'Algo'... que dará mucho que hablar

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Plasmar un estado de ánimo y hacerlo con tanta exquisitez evidencia el grado de madurez y de desarrollo en el que se encuentra un artista, principalmente cuando se hace de una manera tan sencilla y sin abusar de lo clásico. Así lo hizo ayer Concha Jareño con su espectáculo 'Algo' (con el que se estrenaba en solitario en el Festival de Jerez), sin lugar a dudas, lo mejor que ha pasado hasta ahora por la Sala Compañía.

La madrileña reflejó con sus coreografías lo que puede ser el prototipo de bailaora flamenca contemporánea. Sus maneras no llegan al barroquismo de algunas ni a las moderneces de otras, todo lo contrario, gozan de un equilibrio que le hacen ser única e impagable.

Algo, su última creación, discurrió entre dos fases bien diferenciadas pero ambas con una sobriedad y una frescura desgarradoras que hicieron disfrutar al público de la sala. En la primera, la joven bailaora se consume. Es una lucha permanente, un peso de encima que le ahoga, un martirio continuo. Con música de Juan Sebastián Bach, Concha Jareño lucha contra la soledad y la muerte, una pelea constante por dar carpetazo a una etapa de su vida, una etapa angustiosa y aniquiladora sobre su ego de la que logra salir con una milonga.

Fue posiblemente éste el mejor momento de la tarde noche. Bien respaldada por el cante de la granadina Gema Caballero y el violín de 'Kosio', y ataviada con bata de cola, la Jareño rompió moldes. Manejó a su antojo la bata y dio una lección de cómo se tiene que sacar partido a esta indumentaria. Tal fue su confianza que incluso añadiéndole el abanico, ese recurso tan femenino, nunca perdió la elegancia. Para enmarcar.

El haber conseguido el punto de inflexión tan pronto le puso el listón elevado. De cualquier modo, todo fue cayendo en cascada, por su propia tendencia. Apareció entonces Canito. Guitarra al cuello, el catalán, autor de la música, hizo las veces de prestidigitador. Su sonanta hipnotiza y sus matices aletargan a cualquiera rebajando así la intensidad de lo anterior. Dicho y hecho. Sólo un pero, su aportación resultó excesivamente extensa, le sobraron algunos minutos.

El ritmo volvió a crecer con el baile por rondeñas, conectadas con mucha delicadeza con las canasteras, para reposar con los tangos extremeños. Ahí, Concha Jareño siguió desprendiendo esa personalidad grande sobre el escenario. Se echó falta algo más de sonidos de guitarra pues la percusión y el violín en ocasiones resultó un poco empalagosa.

De nuevo un golpe de mano. Esta vez con un remate por alegrías (original donde los haya porque cantaor y tocaor salieron sin micro) que servía para romper el cante por tonás (a las que José Salinas no dio el talante que debiera).

En el último tirón, de nuevo con Canito como director de orquesta, Concha terminó por confirmar todo lo anterior. El baile reposado y femenino de la madrileña lo envolvió todo, se adhirió a los sonidos de su guitarrista consumando un todo.

La pena es que esta parte final también se pasó de tiempo. Quizás debió cortar antes. Aún así, Concha Jareño se desquitó ayer como una bailora de talento, contemporánea y con un futuro prometedor pues su capacidad de expresar sobre el escenario las sensaciones y los sentimientos que acumula no es una tarea nada sencilla.

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