La crítica

Su reino no es de este mundo

  • Israel Galván trae a Villamarta su baile de ayer y del futuro

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Al habla el bicho raro: es imposible gustarle a todo el mundo. Es malo gustarle a todos. Yo creador, reivindica machacón. Por eso baila entre la polvareda del seísmo y se convierte en bailaor-toro que arremete contra los burladeros del arte antes que en torero. Performista de movimientos silentes y púgil que golpea al flamenco organizado, temblor del manido costumbrismo andaluz mientras se revuelca por el suelo como insecto kafkiano. Séptimo samurai con coraza de silla muy capaz de hacerse el harakiri. Cristo mesiánico al que mece el eco destemplado de Inés Bacán mientras se balancea sobre una mesa... ¿Hay más? Sí, sí. Claro que hay mucho más. Que jamás sepa su mano izquierda lo que hace la derecha. Israel Galván vuelve a la materia prima en La curva.

Regresa al baile recto sobre renglones torcidos. Cubistas. Una indagación que, en buena parte, bien podría equipararse con un greatest hitsen el que metaboliza las constantes vitales que ha seguido en su zigzagueante trayectoria artística hasta hacer que su reino no parezca de este mundo (flamenco). Ni falta que la hace. En La curva se revisita, por descontado, el deconstructivismo de Tábula rasa, pero también se alude a La metamorfosis, Galvánicas, La edad de oro, Arena, El final de este estado de cosas... Es la sublimación del proverbial estilo galvánico, que ahora se ha convertido en moda aun cuando los que no lo entendían antes siguen sin enterarse de nada ahora.

De atrás hacia adelante, llega a la génesis misma del arte, a la posición fetal embadurnada de harina, de placenta con cordón umbilical, en la que acaba mecido por la nana de Bacán, como un iluminado. Por eso queda al final lo más puro en la soledad del escenario: la cantaora lebrijana. La voz cavernaria y platónica que divide el mundo sensible del inteligible. Razón vs. sentido en un viaje que comienza con el genio llamando a un taxi. Ahí empieza un periplo alucinógeno en el que a la postre esa naturaleza esencial, la harina, vence al producto, al pan, al que el inquieto e inquietante genio sevillano pisotea sin miramientos.

El pulso entre la tradición y la modernidad. El careo entre lo viejo y lo nuevo. Sus contradicciones resuelven derrumbando las dos torres de sillas que apenas componen la desnuda escenografía: la pirámide de las sillas metálicas y la de las sillas de tijera de madera. Y les advierto que no les voy a contar mucho más de lo que presenciamos anoche en Villamarta porque esto que hace el bailaor del millón de recursos hay simplemente que sentirlo, experimentarlo, masticarlo apreciando cada sabor, cada textura de danza matemática a ráfagas. Hay una interpretación por cada espectador y siempre más interrogantes abiertos que respuestas. Y eso es lo que hace más y más grande su inimitable discurso de fogonazos, de estética retorcida.

Recordemos ese piano cacofónico y espectral de Courvoisier, convertido en alter ego del Galván más contemporáneo. Recreémonos en el duelo al sol a compás entre el bailaor y un sensacional Bobote, ramalazo de energía eléctrica que pone a danzar por derecho. Galván se queda en el tabanco por bulerías. Pero la muerte tenía un precio y así se queja agónica por seguiriyas Bacán. Tenebrismo para su baile metafísico que se vuelve ocre y tierra. Polvo eres, recuerda.

Casi sin resuello, dedica cada ápice de energía a hacerle cortes de mangas a lo preestablecido. Es inaudito que no sea sincera esta indispensable mirada atrás a uno de sus mayores progresos. Porque Israel Galván no solo es muy bueno sino que además lo parece. Cuando arranca cada uno de sus movimientos, o cuando permanece inmóvil sentado en una silla o espalda con espalda con Courvoisier, siempre nos da la sensación de que va a ocurrir algo. Al final, Galván, cual Hipatia de Alejandría, traza círculos concéntricos con la zaranda-pandero que preserva lo esencial y desecha lo inservible. De nuevo, el origen. La materia primigenia en la voz de Bacán frente al piano deforme de la suiza Courvoisier, que a veces se ilumina y sus notas pasan de lo fantasmagórico a lo bucólico. 'Ole las gitanas de Laussane, vamos a acordarnos', le jalea Bobote irónico, en un espectáculo en el que Galván se ríe más que nunca de sí mismo, empapado en harina y magnesio. El hombre que necesita temer a Dios para ser feliz ha dejado de sentirse un lobo estepario, un incomprendido. Porque si el público es la muerte, como sentencia en la autoentrevista que él mismo se hace a caballo entre la silla de la ortodoxia y la de heterodoxia, su baile es la resurrección de la danza.

Baile

La Curva

Baile: Israel Galván. Piano: Sylvie Courvoisier. Cante: Inés Bacán. Compás: Bobote. Idea original, coreografía y dirección musical: Israel Galván. Composición musical: Sylvie Courvoisier. Dramaturgia y dirección escénica: Txiki Berraondo. Diseño de iluminación: Rubén Camacho. Sonido: Félix Vázquez. Atrezzo y coordinación técnica: Pablo Pujol. Lugar: Teatro Villamarta. Día: 27 de febrero. Aforo: Lleno.

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