. “Es de locos, pero es inevitable”, reconoce con su melancólica media sonrisa esta bailaora  granadina que es sensibilidad y drama personificados.

—En alguna ocasión dijo que estrenar es como un parto, no se es consciente del riesgo y las dificultades que entraña.

—Es un parto. O sea que yo ya tengo una jartá de hijos (risas). Somos familia numerosa… 

—Eso le iba a preguntar, que a pesar de todo, reincide...

—Sí, como siempre digo, cuando has tenido un hijo sientes que hay algo en tu cuerpo que es nuevo, se ha renovado lo interior; y una nueva creación te hace remover todo lo que hay por dentro que lleva tiempo en calma, es una tempestad.

—De ‘Soledades’ a ‘Lluvia’, ¿por qué el cambio de título, ha cambiado algo en su vida en todo este tiempo?

—No. Creo que en la vida es muy difícil cambiar. No sé si todavía podría decir con certeza que la gente cambia. Uno nace como nace y va entendiendo cosas, asumiendo, conformándose con cosas, intentando hacer las cosas de diferente manera o como te hubiera gustado que hubiese sido… A lo mejor he tenido conversaciones y he pensado que yo lo haría de otro modo, pero cambiar es muy difícil. Según el camino que escoges, el destino te va planteando cambios. No es que nosotros cambiemos, sino que cambian ciertas cosas de nosotros. Ha habido reflexiones, por lo que pasa cotidianamente, tienes cosas que pensar y eso te lleva a tomar una decisión, a nuevas inquietudes, a averiguar cosas que quieres y necesitas saber…

—Para esta obra ha realizado un esfuerzo de acercamiento a esas personas privadas de algún sentido y ha mantenido contacto, por ejemplo, con niños invidentes, ¿qué tal la experiencia?

—Yo ni siquiera lo considero como un esfuerzo. Es un aprendizaje, una toma de conciencia. A veces los seres que tenemos todos los sentidos en activo, o creemos tenerlos, nos conformamos al emplearlos de una manera que a lo mejor no es la que debería de ser. He tenido la inquietud de acercarme a esas personas, de ver cómo ubicaban en un espacio que nunca han visto. Te das cuenta de qué forma imaginan, sienten, palpan, oyen… La gente que no oye vive el silencio de una manera muy diferente a nosotros. Nosotros a lo mejor por tener el oído activo ni siquiera echamos en falta el silencio, no nos damos cuenta de lo importante que es. No ha sido para nada un esfuerzo y desde luego tampoco he tenido el tiempo que me hubiera gustado para compartir estas sensaciones con ellos. 

—¿Qué le llegó al alma en toda esta toma de contacto?

—Me llegó al alma el hecho de que la gente que nace ciega no sepa sonreír; saben reír, pero no imitan el gesto, así que cuando lo hacen, lo hacen de corazón, de verdad. Otra cosa que queda clarísima es que hay una cosa que tenemos todos los seres humanos en común, que es el llanto, es igual para todo el mundo..

—Usted también habla en este espectáculo de la incomunicación, ¿es uno de los grandes males de nuestro tiempo?

—Es uno de ellos. Parte del mal de nuestro tiempo. Hay muchas cosas que no se valoran, hay veces que se está ante una mesa sin nada que hablar, con la cajita tonta, que es la tele y tiene a todo el mundo embelesado. La incomunicación, la insensibilidad… Son factores que nos influyen y no creo que sea precisamente para bien. 

—Qué difícil es que un creador entienda en la actualidad que ‘menos es más’; que en la sencillez, como propugna Bausch, está el gusto.

—Menos es más. No es fácil. Sé que hay mucha gente, desde el ‘A cuatro voces’, que en más de una crítica me comparará con Pina. Ya quisiera yo, aunque es lo mejor que me puede pasar. Pero ni yo he tratado de copiarla, ni mucho menos… Hay muchas cosas en las que yo la adoro, ya no solamente por cómo es artísticamente, sino por cómo es como persona, es lo que me llena el alma de ella. Ese otro sentido que no tenemos y ella sí para valorar ciertas cosas a nivel humano, poder hacer lo que hace, poder llevar cosas del día a día, ponerlas en un escenario y que la gente se sorprenda porque se ven a sí mismos.

—En todo caso, usted habla en ‘Lluvia’ de la melancolía y el desamor bajo una perspectiva de sobriedad y sencillez.

—Sí. Para mí es un espectáculo muy sencillo. Sabes que tengo fama de seria, una mujer siempre vestida de negro, que me gusta mucho un drama… Pues sí. Después de diez años de compañía no lo voy a negar. Soy seria, me gusta la melancolía, creo en el desamor. El desamor ha sido fuente de muchísimos creadores y si no hubiese existido imagínate cuánto habríamos perdido. Este espectáculo es un homenaje al desamor, a la melancolía. Todos, afortunada o desgraciadamente, los llegamos a conocer. 

—Y al final, todo desemboca en la ‘soleá’, en la soledad...

—Sí, al final todo desemboca en una soleá, que no es la de años atrás, pero es un baile por soleá y acaba con el cuplé Se nos rompió el amor. El que cantaba Rocío, ¿te acuerdas...?

—¿Ha llegado a molestarle que la encasillen en ese estilo, que todo se reduzca a ese palo?

