Un desplante a lo tradicional

  • La guitarra de Juan Antonio Suárez Cano cautiva Los Apóstoles con una actuación en la que pone de manifiesto su conocimiento musical y su amplitud acústica

Dado el nivel alcanzado por la guitarra flamenca en las últimas décadas, resulta especialmente difícil encontrar a alguien que aporte nuevos sonidos y una visión diferente al resto músicos. La dimensión alcanzada por este instrumento desde que nombres como Paco de Lucía, Manolo Sanlúcar, Gerardo Núñez, Cañizares o Vicente Amigo se adentraran en su conocimiento ha sido tal que a día de hoy cuesta oír temas con espíritu propio o que transmitan algo, ya que todo se basa en la técnica y en ver quién pica con más rapidez una escala.

Juan Antonio Suárez Cano, al contrario que el resto de tocaores de su generación, ha obviado todo eso y pese a la dificultad que entraña, ha creado un estilo propio, un estilo con una personalidad asombrosa y que es capaz de aglutinar multitud de formatos, desde la música de Maurice Ravel hasta influencias japonesas o portuguesas. Cuando quiere rezuma sonidos místicos y cuando no, su guitarra rebosa aires muy flamencos, de esos que te dan el pellizco.

Canito es un tocaor atípico, un artista adelantado a su tiempo y capaz de crear composiciones inverosímiles. El pasado domingo en Los Apóstoles, el catalán no falló en nada de lo que se propuso. Su actuación fue un concierto espectáculo en el que hubo de todo y en el que se pudo comprobar que su dominio de la sonanta y su musicalidad le convierten en un fuera de serie.

Durante algo más de hora y cuarto, el joven músico fue deshojando su trabajo más reciente ‘Son de ayer’. Lo hizo sin prisa pero sin pausa y adulando al público con composiciones en las que lo visceral se fusionó con lo espontáneo. Sin más, sin espectacularidades ni regodeos y haciendo lo difícil fácil para el oído.

Lo que más llama la atención aparte de su capacidad interpretativa y su manera de rebuscar donde no hay es que Canito rompe el estereotipo habitual del guitarrista. No tiene reparos en amarrarse la sonanta al cuello y tocar con de pie, un detalle que le hace más grande, ya no sólo por acabar con los tópicos (al fin y al cabo puede ser una manera de llamar la atención), sino también porque ejecuta con la misma limpieza y precisión cada una de las notas que desprende su instrumento.

De sus manos salieron sonidos jazzísticos, gracias a la consistencia de músicos como el pianista Pablo Suárez y el contrabajista Pablo Martín, y como no, aflamencados, a los que contribuyeron la presencia de voces tan gitanas como la de Tana, María Vizárraga, Samara Losada, Juan de Pura y Juan Manzano. Su presencia sirvió para escalar otro peldaño en el buen gusto pues entre las aportaciones de los coros se pudieron vislumbrar similitudes con sonidos de gospel, cargados de armonía. ‘Almaire’, ‘Conclusión’ y ‘Luna’, todos incluidos en su compacto, resultaron una delicia para el público de la bodega González Byass que con entusiasmo disfrutó del recital y no dejó de aplaudir cada una de las intervenciones del tocaor.

El culmen de su aparición no fue el deseado por el artista, pues la ausencia de sus tíos por “causas mayores” (sobre todo la de su tía Adela la ‘Capachera’ con la que esperaba tocar el ‘Punteado’ final), provocó que fuese su padre, José Suárez, quien interpretarse este cante tradicional de los gitanos extremeños de una belleza folcklórica incalculable. Fue el broche de oro a una actuación sobresaliente y en la que el guitarrista barcelonés presentó sus credenciales como un músico a tener muy en cuenta.

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