La crítica

Un sol entre tinieblas

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Posiblemente, a Manuela Carpio no le haga falta tirar de escenografía, ni iluminación, ni tan siquiera preparar las transiciones, se basta ella misma, con su baile. No necesita más. Sus movimientos brotan del sentimiento, como un manantial profundo en el que el arte fluye con tal naturalidad que llega al espectador como si éste lo estuviera tocando con la palma de la mano. Lo demás no forma parte de su discurso.

Desde este prisma, la Carpio, que ya advirtió un día antes que "tenía ganas de bailar", dio una lección de lo que debe ser un concepto clásico, casi arquetípico. Guitarra, cante y baile le bastaron para poner en pie a la Sala Compañía en una tarde especial y en la que las sensaciones, de alegría y de nostalgia, se cruzaron durante momentos.

La vimos alardear de flamenquería en la bulería inicial con la que destapó su primer frasco, la vimos con la templanza de un torero en el baile por seguiriyas y la vimos descubrirse a sí misma, frente al espejo, por soleá, bailando a golpe de corazón y rabia.

Y es que después de situarnos en la vida artística de la bailaora mediante un montaje fotográfico rudimentario, Manuela frotó la lámpara mágica para que emergieran los metales de un cuarteto cantaor prodigioso. Juntar en una misma mesa, a golpe de nudillos, al bronce de Luis Moneo, la ataraxia de El Londro, el pulmón de Carmen Grilo y el soniquetazo de Luis El Zambo, artista invitado, no es moco de pavo, yo diría que es una garantía para plantar cara al mejor genio.

Así hasta descubrir a la propia Manuela, que nos apuntó su otra variante, el cante. Con una voz melosa y bien cuidada, la jerezana cargó el ambiente de letras y desplantes, siempre con esa espontaneidad que le caracteriza.

Fue un aperitivo sabroso para perfilarse, a golpe de yunque y martillo, en una ronda de tonás en la que El Zambo sacó a relucir sus galones, El Londro tiró de oficio, y Moneo se despachó con algunos de esos quejíos que llegan al alma.

Los aires fragueros enlazaron con una seguiriya de enorme fortaleza. Ya es difícil hacer sonar el suelo de La Compañía, pero Manuela lo hace. Se rebuscó por donde pudo, y a base de nervio se ganó nuevamente al público. "¡Flamenca!", se oyó entre el patio de butacas.

El sitio correspondió entonces a artista invitado, Luis El Zambo, que con la guitarra de Juan Diego (qué bien lo supo aguantar, que no es fácil) dio una inmensidad terrible al cante. Mucho más fino que el día anterior en Villamarta, Luis dejó destellos en la bulería corta que tango le gusta, y completó su aportación con una seguiriya 'made in Santiago' rematada con el macho de Tío Juanichi.

Seguidamente, soleá. El silencio se quebró con Luis Moneo, El Londro y Carmen Grilo, y Manuela exprimió lo mejor de sí misma para exhibir de nuevo esas hechuras y ese baile, radiante y vital, que culminó por fiestas y acordándose de su abuelo, recientemente fallecido.

Fue el final de un espectáculo al que se le pudieron encontrar mil defectos o como se les quiera llamar, pero sólo un arrebato de la Carpio compensa todo lo demás.

Baile

Manuela con el alma           

Baile: Manuela Carpio. Cante: Miguel Soto ‘El Londro’, Luis Moneo y Carmen Grilo. Guitarra: Juan Diego Mateos. Palmas: Miguel Ángel Heredia. Artista invitado: Luis ‘El Zambo’. Lugar: Sala Compañía. Ciclo: Solos en Compañía. Día: 3 de marzo. Aforo: Tres cuartos de entrada               

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