Hablando en Plata

Los palos del baile flamencoLas alegríasJuana la Macarrona

  • La jerezana Juana la Macarrona, en dos imágenes características; posando y bailando por alegrías, a principios del pasado siglo XX.

Antes que nada pido perdón a mis lectores por referirme a los distintos estilos y formas del cante y baile flamenco, calificándolos vulgarmente como 'palos'; pero como esa es la manera que tienen los flamencos actuales de denominar las distintas ramas del frondoso árbol de nuestro arte, me quiero valer de dicha expresión, en aras de que mis lectores entiendan mejor los caminos que vamos a recorrer, a partir de hoy, al mismo paso de baile que llevará el Festival de Jerez, cuando éste descorre las cortinas del Teatro Villamarta, para ofrecernos cuantas maravillas sean capaces de traer hasta su escenario los grandes artistas que se anuncian para asombro de propios y (más) extraños, llegados a Jerez, desde distintos continentes y naciones.

Y ¿cuales son los 'palos' de ese sombrajo flamenco que nos disponemos a construir, en honor de cuantos participan en el festival? Pues la cosa es bien sencilla: soleares, seguiriyas, alegrías, martinetes, bulerías, etcétera, etcétera. El amplio abanico de modos de bailar, de hacer, de interpretar el baile andaluz, llamado flamenco, según el leal saber y entender de unos y otros; de todos cuantos han sido llamados a mostrar sus habilidades, ante un público numeroso y expectante.

Y empezaremos por el baile que parece ser el más antiguo o, al menos, uno de los más antiguos de todos: las alegrías. Las alegrías de Cádiz, claro. El baile heredado de las puellae gaditanae que, con el transcurrir de los tiempos, se iría definiendo, depurando, convirtiéndose poco a poco, por virtud de sus intérpretes, en algo delicioso y delicado de ejecutar y de admirar; sobre todo si se hace con una espumosa bata de cola, caracoleando y arrebujándose en los pies de la bailaora, transida de emoción y solemnidad.

Decían los viejos aficionados que para ver alegrías nadie mejor que Juana la Macarrona y la madre de Pastora Imperio, aquella bellísima mujer a la que llamaron sus contemporáneos La Mejorana, tal vez porque nadie la mejoraba en sus vueltas y revueltas, en su ir y venir por el escenario, serpenteando y trenzando arabescos con olor a sal marina y a esteros; como si en la misma orilla de la caleta gaditana estuviese bailando, convertida en la sacerdotisa de aquella mítica Telethusa, madre de todas las bailaoras que fueron, que son y que serán en el futuro.

Porque el baile flamenco tiene algo de perfume y mucho de rito ancestral. Las manos hablan y los pies pisan fuerte o quedo, según el diálogo de la bailaora con el cantaor y su guitarra, en un entendimiento que cuanto más profundo, más jondo, mejor podrá ser seguido por los que asisten en silencio y asombrados a la misteriosa ofrenda que se brinda a los dioses paganos del embrujo y el duende, que dicen los que entienden y chanelan de tan rituales idas y venidas, vueltas y revueltas, en noches de apretados silencios y solemnes recogidos aleteos.

Las alegrías tienen un color, sólo un color, como no puede ser de otra manera. O se viste de blanco espumeante o el amarillo tiñe los volantes y la cola de esa bata de la bailaora que, como barquilla que rompe las olas, agita y mueve la sacerdotisa que alza sus brazos desnudos, en el altar del holocausto de la canela en rama, ofreciendo la menta que perfuma y duerme bajo los laureles, entre ecos de caracola que le traen los vientos alisios que le llegan del océano, mientras besa sus pies de Venus saliendo de las aguas, al ritmo de la danza más hermosa del mundo.

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