—Estoy intentando aprender de Teresa de Calcuta: estoy a favor de la soleá. El contra no lo voy a utilizar. A ella le preguntaron una vez si estaba en contra de la guerra y dijo: ‘Estoy a favor de la paz’. Ha sido una de las personas más positivas que hemos tenido en esta tierra. Estoy a favor de la soleá, todos necesitamos un momento de soledad. Eso que dices no me pesa, todo lo contrario. Tengo mucho que agradecerle. Es cierto que te da pena que después de tanto trabajo de escenografía, luces, música… Creo que al final somos muy noveleros, nos quedamos con lo último que llega y la soleá es lo último del espectáculo. La moda, lo novedoso, siempre es lo que vale. Y eso, efectivamente, no nos hace ningún bien.

—Ahí emerge, por ejemplo, el mirabrás de ‘El huso de la memoria’, los tanguillos y la milonga de ‘Lluvia’... ¿Es una contestación?

—No. Es un reto conmigo misma. Lo dije en cierto momento, nunca me he planteado competir con nadie, sino conmigo misma. No tengo que competir con nadie que no sea yo, espero no cambiar nunca. Para mí el flamenco no es una competición, para nada, es un reto día a día, no quiero decir: ‘Ea, ya he aprendido, ya sé bailar por soleá’. Hay muchas inquietudes dentro que tengo que sacar. 

—¿Tiene la sensación de que el flamenco actual, y el baile más especialmente, es como unos Juegos Olímpicos, una competición permanente?

—Pero eso es el que quiere entrar ahí. Todo aquel que dice ‘yo soy’ es porque no tiene a nadie que le diga ‘tú eres’. Entonces, tiene esos miedos, necesita engancharse al carro de alguien. Procuro no llevar carro para que nadie se pueda enganchar, lo veo absurdo. Uno sabe mejor que nadie lo que tiene, cuáles son sus límites y nadie va a venir a descubrirte nada nuevo. Sé que hace falta la técnica, la preparación, pero llegar a transmitir es mucho más importante. Aunque en hora y media sólo transmitas tres minutos. A la gente del patio de butacas hay que hacerla sentir algo. Todo en la vida no es tratar de entender, yo noto que hay un miedo tremendo a sentarse en el patio de butacas y ser tan honesto de decir: ‘mira no entiendo lo que he visto pero siento y me da igual’. Yo no entiendo de pintura, pero veo un cuadro que me transporta a otro lugar. Me da igual no entenderlo porque siento y ya luego pregunto quién lo ha pintado. No me gustan las ruedas de prensa, la gente quiere que les cuentes de antemano qué van a ver y ya van al teatro predispuestos, con muchos prejuicios.

—Esos prejuicios rompen a veces la determinación de un creador al afrontar su obra...

—Sí, pero en eso yo procuro no pensar. Tengo una inquietud, me tiro a la piscina y punto.

—Si algo admiro de usted es que no toma al espectador por idiota, que le deje volar libre. Hoy es difícil hallar eso, todo el mundo lo quiere todo masticado, ¿no es verdad?

—Eso es de ser muy flojos y no querer pararse. Todo está hecho. No tratemos de inventar nada porque todo está hecho. La mayor innovación de una persona es que lo que haga sea hecho a su manera, con su sello, su línea y su personalidad. Esa es la mayor innovación. Para qué voy a mentir, si todo está hecho.

—A estas alturas de la película, ¿qué le sigue dando pánico?

—Hay una cosa que me pone muy nerviosa y es no poder llegar a dar lo que siento. Quieres sacar todo lo que has sentido en el proceso de creación, sabes que está ahí, se te eriza la piel en un momento dado, pero el miedo viene cuando temes que esa expresión no aflore.

—Usted es de las perfeccionistas, de las que necesitan tener todo bajo control...

—Sí, yo prefiero quedarme sin ensayar lo mío y ver que todo está como quiero.

—¿Se imagina haciendo otra cosa que no fuese bailar? 

—Me encanta la enseñanza, pero creo que aunque una se baje de las tablas, no dejará de bailar nunca. Aunque tenga 90 años, me sentaré en un patio de butacas y la que estará arriba seré yo, para bien o para mal. Me pasaba cuando iba al cine, que la protagonista era yo, independientemente de cuál fuese el final. Es una manera de enriquecerte y no quedarte estancada.

—¿Le quedan retos pendientes? 

—Tengo un reto, que es hacer un monólogo, eso está ahí. 

—¿Y enfrentarse a un clásico?

—También. Son dos retos grandes. Pero me tengo que pensar muy bien qué clásico.

—¿Y en cuánto a palos por bailar?

—Uff, muchos... El garrotín, por ejemplo. He coreografiado guajira, pero no la he bailado yo.

—¿Y su hija ya taconea?

—¿Manuela…? Creo que es una niña con una capacidad grandísima para la creación pero… Es muy inteligente, entonces, no quiere bailar. Me ha llegado a decir que si supiera que va a bailar mejor que yo, bailaría. He tenido mucha suerte porque en mi familia no ha habido precedentes. He tenido la suerte de ser admirada por mis compañeros y ella tiene clarísimo que esa marca le puede pesar. Tiene cualidades, un oído impresionante, un criterio de miedo, con tan sólo catorce años…

—¿Es crítica con su madre?

—No ha querido venir a ningún ensayo. Le dieron un homenaje al padre de Paco, y llevaba tanto tiempo sin verme bailar que me dijo: ‘Mamá, se me han saltado las lágrimas…’. Y le digo: ‘Claro, Manuela, si es que no vienes a verme nunca y ahora, claro, hay algo que se le remueve”. Ella no quiere ver nada antes del estreno, lo tiene clarísimo, y la próxima crítica ya te la daré. 

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